HATX, L’EXPLORATEUR

Fin del viaje de Hatx, experto en mundos en construcción y responsable de su continuidad.

Hatx abrió los ojos antes de tiempo. Antes, mucho antes, en pleno viaje entre puertas astrales, cuando se suponía que debía venir en coma para no malgastar energía, él se despertó y notó con pánico que flotaba desnudo en un líquido rojizo y traslúcido. Llenó los pulmones del líquido aquel, pero en vez de ahogarse, se sintió invadido por una extraña paz, como si el orden del universo entrase en su cuerpo y apagara el fuego de su miedo. Se incorporó flotando en aquel líquido amniótico y pegó el rostro a la pared traslúcida del huevo en el que viajaba. A través de la membrana de la pared, toda recorrida por pequeñas venillas sanguinolentas, percibió que descendía: primero la soledad ingrávida del universo, luego un punto luminoso en el infinito, luego millones, luego la aceleración hasta estrellarse sobre una extraña superficie liquida. Sintió cómo su cuerpo se elevaba flotando en el líquido amniótico hasta pegar el rostro contra una de las paredes: unas garras robóticas y gigantescas habían cogido el huevo de la piscina en la que cayó para depositarle sobre una superficie mullida. Hubo calor en ascenso, lo notó; se sentía como nadando en combustible caliente. Las paredes del huevo comenzaron a desintegrarse bajo aquella fuente de calor artificial y, poco a poco, la matriz se vació de líquido inundando el lugar y dejando una mancha rojiza. Estaba tirado junto a los restos de lo que había sido su nave interestelar. Respiró hondo y vomitó hasta sentir que el pecho le crujía como si un millón de cuchillas afiladas le cortara por dentro. Una imagen blanquecina estaba de pie a su lado. Intentó abrir los ojos para ver de quién se trataba, pero la imagen se adelantó a sus reflejos y se le vino encima jeringuilla en mano. Una descarga le paralizó. Su cuerpo cayó hacia atrás golpeándose contra la fría plataforma y a su alrededor un centenar de robots se agolparon para darle pequeñas descargas. Hatx tardó en volver en sí.

Cuando abrió los ojos los robots se habían ido y un hombre de aspecto gélido y vestido de blanco metálico le tomaba el pulso. Su rostro era humano, pero sus facciones eran suaves, como suave y frío es el tacto del metal. Hatx notó pequeños atisbos humanos en la expresión de sus ojos, pero nada más. Fijó la vista en el habitáculo y sintió náuseas: las paredes de la estancia eran líquidas como si el  universo estuviese bañado en leche materna que manaba del cielo. Estaba desorientado y a merced de todo lo que aquellas máquinas quisieran hacerle. Luego de recuperarse de los pinchazos Hatx se incorporó lentamente apoyando las yemas de los dedos en el suelo. La superficie era blanda, como un suave almohadón. Se tocó la cabeza y se golpeó ligeramente la oreja derecha. Aun tenía en su interior un poco de líquido amniótico del huevo. El hombre que le tomaba el pulso le auscultó los ojos. <Pronto estarás bien> dijo. Hatx asintió con miedo. El hombre aquel era extraño: hablaba sin mover los labios y sus piernas eran un trozo de metal con forma de extremidades <Sí, soy un robot> respondió el enfermero sin que Hatx preguntara nada.

En el habitáculo todo se iluminó como si se tratase del principio de los tiempos. Todo era blanco como si ese punto exacto en el universo fuese el principio de todo. Se oían voces y susurros que luego fueron amplificándose. Los dispositivos de información cobraron vida: sonidos envolventes, imágenes proyectadas con noticias en las paredes del habitáculo, indicadores, haces de luz, voces robotizadas con mensajes que se agolpaban uno sobre otro. La plataforma, el habitáculo aquel, todo parecía estar vivo. Hatx se puso de pie, se sentía extrañamente recuperado como si no hubiese viajado a través del universo.  El robot enfermero le guió a otra zona de la estancia donde un par de engendros (mitad humanos, mitad robot) se acercó a gasearle. Se vistió con un horrible traje de membrana gris y sintió, por primera vez en la vida, que nada le dolía. No sentía hambre, ni frío, ni calor, ni desorientación alguna. Era como volver a tener la fuerza y la salud de un adolescente, pero con la experiencia de sus años. Miró sus manos: no estaban arrugadas y notaba la piel de su rostro tersa y rejuvenecida. Respiró profundamente. El dolor del pecho había desaparecido. Había vuelto a nacer.

