LOS NIÑOS AZULES

                Lo primero que oyó la jipjopera, incluso antes de abrir los ojos, fueron los gritos que venían desde lo alto de la pirámide de toda aquella gente que celebraba su caída al vacío. Intentó levantar la cabeza para respirar una última bocanada de aire antes de desvanecerse, pero sintió millones de agujas que se clavaban en su rostro, como miles de pequeñas piezas desmembradas de lo que una vez fue su cráneo. El cabello negro y largo le cubría el rostro; abierta de manos y pies sobre el bloque aquel de caliza, no quedaba más que esperar a que el sol le calentara un poco antes que viniera la marabunta a darle muerte. Vendrán apenas vean que aun estoy viva, pensó, así que no me moveré. La jipjopera prefería pasar los últimos segundos de agonía en paz, sintiendo que los pulmones se llenaban de sangre caliente – como cuando el Nilo desbordaba la cosecha, lento, lento -, antes que perecer golpeada por una lluvia de piedras. Lo último que oyó la jipjopera, antes de sentir que se vaciaba por los cuatro costados, fue la voz de un hombre de voz suave, muy suave, que le susurraba al oído:

“¿El hombre es un simio o un ángel?”

-o-

                Por las noches, la jipjopera, leía libros mientras esperaba que el lexatin hiciera efecto. –¡Qué aburrimiento!, pensaba, ¡novelas escritas en primera persona! Y digo “pensaba” porque, si lo decía en voz alta, tartamudeaba y eso no le gustaba. Cinco minutos más tarde ya comenzaba el sueñecito y, las primeras gotitas de sudor bajando por el cuello para acomodarse en el hueco de sus clavículas huesudas. Mientras, su gato de culo torcido, bostezaba a los pies de la cama.

-o-

                Se despertó en la puerta de la corrala, desorientada y descalza. Junto a ella tenía a la parejita de vecinos del edificio de al lado que le hablaban de sus planes de matrimonio y; sin pensarlo ni nada, se auto invitó a su boda marroquí. Insistió tanto que acabaron aceptándola de mala gana. Prefería pasar por confianzuda a pasar por loca. No le quedaba otra: disimular para que no se dieran cuenta que no distinguía entre pesadilla y realidad.  ¡Iba a ser la más guapa entre todas las moras asistentes a la boda! – pensó dentro de su ignorancia mientras se toqueteaba el rostro buscando fracturas. ¡Tenía que comprarse un par de zapatos nuevos, un trozo de tela bien de brilli brilli y una tiara para ir como una reina!

A la novia no le hizo mucha gracia que la jipjopera se auto invitara; no porque todos dijeran que era una vieja chalada, sino porque le faltaba un diente y le iba a afear las fotos.

Al novio le dio un poco igual – esa vieja no llegaba ni de coña a La Mamounía -, así que se hizo el amable apuntándole su número de teléfono marroquí en un papelito y se lo puso en la palma de la mano. Cuando él le preguntó si tenía algún teléfono que darle por si se perdía en Marrakech, la jipjopera le dijo que el número no se lo daba a desconocidos  ¡y se quedó tan pancha! Al novio moreno se le cayó un trozo de diente de la impresión (la loca aquella se estaba auto invitando a su boda, pero le estaba diciendo en su jeta que no era pájaro de su confianza), y se dio la vuelta, blanquecino, para ir a meterse al coche que tenía aparcado en doble fila. La novia se quedó de piedra, de pie, con cara de pazguata, sin creer lo que estaba oyendo y no despertó de la impresión hasta que su novio le tocó el claxon para largarse de allí a seguir repartiendo invitaciones.

La jipjopera les vio salir por patas en el coche y se despidió de ellos con un saludo de princesa, pero luego, cinco minutos más tarde, ya había olvidado con quién había estado hablando. Cosas del Alzheimer. La anciana miró hacia la corrala y vio cómo descendían, suavemente en vuelo, tres avioncitos de papel que un niño hacía volar desde lo alto. Y sonrió hasta que el sol le cegó la mirada. – ¡Que la boda es en Marrakech!-, pensó en un arranque de cordura, como si acabara de ver esto como la escena de una película antigua-, ¡que me tengo que comprar unos zapatos! Y se le vino el mundo encima de sopetón.

