CALLE ARRIBA

Ella cree en los ángeles. Sus crías son sus estrellas.

A ella se le humedecen los ojos la noche de Noche vieja, cuando todos abren las puertas de sus casas, copa en mano, para desear feliz año a todo el mundo. A ella se le humedecen los ojos porque nadie parece avergonzarse de darle los buenos días cuando sube zigzagueando con los tacones en la mano ni las buenas noches cuando baja del cerro a trabajar. Al día siguiente todo vuelve a la normalidad.

Ella cierra la cueva con llave, deja a su camada metida en la cama, y reza para encontrarles igual al día siguiente. Ella buscará abrigo, junto al cuerpo de sus crías, y se dormirá acurrucada hasta el nuevo atardecer.

Para ella el sol sale de noche.

Ellos dormirán en sus camas, abrazados a sus esposas, susurrando que les quieren mientras ella les espera asida a una barra cada fin de semana. Ellos vendrán a verla bailar y luego sus crías escupirán a las suyas bajo los pupitres de la escuela.

¡Mis hijos son estrellas!, ella gritará, yo camino cerro arriba, rumbo a casa cada amanecer, olisqueando el olor de mis crías.

A veces ella se sienta en la puerta de casa por las tardes y observa la ciudad. Mis cachorros me rodean, piensa serena, yo les acaricio el pelo a todos y lamo sus heridas. Otras; se pregunta, ¿Qué va a ser de nosotros?

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