–     Me llamo Coutard – dijo el robot enfermero –. Intentaré explicar todo lo que te inquieta.

Hatx asintió nuevamente. No acertaba a pronunciar palabra, sólo miraba sus manos y la forma de los dedos de sus pies. Se sentía el hombre más perfecto del universo, una especie de hombre de Vitrubio. El robot enfermero insistió en que prestase atención a la información disparada por las pantallas a velocidad desquiciante, pero Hatx estaba ensimismado con su propio reflejo en las paredes líquidas y, por más que intentaba no oír – como cuando de niño nadaba bajo el mar oxigenado de su planeta – era imposible no hacerlo. Las voces y la información se abrían paso como gusanos en los tímpanos.

“Los científicos están convencidos que dominan el universo, por eso violan sus leyes sistemáticamente intentando demostrar que no pasa nada…”

“De no ser por los líderes espirituales la Humanidad no se encontraría dónde está…”

“Las religiones son redes conceptuales de control de masas. Nadie tiene derecho a interferir entre tú y la deidad que has escogido adorar”

“Precisamente por eso estamos aquí, por la ceguera de los fanáticos que las religiones dejaron pastar a sus anchas”

“¿Por qué no intentar, por una vez en la vida, que quien tenga el futuro de una especie en sus manos, no sea un convicto o un proscrito obligado a hacer algo a cambio de libertad? ¿A qué clase de héroes vamos a regalar la gloria?

“Todas las especies viven sus días ignorando el principio de acción y reacción. Luego, en el final de sus días, desaparecen sin dejar huella”

Si Hatx estuviese en su mundo (del que había venido) habría empezado el día con la dosis de costumbre para despertarse, luego peritar mapas mentales, descansar un poco, volver al trabajo y finalmente irse a su huevo a dormir bajo un sueño inducido. <Los científicos deben intentar dormir de manera natural>, pensó Hatx aunque desconocía cómo hacerlo.

Hatx y el robot se dirigieron a un pasillo laberíntico, siguiendo las instrucciones de una extraña voz autómata, que les guiaba hacia una oscura zona donde se proyectaban imágenes de entidades mecanizadas que pinchaban cuerpos inertes. Hatx se detuvo unos pasos más atrás del robot. Habían llegado al final de un túnel coronado por un gran muro semi transparente de dimensiones inabarcables con la mirada; una gran pantalla a través de la cual pasaban haces de luces. Junto al muro, y dándoles la espalda, esperaba impaciente un ser luminoso.

–     ¡Hatx! – saludó el ser –. ¡Te estábamos esperando!

Cherub, el ángel impaciente, agitó levemente las alas que reposaban sobre su espalda y se giró. Sus ojos eran rojos como llamaradas y, al igual que Coutard, no movía los labios para expresarse. El robot, a una señal del arcángel, ordenó al sistema informático subir los decibelios del informe de entrada emitido por la voz robotizada de una dulce mujer. Había llegado el gran día de la primera experiencia de laboratorio y Hatx sería la cobaya.

“Hatim, eres bienvenido. Has venido desde muy lejos (desde algún lugar incierto) a peritar el primer mundo creado artificialmente por Iblis, nuestro arquitecto. Tendrás todo lo necesario para realizar tu trabajo y, si tu informe es positivo, podremos disfrutar de la nueva Tierra; dejaremos de vagar por el universo y habremos dominado por completo sus leyes.

