LOS PRISIONEROS NOS MINTIERON

“Siendo estúpido serás feliz…”

Estar solo en casa, cuando ella se ha ido, me ayuda a pensar. El sol entra polvoriento a través de los cristales en el último piso. Es verano, pero no hace tanto calor. La botella del agua sobre la mesa escupe burbujas calientes. Pego la nariz al grueso cristal que da a la avenida, mientras la observo cruzar la calle. Todo está patas arriba. Me pierdo en la imagen de una mancha de kétchup que tengo en la corbata.

Le pedí perdón repitiendo una y otra vez que todo había sido mi culpa mientras ella guardaba su ropa en la maleta. Se detuvo un momento, echó a llorar desconsoladamente, luego cerró la maleta de golpe, me mandó a la mierda, me dio un empujón y salió por la puerta. Me quedé helado. Jamás imaginé que el día llegaría. No. ¡Mentira!. Mentirme a mí mismo es lo que mejor se me da. Hice lo que siempre hago: ver todo desde lejos, ver mis errores sin encontrar la manera de solucionarlos y seguir mirando sin mover un dedo, sin luchar. Mi error ahora cruzaba la calle y se montaba en el primer taxi que pasaba cerca. Ella me había dejado, después de intentarlo una y mil veces, saber qué mierda me pasaba. Yo lo sabía, pero no se lo iba a decir. No se lo iba a poner tan fácil.

Estaba congelado. Estaba prisionero.

Lo nuestro empezó en otro mundo ya lejano. Siglos atrás. Éramos dos críos, no más de diecisiete años, en la población, fuera de la ciudad. Nos amábamos. No, yo la amaba. Al principio sus padres no me querían ver ni en pintura, me odiaban, pero con el tiempo comencé a caerles mejor, incluso comencé a sentir que me querían más que su hija (o lo mismo les daba pena mi triste insistencia), pero de todos modos ellos no me dejaban estar con ella de la manera en que quería estar. Sus padres velaban por mí y por nosotros, y hacían lo que no hacían mis padres: cuidar que mi juventud no se fuera a la mierda.

El día que cumplí dieciocho decidí secuestrarla y llevarla a mi casa hasta que pasaran las tres semanas que faltaban para que cumpliera la mayoría de edad. ¡Tenía tantos pajaritos en la cabeza que ni siquiera le pregunté a ella si quería estar conmigo! Decidí ir a esperarla al Liceo y montarla en mi moto descalabrada para llevarla a casa. ¡La iba a raptar antes que sus padres destruyeran su vida! (historias que pasaban por mi cabeza porque sus padres nunca impidieron que la viera, sólo querían que me aguantara las ganas pajilleras de tirármela o al menos que me gastara, lo que ganaba en fin de semana, en condones… en definitiva, que no fuera güeon). La recogí en el colegio y, engañada, me la llevé a casa. Y se vino. Mis viejos estaban en el trabajo, y cerramos todas las puertas. Hicimos a un lado los cancioneros y los pósters que tenía de mis bandas favoritas del rock latino y nos hicimos un hueco en mi cama a esperar que vinieran a intentarnos separar. Pero no vino nadie. A sus padres no les dio tiempo a echarla de menos porque mis padres llegaron antes y la llevaron a su casa. Antes de irse ella me dijo algo que me dejó helado: “¿Qué güeá estai haciendo?, pero si vo’ a mí no me gustai’ Yo pensé que íbamos a cruzar la cordillera en la moto y que íbamos a huir a Argentina y la única gueá que se te ocurre es traerme pa tu casa… ¡Agueonao, te enamorai en tres días!” Me quedé llorando en mi pieza. A lo mejor ella tenía razón, pero yo no lo quise ver. Esperé un tiempo, e insistí.

Cuando volví a encontrarla ella ya había cumplido dieciocho. Fui a esperarla al Liceo, como la vez anterior, y se acercó donde estaba esperándola y me dijo que ya no la buscara más porque estaba enamorada de otro, de un hombre de verdad, de un tal Jorge González que tocaba en Los Prisioneros, y que me fuera a la mierda porque iba a crear un club de fans ahora que empezaba el verano y que se iba a ir a vivir a la capital para conocerle. Me cagué de la risa porque al ídolo ése no lo conocía nadie (o al menos no lo conocía yo) y ella se dio la media vuelta y se fue. A veces pienso que ella muy tonta no era porque con el tiempo supe que el tal Jorge González era el vocalista de una banda de verdad, no era un idiota como Luis Miguel o alguna de esas mariconadas. Pero bueno, eso da igual. Mi chica me había dejado por un ídolo juvenil y eso me jodía bastante, porque era como decir que me había puesto los cuernos con un ser mitológico y eso mi virginidad no lo podía aguantar.