La jipjopera dio un primer paso descalza, luego dos, y luego tres – como si no reconociera los pasos que daban sus pies, como si el cuerpo que estaba ocupando no fuera el suyo -. Se fue directo a una tienda de babuchas, se calzó un par, y salió caminando por las tiendas de Lavapiés en busca del vestido de invitada perfecto para una boda marroquí. Visitó teterías, zapaterías y peluquerías moriscas y no encontró más que una cachimba barata, unos inciensos en una tienda de mayoristas y un cedé pirata de Selif Keita que compró en un top manta casi llegando a Tirso de Molina. Pero de vestido ni zapatos nada. Tiró como en dirección al Rastro y por sus calles se perdió. Cuatrocientos elefantes, bordados con hilos de oro, le sonrieron desde una tela sedosa a través del escaparate polvoriento de una tienda y a por ellos fue. Puso de vuelta y media la tienda y casi hizo enloquecer a la dependienta hasta que salió de allí con la cantidad de tela necesaria para hacerse una carpa de circo, una tiara de reina jordana hecha con monedas de un céntimo que le hizo ilusión y una pitillera monísima para no parecer una cualquiera durante el convite ¡Sólo le faltaban los zapatos! Se perdió por las zapaterías de Sol buscando un par de zapatitos de cristal – que tenía en su mente idealizados -, hasta que los vio: refulgiendo desde aquel escaparate, el par más bello del mundo, rodeado de pelucas, aceitunas y melones, y calzando los pies de una hambrienta maniquí. Preguntó a la dependienta por ellos y ésta le cerró la puerta en las narices diciendo que no estaban en venta, que se fuera a MaryPaz, que le espantaba a los guiris y fuera, fuera, circulando, que hoy no he vendido ná.

La jipjopera se fue cabizbaja pensando en que estaba realmente jodida ¡Cada día debo tener más cara de loca porque no se explica que me traten así!, pensó de camino a alguna peluquería donde quisieran hacerle un algo, lo que fuera, con tal de que el mundo la respetara.

Suspiró. Estaba de pie, en una esquina, esperando la luz verde para cruzar. Y fue el recuerdo de una luz roja – que en alguna otra vida vio – la que le ayudó a razonar y a reconocer que ya no iba a la boda en Marruecos. Ba-ba-basta ya de pensar k-ko-como una niña, se dijo a sí misma. Y cruzó la calle en paz. Iba a ser una pena perderse todo, pero ya algún día vería las fotos, cuando los novios le perdieran el miedo, y se acercaran a su piso a mostrarle el álbum.

Se lo iba a perder, pero estaba tranquila. Se iba a perder el ver a la novia, vistiendo su takchita, llevando las manos y los pies pintados de henna; al novio vistiendo su djellaba y a ambos alzados en sendos tronos como reyes. Se perdería el banquete: la harira, los keftas, los dátiles y el cous-cous; los zumos de melocotón y el baile al ritmo del tambour, las zummaras, el darbuka y las qarqabas. Se perdería a los señores dando palmas con compostura y las señoras moviendo las muñecas como cogiendo las estrellas del firmamento. Se perdería a las abuelas – y a las mujeres en general – que se atrevieran a hacer el yuyu haciendo bailar sus lenguas. Se perdería el silencio de los grillos, embrujados, en los jardines de La Mamounía. Se perderá el final de la noche. Se perdería los siete vestidos de la novia, las lágrimas del novio por haber robado descaradamente el diamante más hermoso del Magreb, y el fin de fiesta rodeada de desconocidos. Se perderá…

La jipjopera entró en casa, soltó las bolsas, y llamó por teléfono –al número que ella creía tener apuntado en el papel – para decir, con la dignidad de un dignatario, que no podría ir, pero no hubo operadora en Marrakech que pudiera pasarle con el novio ni con nadie de los invitados a la boda. “Un moment, s’il vous plaît, un moment…” –, fue lo único que obtuvo por respuesta. Y, resignada, colgó y se tomó un lexatin.