Como bien sabrás, el tiempo y su registro, ya no son un problema. Hemos superado estas barreras y ahora nos expresamos en <eones> y <teseractos>. Los combustibles han dejado de ser útiles porque ahora nos valemos de puertas dimensionales que comunican mundos. Hatim, el generoso, has venido a garantizar nuestro futuro en el universo”

Hatx aguanta la respiración. La voz robótica rodea todo como si un océano de ángeles gritara su nombre. Luego se hace el silencio. Hatx no ha pronunciado palabra alguna. El traje de membrana le cubre como un traje de buceo y le aprieta como si la presión del medio le oprimiera. Piensa en decir algo, pero no recuerda qué idioma habla; más, sin embargo, entiende todos los mensajes que está recibiendo. Cherub, el arcángel, le mira preocupado. No sería la primera vez que uno de los peritos sufre un colapso nervioso y muere reventado. Hatx respira profundamente y se dobla sobre su cuerpo apoyando las manos sobre las rodillas hasta vomitar una bilis rojiza que se funde con el suelo. Levanta la mirada y gesticula que ya se encuentra mejor. <Estoy bien>, dice y Coutard, el robot, guarda la jeringuilla con la que esperaba el desmoronamiento de Hatx.  Por su lado desfila, en ese momento, un centenar de robots. <Son limpiadores> dice Coutard <están entrenados para atravesar puertas dimensionales borrando toxinas que puedan cambiar el curso de las cosas de cada mundo; la mitad superior es humana, la inferior completamente robotizada. Pero no te dejes engañar; no tienen sentimientos ni compasión alguna. Ellos prefieren eliminar una amenaza antes que ésta se transforme en el verdugo de toda nuestra especie>

–     Soy el androide que te acompañará en la peritación de los nueve mundos creados por Iblis y registraré en mi sistema todo lo que veamos – continúa el robot –. Si algo sale mal me encargaré de eliminarte, enviaré una copia del registro a Cherub para evitar que caiga en manos de Sheol, Emperador del noveno mundo, y luego me autodestruiré. Nadie sabrá de nuestro paso y la peritación se considerará fallida para posterior destrucción de todos los mundos creados. Y volveremos a empezar de cero.

–      Lo que intenta explicarte el androide – continúa Cherub -. Es que Iblis, nuestro supremo arquitecto, creó nueve copias de un planeta ya extinto. Queremos que perites el planeta que nosotros creemos más apto para nuestra vida. Tu misión será entrar, a través de las puertas dimensionales, desde el primer mundo hasta el noveno. También debes saber que el planeta apto ha evolucionado más de lo razonable y es gobernado por un tal Sheol. Creemos que es una especie de líder religioso y tenemos la certeza que ha interferido nuestras señales visuales. Quizá están intentando una especie de revolución para liberarse de nosotros, sus creadores.

La voz femenina del sistema informático continúa su letanía:

“Iblis, el arquitecto iluminado, consiguió salvar a un puñado de privilegiados de nuestro planeta agonizante en la plataforma en la que viajamos. Su segundo logro fue recoger la señal de un satélite a la deriva proveniente de un sistema solar desaparecido. Iblis cogió la información contenida, como si de una botella en el océano se tratase, y la tradujo obteniendo información de una raza que evolucionó hasta su propia destrucción. A partir de esto creó lo que ahora somos: una mezcla de humanos-robot-arcángeles. Nuestra existencia es una constante limpieza de errores que esa especia contenía en su información genética. Esa es nuestra tarea: procurar la perfección y exterminio del error estadístico que aún ronda nuestro código. El tercer gran logro de Iblis fue crear un primer mundo en alguna parte del universo al cual sólo se accede a través de puertas dimensionales también creadas por Él. Este primer mundo contiene muchos errores; por tal, Iblis continuó creando otros mejorados hasta llegar al noveno que creemos apto para nuestra especie aunque eso signifique exterminar la vida que éste albergue. Si las criaturas del noveno mundo se rebelan pueden conseguir lo que nosotros: crear mundos idénticos. Si eso sucede sería el fin: No habría inteligencia artificial capaz de cuantificar los daños de crear un mundo a partir de otros, que generen millones más, comunicados por infinitas puertas temporales. Todos los mundos se contaminarían entre sí y se generarían realidades paralelas sin control. En un mismo punto podrían entrecruzarse eventos y colapsar la realidad. Imagina, Hatx, que la realidad de un mundo en el Jurásico se cruza con la realidad de una revolución espacial o con el último día en el que esta especie desapareció. No queremos saber qué sucedería si esas realidades se mezclan con las que tenemos aquí en la plataforma. Nuestro mundo se extinguió y no queremos que vuelva a suceder.