Yo siempre he sido un desgraciado y un agüeonao. Desde chico siempre me entusiasmaba con la primera pendeja que me pidiera la goma de borrar y al final todas se reían de mí. Así que me convencí que las chicas sólo servían para reírse de uno y jamás me iban a tomar en serio. Me resigné a la vida de mierda que me esperaba. Me asustaba que, mientras más tardara en perder la virginidad, más se me iban a arrimar los viejos culiaos de los flippers. Pero me salvé. Ella me hizo caso y en un primer momento creí ver que ella también me quería. Ella era rubiecita, era re linda y era de las pocas que no andaba babeando por los del cante nuevo (que eran todos unos picantes). Y entonces pasó, me compré el cassette de Los Prisioneros, lo escuché entero hasta que llegué a Paramar y me cocí. Desde ese día comencé a dramatizar mi vida más de lo que realmente era. ¡Puta juventud!

Mi viejo trabajaba dando clases en un colegio cercano a casa. Daba filosofía y cívica, pero no era más que un viejo culiao. Mi madre también daba clases. Ella daba matemáticas y castellano pa los cabros chicos en el mismo colegio y los fines de semana, los dos, fumaban revisando las pruebas del colegio. No es gran cosa que tus padres sean profesores en tu colegio, pero algo es algo. Mis compañeros de curso me pagaban pa que les dijera lo que ellos decían cuando revisaban las pruebas (no me pagaban por conseguirle las pruebas, no, querían saber qué gueá decían cuando revisaban las pruebas). Cosa como: “Cabros culiaos, no saben ni multiplicar. Mira éste la letra de mierda que tiene, mira esta otra que no sabe ni escribir ni su nombre bien, y esta otra… la de la madre que huele mal. A este lo voy a hacer repetir a ver si así lo echan. No estudian ni una mierda y luego quieren ser doctores o choferes de micro. Al final de año andan todos llorando por las notas pa la PAA, cabros culiaos…”. Yo me reía, pero luego, pensando y pensando, llegué a la conclusión que mis padres tenían el mismo concepto de mí. Viejos culiaos ¡debería haberme escapado de casa con mi novia cuando pude! ¡O sólo, haberme escapado solo! ¡Quieren puro dinero!

Ese día decidí insistir y me fui a la casa de ella a ver si me daba la pasá y volvíamos a ser novios (ya sé, los tontos no aprendemos ni nos vamos cuando nos corren)

Me fui al pasaje donde ella vivía. Eran los últimos días de colegio y sólo había exámenes de repetición para los porrones. El aire del pasaje de su casa olía a flores y a humitas. Cerré los ojos y pensé en cómo olería ella. Golpee la puerta de la reja de su casa y salió su madre a abrir. Me miró y me dejó entrar sin preguntar nada. En la puerta de la casa estaba sentado el padre de mi chica sin camisa jugueteando con su perro. Me miró de arriba abajo y me dedicó una sonrisa apuntando con su cigarro hacia el cuarto al fondo del parrón.

Voy caminando en cámara lenta, cruzando el jardín de pastito, lentamente, mis pies sobre el césped recién regao, la brisa que mueve las sábanas colgás de su madre, el humo de los cigarrillos de su padre, el puto perro de mierda que no para de ladrar. Todo pinta mal. La mina vive al fondo de la casa, en una pieza apartada, porque ya nadie la soporta desde que hizo el club de fans del Jorge González y está todo el día con el resto de pailonas escuchando los discos de Los Prisioneros como si se tratara de un gran evento. No sé si la voy a convencer que regrese del planeta donde está, más que nada porque yo tampoco soy capaz de sacarme Paramar de la cabeza. Yo creo que no voy a poder. ¿Yo pa qué voy detrás de esta güeona que ni me pesca? ¿Pa qué chucha estudio? ¿Pa qué mierda trabajo los veranos? ¿Pa qué tener una carrera? ¿Pa acabar como mis padres de cabeza en una montaña de exámenes que revisar mientras, en las calles, sus alumnos demuestran que no van a aprender nada de nada? ¡El futuro que tengo es negro, negro, nada de lo que me contaron en el liceo es verdad! ¡La vida es pura amargura y nadie sabe pa dónde tirar! ¿Cómo me va a enseñar qué ser en la vida alguien que está más perdido que yo?

