SANGRE EN EL OJO

            “Hay alguien allí afuera intentando salvarnos”

           En el espacio hay, entre uno y diez millones de objetos, que flotan en el universo y todos son susceptibles de chocar contra la Tierra y destruirla. Si los gobiernos del planeta fuesen conscientes del peligro de la amenaza de sólo uno de estos objetos, y tuvieran suficientes décadas para reaccionar, podrían invertir en un arma que lo destruyera ¿Pero y qué pasaría con el resto de meteoros que sigue flotando? La Humanidad no tendría tiempo a pestañear. Paradójico; se elevarían los disparos más allá del cielo, hacia el universo, hacia cuerpos que no tendrían piedad de todo lo que la Humanidad consiguió después de milenios.

         Su aliento es un pulsar, una razón que late en mis sienes, un gran dolor de cabeza palpitante, como el corazón de todos los que han depositado su fe en mí. Soy como un corazón agotado a punto de reventar.

       Extraño a los que dejé allí.

            “Astronauta que pisa sobre la roca que viaja por el espacio ¡no le dejes que se estrelle y nos mate!”

       Leo las cartas que la gente me envió, las pocas que me dejaron portar en mi traje cuando salí en el cohete hace décadas, en misión secreta a destruir la amenaza. Los días son todos iguales desde que aterricé en MD-21. En algún instante indeterminado una descarga me despierta, me pongo el traje, aspiro el oxígeno artificial y me calzo las botas que dejan huellas en la superficie del meteoro que a veces fotografío. Salgo del satélite y brocha en mano me pongo a pintar, de color plateado, la superficie como todos los días (esos intervalos de tiempo que supongo que son días, aunque hace mucho olvidé cómo se medía el tiempo aquí). Sólo sé que pinto hasta caer rendido y me arrastro de regreso al satélite antes que se acabe el oxígeno. Mientras cargo el tanque miro a través de la escotilla la esfera azul flotando en el infinito. ¡La Tierra es tan pequeñita y tan frágil! Es increíble que albergue tanta vida que; sin embargo, no para de matarse entre ella.

       A veces creo que la misión se ha abortado y nadie me avisó. Pero yo sigo pintando. ¿Y si ya nadie se acuerda de mí? Mis hijos ya deben ser ancianos y; sin embargo, en el meteoro, sigo observando que mi rostro es el mismo en el cristal de la escotilla. No he envejecido un ápice. ¿Cuándo acabará esta misión salvadora? ¿Cómo sabré que ya he pintado suficiente? ¿Cómo se supone que debo regresar? Debí darme cuenta que era una misión suicida. La luz del sol se refractará sobre la pintura plateada de la superficie y creará alguna clase de magnetismo que desviará su trayectoria de su camino hacia la Tierra y la misión habrá concluido, me dijeron, pero mentían. Los gobiernos siempre mienten para evitar el necesario caos. Ese es el efecto, el objetivo, mentir para desviar la atención. Pero por más que lo pienso sigo sin saber cuánto tendré que pintar. ¡Parecen siglos! ¿Y si el meteoro se desvía conmigo encima? ¿Adónde me llevará? Debí darme cuenta, debí desconfiar cuando me trataron como a un héroe mundial. Me colmaron de riquezas que no me dio tiempo a disfrutar y me arrancaron de mis seres queridos. Mi familia. Por ellos acepté,  pero por nadie más. No hay nada en el planeta que me hubiera hecho pensar que valía la pena salvarlo. Mentí, como los que me enviaron, en todos los tests para dar una nueva vida e identidad a todos los  miembros de mi familia; mentí y gané, mentí y me dejaron ganar. Nadie más quería venir y; sin embargo, yo no dejé de luchar hasta mostrar que yo era el indicado, el mejor, el más mentiroso. ¡Vas a salvar a la Humanidad! Y a mí sólo me interesan los míos. Es un desgraciado, habrá pensado el Presidente, una cobaya, un peón que se sacrificará por el resto del tablero ¡Es un hombre útil!

         Lo sé, se han olvidado de mí. Por más que pinte y pinte, por más que grite que estoy aquí, pilotando este meteoro, nadie vendrá a rescatarme y seguiré pisando la fuente de la eterna juventud hacia rumbos inexplorados. Y seguro que mañana una nueva descarga me despertará, me vestiré con el traje como siempre, saldré por la escotilla con la pintura y me quedaré frío y solo ante la visión de algo que ya no será la Tierra. La misión habrá acabado y será todo un éxito que nadie saboreará más que yo. Estaré ante un nuevo planeta, quizá habitado por extrañas criaturas, ahora amenazado por mi meteoro. Quizá esas criaturas envíen otro astronauta, como yo, a pintar todo de nuevo de un nuevo color. Habré salvado un planeta para sacrificar a otro. Pero apenas le vea poner un pie en el meteoro me abalanzaré sobre él y le arrancaré el tubo de oxígeno. Los golpes que el otro astronauta me dé en el casco, forcejeando antes de morir, me provocarán un derrame ocular. Sentiré como se revientan las venillas de mis ojos en cámara lenta y un hilillo sanguinolento bailará frente a mi nariz deshecha. Cuando le mate sentiré como me invade la felicidad al pensar que lo he logrado e imaginaré que viene la gente de la Tierra a por mí y regresaré lleno de gloria triunfal para ver a todos mis amigos viejos. Los presidentes, los reyes y los principales dictadores se postrarán ante mi heroísmo, pero ellos me darán igual. Sólo me emocionaré cuando alguna extraña mujer se me acerque, entre la multitud, y me ponga a su hijo en brazos para que bese su nívea frente. Entre sus sollozos me dirá que cada noche, mientras yo pintaba el meteoro asesino, ella contaba al pequeño que la luna era blanca porque un astronauta como yo la pintó de ese color y le quedó tan bella que le ordenaron pintar todos los cuerpos celestes de blanco. Sólo eso me llenará de orgullo.

       El hilillo de sangre sigue bailando frente a mi nariz como una serpiente recién parida, pequeñita, pequeñita, retorciéndose y bailando al ritmo de la melodía universal. No hay nuevo planeta. El meteoro sigue apuntando a la Tierra y yo sigo pintando entre mis ensoñaciones. No ha habido envío de otro astronauta de otro planeta que venga a pintar el meteoro de otro color, ni misión de rescate, ni gloria, ni oxígeno en el tanque. Debo apresurarme a llegar al satélite para recargar. Tengo que seguir pintando. Basta de soñar.

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