Despertó atragantada, en una habitación a oscuras, con la cabeza colgando boca arriba a los pies de una cama que no era la suya. Se levantó, tosió un poco, y se acercó a una puerta cerrada por donde escapaba algo de luz de una habitación contigua. Abrió la puerta lentamente, hasta hacer un hueco a sus curiosos ojos, y vio girar sobre sí a un niño vestido de mujer, en trance, mientras un grupo de hombres en corro le aplaudía. Hasta aquí todo bien, pensó, porque estaba acostumbrada a las pesadillas violentas, pero el mazazo siguiente que recibió en la nuca, le dijo que eso ya era un poquito menos normal.

Despertó en tierra. Unos brazos fuertes le despegaron el rostro de la nieve y la arrojaron a un agujero donde yacía en el fondo, encogido, un niño de piel plomiza que no respiraba. Comenzó a nevar tierra desde el cielo hasta que sintió que ya no le quedaba oxígeno. Se asustó porque, aunque sabía que era una pesadilla, no podía ignorar que podía darle un jamacuco y petarle la patata en pleno sueño. Intentó jadear más pausadamente para calmarse pero los latidos de su corazón se aceleraron más y más. Mañana despierto agarrotada en la cama, pensó. Cuando ya creía haberse calmado por completo abrió y cerró los ojos rápido y, para su sorpresa, ya no había tierra mezclada con nieve y piedrecillas. La pesadilla había acabado. Eso llegó a creer convencida porque iba a dos pesadillas por noche. Se puso de rodillas. No estaba en su cuarto, de eso estaba segura. Estaba detrás de una barra rodeada de cristales rotos. Se miró las manos ¡la izquierda le estaba sangrando profusamente! Miró a su alrededor como haciendo un barrido. Los sonidos del lugar comenzaron a llegar en cámara lenta, deslizándose, primero un grito seco, luego uno más largo y desesperado y luego una retahíla de rezos en tropel mezclado con llantos. La habitación estaba llena de gente desconocida que hablaba un idioma extranjero que no entendía, que se chocaban entre sí, intentando escapar de algo. Unos hombres lanzaban sillas y mesas contra los cristales y otros intentaban abrir las puertas de las salidas de emergencia. Nadie reparó en ella. La jipjopera giró sobre sí y reparó en un hueco en la pared, como una especie de buzón donde meter valijas y paquetes que, al parecer, comunicaba con la primera planta de aquel edificio. Un niño – con el mismo rostro del niño de los avioncitos de papel – le observaba desde dentro del habitáculo. El niño sonrió y cerró la puerta del buzón para dejarse caer hasta abajo, a la primera planta, donde alguien le rescataría con todos los huesos rotos, pero vivo. La jipjopera sonrió. Era la primera vez que vivía una pesadilla en la que alguien se salvaba.

El calor era asfixiante como si el mismo sol se alojase en la planta aquella. Los gritos fueron subiendo en intensidad y las imágenes se abrieron ante sus ojos en toda su magnitud, como si estuviese a solas, de pie, frente a la pantalla de un cine con pantalla i-máx. Y entonces sucedió: a través de las ventanas lo vio venir, con la seguridad de un misil teledirigido, un avión gigantesco de pasajeros directo a la planta donde se encontraba. Afuera, desde las plantas superiores, seguían lloviendo seres humanos como copos de nieve que no llegarán a tocar el suelo con vida. El impacto del avión en la torre ya lo conoce todo el mundo.

¡Se despierta sobresaltada! El gato ha huido al sofá del salón y alguien golpea con el palo de una fregona bajo su cama: Es la vecina de abajo que no puede dormir con los gritos que seguramente ha estado dando mientras soñaba: ¡Que te calles, vieja puta, que hay gente que trabaja temprano!, le gritan desde el piso de abajo y desde el patio de la corrala. La jipjopera ya está acostumbrada a sus chillidos porque sin ellos se sentiría muy sola.

El niño de los avioncitos, el hijo de los vecinos, le cae bien. Es un niño muy despierto. Su familia se ha mudado hace un tiempo a la corrala: el padre es una especie de monstruo mentiroso y la madre es de aquellas mujeres que nunca denunciaría un mal trato por no dejar a su hijo sin padre. La jipjopera desconfía de aquel hombre, pero no recuerda muy bien porqué. Lo mismo no sabe si lo soñó o si se lo está inventando.