Me detengo y me agacho a recoger una piedra chica pa tirarla al techo de la pieza de mi mina. La arrojo. Ella no sale. Se oyen risas. Estoy haciendo el ridículo.

Yo siempre quise ser un niño rico, tener otra vida, disfrutar. ¡No saben lo frustrante que es crecer creyendo que otros lo pasan mejor que tú! Mi vida era algo mierdosa; estaba convencido que, por más que me esforzara, no iba a pasar de delincuente. En los veranos me dedicaba a trabajar en la gasolinera porque estaba convencido que mientras más me reventara trabajando, más me iba a alejar de la delincuencia ¡Y eso es mentira! ¡Los políticos tienen masters, carreras, doctorados y son todos unos culiaos ladrones que se ríen de la gente! ¿Dónde está el chorito que me diga que eso no es cierto? ¡Dónde!

A veces trabajaba de noche en la gasolinera, los sábados noche, y eso es deprimente. A veces no veía a nadie y me robaba las revistas porno argentinas y me hacía pajas en el baño, pero cuando salía los angustiaos me estaban robando de la caja. Otras, veía a los hijos de los ricos taquillando en sus coches, con sus minitas rubias y me daba envidia. A ellos se les notaba a la legua que eran felices. Eran bonitos los güeones, cualquier cosa que se pusieran tiraban pinta. Hablaban de esa manera tan especial y eran amables. Yo no. Yo estaba amargao y apenas tenía dieciocho. Eran tan bonitos los güeones que un día hasta me empezaron a gustar y a caer bien. Oía sus historias mientras echaban gasolina y me reía imaginando que yo participaba de ellas, como un amigo más de su círculo y eso sí que es deprimente. Hasta que despertaba con la mano en alto tirando su vuelto de la gasolina al suelo y los güeones mirándome como si fuera mongólico.

Tiré dos piedras al techo de la pieza de mi chica y no salió. Adentro estaban todas las otras minas cagás de la risa. Me acerqué a la puerta. Por detrás oí que su padre me gritaba que “los cabros culiaos de hoy son todos medio maricones y que con esta actitud nunca la iba a convencer de volver conmigo”. Su padre estaba loco porque fuera yo su yerno, pero tampoco iba a aceptar que yo fuera un gil. Yo le ignoré y pensé en invitarla al cine, pero estaba sudando. Era verano, hacía calor, y estaba mojado de la cabeza hasta los pies. Había pisado la manguera y me estaba chorriando entero, pero no me había dado cuenta. ¡Agüeonao!, pensé, el viejo culiao de su padre tiene razón ¡Soy un agüeonao! Miré para un lado, con la mano en alto como para golpear la puerta, y me detuve en unos cajones de Pilsen que estaban llenos de revistas porno. Me cagué de la risa imaginando que la vida sexual de mi suegro era un asco (y eso que mi suegra me caía super bien) y que lo mismo me iba a pasar a mí.  Mi chica salió y se quedó de pie como echándome la choriá. Hola, le dije nervioso, quería hablar contigo. Adentro las pendejas del club estaban cagás de la risa. Una de ella le dijo a mi chica que me mandara a la mierda porque nunca iba a ser como Jorge González, ni cantante, ni guitarrista, ni a tener dinero, ni a ser comunista como él, ni a nada en la vida porque era chileno y, si alguna vez surgía, iba a ser si me iba al extranjero a dar pena como un sudaca más. Yo estaba medio tarado de pie sin creer en lo que decía la pendeja del club y, mientras mi chica insistía en preguntarme ¿Qué querís, güeón, me querís raptar otra vez?, yo no paraba de sudar. Mi mina me odiaba, estaba convencido, y no quería saber nada de mí. Estaba claro y yo ahí de pie, dándomelas de tipo seguro de lo que quiere, cuando no sabía ni lo que sería de mí. A lo mejor ella tenía razón: era un puto perdedor y ahora un ídolo juvenil me la iba a quitar y sin siquiera hiciera falta que fuera en persona. ¿Puedo decirle algo a tu amiga que grita adentro de tu pieza?, le pregunté. Y ella me dejó siempre cuando la dejara tranquila y me fuera pa mi casa. Y vi cómo se me abría el cielo.