–     ¡Basta! – responde Hatx aturdido ante tanta información confusa –. Haré mi trabajo y dispondréis de todo para que regrese a mi sistema. Vengo de un orden de cosas donde, lo que vosotros hacéis, es castigado, pero yo no os juzgaré. Si regreso con la respuesta haréis lo imposible por regresarme a mi mundo. Si intentáis seguirme a mi mundo mi sistema rápidamente os eliminará; seréis una estrella menos en este universo y vuestro destierro habrá acabado. Cuando acabe el informe y concluya que el noveno planeta es apto para que lo habitéis, detendréis vuestras experiencias de laboratorio y destruiréis los ocho planetas anteriores. No queremos basura flotando en el universo. El equilibrio debe mantenerse.

–     Muy bien – responde Cherub –. Oír esa moralina resulta tranquilizador viniendo de alguien que viene de una cultura avanzada que nos mantiene en el exilio. Si algo falla el eco de la explosión de nuestros mundos, contigo dentro, llegará hasta tu universo paternalista a millones de años luz, cuando ya ni siquiera seas un recuerdo.

Hatx se adelanta unos pasos y toca con la mano derecha la textura del muro que le separa de las puertas dimensionales.

–     Hatx – dice Cherub -. Una vez entres por aquí viajarás desde el primer planeta hasta el último. Debes saber que serás seguido de cerca por nuestros limpiadores que irán borrando tu paso para evitar la contaminación. Deberás ser rápido: los limpiadores tienen órdenes de liquidar cualquier toxina peligrosa y tu información genética lo es.

–     Es increíble que la supervivencia de todas las especies del universo se haya decidido junto a un muro – responde Hatx desoyendo las palabras de arcángel.

–     Hay algo más que debes saber – dice Coutard, animado por un rastro de sentimiento humano –. Hemos interceptado las transmisiones del noveno mundo y nos dicen que Sheol está organizando un ejército y que, luego de eliminarte, intentará llegar hasta nosotros a través de las puertas. Te encontrarás en un fuego cruzado entre su ejército y el de los limpiadores.

–     ¿Sabes cuál es el verdadero problema aquí, no? – pregunta Cherub dirigiéndose a Hatx, que continua ensimismado en el tacto del muro.

–     Por supuesto – responde Hatx –. El problema es que habéis creado nueve mundos fuera de control y queréis salvar el mejor para dejar de deambular por la galaxia. Habéis jugado tanto con el “imagen y semejanza” que ahora no reconocéis vuestra propia imagen al espejo, pero tenéis un problema aún más grave.

–     ¿Y cuál es? – responde Cherub inquieto.

–     Si ellos han evolucionado, dejándoos atrás, ellos os destruirán. Habéis creado las puertas dimensionales que os traerán la muerte y queréis usarme como distracción para retrasar vuestro exterminio. Enviaréis a todo vuestro ejército de limpiadores luego y estoy seguro que no sabréis qué hacer. Sólo me pregunto qué os ha impedido cerrarlas antes.

–     Porque no sabemos cómo – responde Cherub –. Es una empresa suicida, pero no te preocupes, si algo te sucede tu monarca nos declarará la guerra y será el fin para todos.

–     En eso pensé  antes de venir aquí. Ahora que he visto que estáis tan indefensos ante vuestra propia creación ya no me preocupa mi vida. Para mi sistema mi pérdida será sólo una línea en el agua, para vosotros la extinción total sin nosotros haber movido un dedo.

Cherub no puede evitar un rictus de rabia que le acerca más a la humanidad que copió que a la divinidad que cree representar.

–     ¿Dónde está Iblis? – pregunta Hatx mirando fijamente a Coutard.

–     Iblis fue limpiado en su última excursión – responde el robot -. Él fue el primero que entró; quizá te encuentres su cadáver en alguno de los mundos.

–     ¿Qué significa tu nombre? ¿Qué significa Coutard? – pregunta Hatx.

–     Le délire de la negation… – responde el robot, para luego sumirse en el más profundo de los silencios.

–     Necesito información de cada uno de los sitios por los que pasaremos antes de entrar – exige Hatx.

–     No te preocupes. De eso se encargará el autómata – responde Cherub con el rostro desencajado.