Un par de noches antes, mientras daba un paseo por la calle de atrás para tomar el fresco, vio al vecino reventando los neumáticos de su propio coche y luego dándose de golpes en la cabeza con el espejo retrovisor arrancado hasta quedar ensangrentado. Todo un poema. El hombre aquel le odia a muerte, piensa ella, porque es la única que lo ha visto y teme que se lo cuente a alguien tartamudeando –aunque tarde una tarde entera -, pero teme a fin de cuentas que lo escupa. Hay que ser muy miserable para tener miedo de lo que pueda decir una pobre vieja, piensa ella. Hay que ser muy cotilla como para irle con el cuento a mi mujer, piensa él. Pero nadie piensa en el niño que ya se huele la tostada desde hace días.

La jipjopera aun recuerda la primera vez que vio al niño de los avioncitos. El niño azul, le llama ella, porque apenas le vio pudo percibir el color de su aura. Soy su vecino, le dijo él, presentándose en la puerta de casa con sus ojos grandes y negros, ¿si le cuido el gato me daría monedas para comprar papel? Ella aceptó. Entre los dos se creó un vínculo indisoluble: ella le contaba sus pesadillas y él la oía tartamudear divertido. Lo que hay entre nosotros no nos lo puede quitar nadie, piensa la jipjopera. Lo que hay entre nosotros nos lo arrebatará el odio de mi padre, piensa el niño. Y se acompañan, algunas tardes, en sus soledades.

El niño de los avioncitos le cuenta sus cosas, le cuenta historias de los años 70, cuando hubo una oleada de nacimientos de niños azules a nivel mundial. Niños de aura azul, muy sensibles y con poderes sobrenaturales como la telepatía y la precognición. Niños índigo, cómo él dice saber, niños muy intuitivos que han venido a construir un nuevo orden de cosas. Yo soy un niño índigo, dice muy seguro de sí, me lo ha dicho mi madre. La jipjopera le oye con atención. Es tan raro que alguien le dirija la palabra porque sí.

–       Es tan-tan-tan… dice ella tartamudeando.

–       Te deberíai operar del córtex frontal izquierdo – le dice el niño- lo leí en un libro de medicina en la biblioteca. También leí que hay gente que, así como se olvida de toas las custiones, hay otra que no puede olvidarse de ná y lo recuerda todo toda su vida. O de gente que ha tenido un accidente y sigue sintiendo dolores en algún miembro amputado, como si sus extremidades fuesen fantasmas… ¿Cómo te llamai’? – pregunta acariciando el gato de la anciana que se le ha subido al pecho.

–       Carmen – responde la jipjopera.

–       Nooooo – responde el chico – ¿cómo te llamabai’ antes?

–       ¿Antes de k-ke-qué?

–       Mmm, seguro que no te acordai’ ¿Querís que te vea el futuro? ¡Dame la mano! … Aquí dice que fuiste una princesa a orillas de un gran río, que te cortaron una mano y que siempre soñai’ que te tiran al vacío.

La jipjopera cierra la puerta de golpe asustada. Este crío da miedo, piensa.

Por debajo de la puerta el niño le pasa un papelito con un mensaje, luego oye sus pasitos a lo largo del pasillo y el portazo de despedida al entrar a su piso.

“No le digai’ a nadie lo que te conté;

prefiero que me digai’ mentiroso a que me trati’s de loco”

El niño de los avioncitos es un niño herido. Él sabe lo que dice y, más aún, lo que escribe. Es un niño sensible. Ese día la anciana  promete intentar comprenderle.

-o-

                La jipjopera despierta en la puerta de la corrala, mecida por una extraña brisa fría; descalza y soñolienta, junto a la parejita de vecinos que le está contando que se casan en Marruecos por el rito musulmán. Y; sin pensarlo ni nada, se auto invita a la boda para desviar el tema y que no la tomen por la loca de la cartera. ¿Se encuentra usted bien?, le pregunta la novia – que es algo más pazguata -. La anciana responde que sí asintiendo, pero por dentro se pregunta si estos dos no se habían casado ya. Luego otra vez lo mismo: verles escapar a toda pastilla porque se ha cubierto el cielo y está empezando a llover. Y la jipjopera se queda de pie y piensa que estos dos son unos descarados porque, de algo a ella le suena, que le invitaron por cortesía…

¡Ahora ya ni siquiera tiene una motivación para irse de compras! La anciana mira a sus pies. Junto a ella tres avioncitos de papel mojado, que han aterrizado junto al transportín del gato, que maúlla chorreandito, y le recuerda que hoy tocaba veterinario.