–  ¡Cállate puta gorda de mierda! – grité con todas mis fuerzas soltando toda mi frustración.

Me di la media vuelta y salí de su casa y de su vida. Cada vez que me acuerdo de esta anécdota me acuerdo de la cara de su padre y de cómo se cagó de la risa.

Con los años la volví a encontrar. No era la misma. Se había ido a vivir a Alemania a estudiar algo y había regresado a Chile a visitar a sus padres. Me la encontré en un centro comercial a las afueras de la ciudad y fue ella la que me reconoció. Iba con una amiga, la misma amiga suya del fan club a la que yo había llamado puta gorda de mierda. Fue amable conmigo aunque me costó entender lo que decía porque mezclaba español, alemán e inglés. Era extraño. Me dijo que a fines de ese año se regresaba a Alemania porque allí era valorada como ejecutiva de no sé qué cosa y yo me alegré. Yo tenía un buen trabajo y me había casado. No había manera de que fuera a sentir envidia, pero ella dale que dale con contarme cómo era la vida en Alemania como si en Chile viviéramos en el Pleistoceno, como indios colgando de las lianas. Su amiga no paraba de reírse como una estúpida y me empezó a calentar. La que había sido mi novia de pendejo se había transformado en una absoluta imbécil (y pensar que intenté secuestrarla para pasar el resto de mis días con ella). Su amiga dijo que se les hacía tarde y que me fuera bien en la vida, que chaito no más. La pobre no se estaba dando cuenta que, la que había sido mi novia, la quería sólo para presumir y por eso andaba paseándose por toda la ciudad con ella para que todos vieran que ella había triunfado en el extranjero y la puta gorda de mierda no. Cuando las dos se alejaron respiré aliviado de no haber insistido esa tarde cuando fui a convencerla que la quería.

En los 80’s yo era bastante imbécil, supongo que como todos los pendejos de aquella época, sólo que todos evolucionaron, maduraron, menos yo que me quedé congelado, prisionero en otra época en que pensaba que una canción me iba a hacer reaccionar. Yo, en los 80’s, vivía con mis padres que eran profesores de la escuela mixta, en invierno hacía frío y en verano calor, mi casa era fea y la niña que me gustaba vivía en una casa con patio y reja, tenía un perro y unos padres que eran super simpáticos, pero ella no me quería. Así que gasté años intentando olvidarla. Con el tiempo perdí la virginidad (cuando se terció) y no fue ni bonito ni la raja, ni ninguno de esos cuentos. Fue super penca. Jamás tuve amigos ricos, ni taquilleros ni nada de eso. Mi juventud fue amarga. Terminé de estudiar, conseguí un trabajo en el Teniente y me llené los pulmones de polvo en suspensión. Me casé con una chica a la que no amaba, me separé y me mudé a Santiago solo. Conseguí un trabajo en una consultora medioambiental, gracias a una recomendación de trabajo, y mi ex esposa a veces me visitaba a ver si lo nuestro podía funcionar. Pero yo no me movía y ella se culpaba y yo no decía nada. Todo en silencio. Y siempre acababa igual; yo de pie, ella dando un portazo, yo mirando por la ventana, ella llorando en el ascensor, yo mirando las manchas de mi corbata, ella arrepintiéndose de haberse casado con alguien que no abría la boca para decir qué le pasaba, yo pensando que no valía la pena luchar por alguien incapaz de encontrar la razón de tu infelicidad, ella volviendo a casa de sus padres, y yo encendiendo las luces de mi departamento con un  cigarrillo mientras suenan las canciones que congelaron mi vida: Lo estamos pasando muy bien, Maldito sudaca, Que no destrocen tu vida, Estar solo, Cuando te vayas y Paramar (debes tratar de poco entregar)

Me he mentido a mí mismo, toda mi vida, no sé por qué. ¡Cómo se desperdician las vidas!

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