Coutard asiente lentamente como si un gran peso recayera sobre sus hombros. La voz del autómata vuelve a hacer vibrar el muro luminoso. Una imagen gigantesca se despliega en el muro y se proyecta como una imagen n-dimensional. En ella se observa un punto que flota en un océano verdoso.

“Primer mundo creado por Iblis: desolado, compuesto de mares y témpanos de hielo donde un único ser viviente, mitad humano, mitad delfín, vaga por la inmensidad de los océanos. Esperanza de vida nula mientras esta criatura con branquias se niegue a despegarse del mar y decida dar un paso sobre los hielos. Presumiblemente debería perecer de hambre de un momento a otro ante los ojos de sus compañeros delfines que le observan a la deriva.

–     ¿Dónde está la puerta que cruce del primer al segundo mundo? – pregunta Hatx.

–     En cualquier punto del fondo del mar. No te será difícil nadar hasta allí teniendo en cuenta que tienes la capacidad de respirar bajo el agua como el ser despreciable que habita nuestro primer mundo – responde Cherub.

Una nueva imagen ilumina el muro. Esta vez es una imagen estática de color verde que, a simple vista, parece moverse con la fuerza del viento.

Segundo mundo: vegetación sin control, gran abundancia de insectos gigantes, multiplicación de recursos vegetales. Crecimiento sin control de especies arbóreas que, o se devoran entre ellas, o se quitan terreno. Ninguna raza humana creada. Recursos hídricos casi agotados.

–     ¿Dónde está la puerta aquí? – pregunta Hatx.

–     Lo desconocemos. De aquí en adelante tendrás que buscar las puertas por tus medios – responde Cherub – No existen atajos demostrables, pero siempre cabe la posibilidad de que exista un puente entre un mundo y el noveno. De todos modos yo evitaría estos caminos porque puedes pasar al pasado paralelo del mismo mundo cuando sólo era, en un tiempo primigenio, una bola de magma.

Tercer mundo: Hemos creado un ser vivo macho y una hembra, pero no podemos decir qué clase de especie ha resultado. Error de cálculo. Las especies desconocidas pueblan el planeta. Nunca hemos visto una con detenimiento. Se esconden en madrigueras en el subsuelo alimentándose de raíces. Quizá sólo de trate una especie de gusano híper desarrollado que vive bajo tierra ciego, pero a salvo de una lluvia radioactiva que, suavemente carcome la superficie. Esperanza de vida corta. La lluvia ácida acabará con las especies creadas en pocos eones. Desconocemos los componentes de su atmósfera, quizá no resistas este medio, pero el traje que vestirás te ayudará el tiempo suficiente hasta pasar al cuarto mundo. En esta etapa creemos que pueda haber muerto Iblis o quizá en un mundo paralelo de este mismo planeta.

La pantalla del muro muestra la imagen de un volcán entrando en erupción para luego cubrir el firmamento de una densa nube de ceniza tóxica.

Cuarto mundo: Creación de una pequeña población de primates que vive a las orillas de los ríos alimentándose de vegetación. Estos seres vivos no tienen ninguna motivación más que la auto-contemplación y la reproducción. Será fácil arrasarles porque desconocen el término vida en sociedad. La vida en este medio sería posible de no ser porque la actividad volcánica es tan intensa que es impredecible e incontrolable.

La imagen del volcán desaparece para dar paso a hermosas construcciones que llegan al cielo.

–     Aquí parece que hubiérais tenido más suerte – dice Hatx, pero las imágenes que proyecta el muro le hacen cambiar de idea.

Quinto mundo: Un planeta en el que teníamos muchas esperanzas. Hemos generado una sociedad de humanoides cuyo principal logro es la construcción de monumentos que rascan el cielo. La vida es factible en este mundo, sólo necesitamos paciencia. ¡La lucha de credos acabará con ellos! Hatx, como ya imaginarás, la población de este mundo vive obsesionada con la vida después de la vida y creen que sólo los justos llegarán al paraíso cruzando a través del filo de una espada. Si eso es lo que quieren, eso tendrán: una espada de fuego que cruce su cielo.

Hatx se aleja un poco del muro para observar la grandiosidad de las construcciones que la imagen proyecta.

–     ¿Os habéis fijado en la palidez de las criaturas que pueblan el quinto planeta?