Así son todos los días para ella. Un lío del copón. A veces llegan recuerdos esporádicos como cartas del banco a su buzón.  A veces se le queda la mirada perdida; otras, no sabe si está soñando o si realmente está despierta con ese colgajo que tiene por muñón, mientras unos hombres fuertes la empujan, por la cuesta, a lo más alto de la pirámide. Se mira la mano izquierda, la amputada, y es capaz de sentir cómo mueve aún los dedos invisibles. Extremidades fantasmas, piensa. Un nuevo empujón, que la arroja a tierra, la saca de sus cavilaciones. Un guardia la levanta jalándola de los pelos y la abofetea. Ella ya no siente aquel dolor. Ella sólo tiene pensamientos para esos dedos invisibles de la mano izquierda que intentan defenderle.

“Que no la veas no significa que no esté ahí”

-o-

                Despierta azorada. Se ha quedado frita viendo la tele.

Todos los días son iguales: todo en su sitio, las pastillas esperándole en la encimera y el gato sobre el sofá echándole miradas de pena como queriendo decir ¿cuándo acabará esto? Su gato es muy sabio. A veces tiene la impresión de que le hablara en su lengua; pero no un maullido cualquiera, un maullido con algún mensaje del más allá que ella no acierta a comprender – o lo mismo sólo quiere salir a cagar a la calle como los perros -.

Y entonces, una tarde sucedió lo que siempre estuvo esperando. Estaba comiendo sola, como de costumbre, mientras el gato veía el telediario, y echaron aquella extraña noticia sobre una lluvia de estrellas que tendría lugar ese día. Un pulsar. El gato comenzó a maullar cada vez más alto con los bigotes pegados a la pantalla del televisor y ella se puso nerviosa. Había llegado el día, el destino estaba aquí, en este punto, en este punto de inflexión que unía dos universos paralelos. Comenzaron a golpearle la puerta violentamente ¡Era el hombre aquel, el vecino que quería matarla! Luego se hizo un silencio y sólo se oyeron los pisotones de sus zapatos y el portazo en su piso. Ella abrió la puerta de casa y echó una última mirada al gato, que la observaba desde el sofá, bañado por la suave luz del atardecer que se colaba por la ventana. Cerró la puerta tras de sí y bajó las escaleras en dirección a la calle. El vecino volvería a matarle el gato tirándolo por la ventana, pero no se atrevería a hacerle nada a ella, como bien le dijo el niño azul que podía ver el futuro.

-o-

                Despertó con el olor a quemado del piso de al lado. Salió a ver lo que sucedía y pudo ver cómo un bombero sacaba el cuerpo sin vida del niño azul y cómo los otros extinguían el fuego de su cuarto. Vio como todo el mundo pasaba por su lado, sin reparar en su presencia, y entonces se dio cuenta de cuál era la verdadera realidad.

-o-

                “El cerebro pesa mil trescientos gramos de materia gelatinosa y, en su interior, es capaz de albergar tantas conexiones nerviosas como partículas tiene el universo. Aunque fisiológicamente somos unos macacos sin pelos, la evolución del cerebro nos convirtió en algo único y trascendente, en una verdadera hazaña cósmica de la ingeniería universal (*)”

“¿El ser humano es un simio o un ángel?”

                Esa fue la gran interrogante que pasó por la mente de Azeneth, antes de morir, otrora llamada Carmen.

NOTA DEL AUTOR:

Quizá sería recomendable que, quien quisiera adentrarse en el personaje de la Jipjopera, leyese primero los cuentos “PULSARES” , “LA CORRALA” y “YO CUENTO CIEN”

(*) Dr. Vilayanur Ramachandran

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