–     Un fallo en la información genética – responde Coutard –. Somos incapaces de eliminar el gen recesivo y creemos que le sucederá lo mismo a nuestras futuras generaciones y seguirá en aumento. Llegará un día que la simple luz de cualquier astro les aniquile. No queremos correr riesgos habitando allí.

La imagen del muro se torna profundamente negra.

Sexto mundo: La oscuridad total; desconocemos si hay vida, sólo tenemos leves sospechas. La imagen no muestra nada, ni un atisbo de luz. Hemos registrado sonidos audibles y códigos en la superficie, como pistas de aterrizaje dibujadas con alguna clase de material avanzado.

Séptimo mundo: no existe vida humana. Desconocemos cómo se llegó a este orden de cosas. Sólo sabemos que la humanidad (si alguna vez la hubo) fue exterminada por máquinas creadoras de algoritmos. Te será fácil salir de allí: ellas no detectarán tu presencia porque no entienden que un organismo distinto al suyo pueda sobrevivir; sólo saben medir la probabilidad de ocurrencia de las tormentas eléctricas de las cuales cogen energía. Sólo obedecen a frías simetrías. No tenemos información visual de este mundo, ni del octavo ni del noveno. Todo es empírico.

–     No tenemos guía alguna que te valga en los tres últimos planetas creados – dice Cherub -. Sólo sabemos que el octavo mundo tiene gran actividad tectónica que hemos registrado gracias a un ejército de pequeños robots exploradores. No sabemos, a ciencia cierta, si los datos recibidos corresponden a la actualidad de este mundo o de algún tiempo pretérito.

–     La mala noticia es que tenemos constancia que las realidades del octavo y el noveno mundo se han mezclado. La información recibida nos dice que el ejército de Sheol ha atravesado la primera puerta y ha contaminado el primer paso. No sabemos nada más. La última transmisión la recibimos hace un par de eones. El ejército de Sheol podría estar a las puertas de alguno de los mundos, quizá más cerca de lo que nosotros pensamos.

–     ¿Y pretendéis que yo lo detenga? – pregunta Hatx.

–     No – responde Coutard –. Sería imposible detener a un ejército.

–     ¿Y cómo probaré que el noveno mundo es apto para que vosotros lo invadáis si quizá no dé tiempo a llegar a él?

–     Creemos que al ejército de Sheol no se adaptará a las condiciones climáticas de los primeros mundos que atraviese. Por muy sobrenaturales que sean desconocen, como nosotros, lo que van a encontrar. Confiamos en que les invada la locura al verte ya que creerán que vienes de alguna realidad paralela. Como ya dijimos Sheol llevó al planeta a límites de desarrollo mental insospechados. Estamos seguros que han creado alguna primera experiencia creadora de mundos como nosotros y, cuando te encuentren, pensarán que los mundos paralelos se han entrecruzado. Con suerte eso les confundirá y nos dará tiempo a sacarte de allí de regreso. No debes olvidar que, para el ejército de Sheol, su monarca es una divinidad. Si ven a otro, como él, y que ha sobrevivido, dudarán del poder de Sheol. A fin de cuentas son sólo otra sociedad basada en la adoración a su monarca. Son una especie básica.

El  muro se transforma en un gran espejo donde Hatx se refleja para luego iluminarse con una luz que sumerge todo en destellos enceguecedores. El muro ha comenzado a abrirse. Hatx da un paso adelante seguido de Coutard, el robot guía.

–     ¿Por qué el noveno mundo representa una amenaza para vosotros? – pregunta Hatx mientras se cubre los ojos con un brazo.

–     Porque ellos nos adelantaron creando más mundos paralelos – grita Cherub -. ¡Ya ni siquiera sabemos si esto está ocurriendo o si esto ya ocurrió! ¡Avanza Hatx! ¡Coutard te traerá de vuelta! ¡Confía en él!

El cuerpo de Hatx se sumerge en aquella luz hasta transformarse en apenas un punto negro en el infinito. Coutard le sigue de cerca, apenas una bolita de brillo metálico hasta desaparecer completamente. Cherub sonríe satisfecho y la luz incandescente, que permitía entrar por la puerta dimensional, se apaga. Las pantallas del muro vuelven a mostrar noticias e indicadores de la realidad que vive el mundo del arcángel. Afuera, más allá de la plataforma de Cherub, los seres que conforman la sociedad de exiliados desconocen su futuro.

Cherub ordena al sistema central probar la comunicación con el robot. La pantalla del muro continúa emitiendo los mismos mensajes. A una señal del arcángel el ejército de robots limpiadores se prepara a entrar detrás de los enviados para, si es necesario, eliminarlos.

–      ¡Coutard! – grita el arcángel –. Ya puedes enviar la primera transmisión de lo que estáis viendo. ¿Cuánto tiempo ha pasado allí?

La primera imagen recibida muestra a Hatx caminando lentamente en una atmósfera líquida, oscura y densa, por delante de Coutard, que va registrando los pasos del explorador. Hatx camina decidido hacia el borde de un abismo que desemboca en un cráter bajo el mar.            La señal se distorsiona para luego mostrar al explorador cayendo a las profundidades de un agujero submarino arrastrado por una extraña fuerza que le arroja en una playa desierta iluminada por tres soles incandescentes. La señal se funde a negro.

–     ¿Coutard? – pregunta el arcángel.

No hay respuesta.

La señal del robot vuelve a emitir mostrando el cuerpo inconsciente de Hatx tirado sobre las doradas arenas. Hatx reacciona y se incorpora cogiendo la cabeza del robot, que intenta zafarse, pero es inútil: Hatx aún tiene un mensaje que enviar.

–     ¡Escúchame bien Cherub, allí donde quiera que estés! – grita el explorador dirigiéndose al arcángel -. Sé que puedes ver y oír esto: ¡Estabais tan obsesionados con el tiempo que al final os olvidasteis de él! ¡Una milésima de segundo de tu realidad puede equivaler a años luz de mi señor Sheol!

Cherub, contra toda predicción, logra gesticular un gesto de horror en su rostro inanimado.

–     Querías usarme para distraer las huestes de Sheol y fue él quien os distrajo enviándome como emisario – continúa Hatx –. Quiero que sepas que mi monarca os envía un mensaje de armonía universal y os transmite que pronto pereceréis.

Hatx arroja el cuerpo del androide a tierra y le da de patadas a su cabeza hasta que la señal se pierde por completo. La luz del muro de Cherub se apaga hasta transformarse en un punto débil palpitante que se reinicia en los mismos indicadores de su realidad actual al borde de la extinción.

Cherub retrocede. Una pequeña vibración comienza a elevarse desde los cimientos del muro. Los indicadores desaparecen y el muro se ilumina para abrirse y dejar pasar el reflejo de una mancha negra difusa que, poco a poco, va adquiriendo la forma de un ejército de humanoides que atraviesa el muro aplastando al arcángel y a los limpiadores. Una hermosa mujer alada, montada en un reptil gigantesco de dos cabezas, invade la plataforma rugiendo y destruyendo todo a su paso. La mujer baja de su cabalgadura y se acerca al cuerpo de Cherub que agoniza entre espasmos.

–     Hola – saluda la mujer cogiendo la cabeza del arcángel por la nuca –. Soy Sheol, monarca del noveno planeta que vosotros creasteis. He venido a probar que nuestro mundo evolucionó más rápido que el vuestro.

–     ¿Y cómo piensas probarlo? – pregunta Cherub moribundo.

–     De este modo…- responde Sheol crujiendo el cuello del arcángel hasta darle muerte.

 

Epilogo:

En algún lugar del universo una puerta dimensional se abre y escupe el cuerpo de Hatx, el explorador. Trae consigo la prueba de que los nueve mundos de Iblis realmente existen y que se puede pasar, de uno a otro, atravesando puertas dimensionales localizadas en ojos y cráteres bajo el mar. La continuidad de los mundos de Hatx se ha garantizado. Ahora sólo resta que su soberana le libere de su calidad de proscrito y deje de hacer cosas que normalmente él no haría a cambio de algo como los mercenarios. Hatx espera tranquilo a la orilla de un mar rojo bañado por la luz de tres lunas con anillos. Pronto llegará Sheol y le dará la libertad para ir dónde desee; quizá a algún planeta artificial perdido, de alguna realidad paralela, pero lleno de vida.

 

 

 

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