ESQUIMALES

“El amor une a las personas a través de las vidas”

 

Me siento como un gran trozo de hielo que se desprende del Ártico y se aleja hacia el mar. Sé que me perderé, sé que moriré solo, deshecho y olvidado en el ondular de las mareas.

Hace mucho frío. Tiemblo hasta el paroxismo. A mi alrededor se extiende un gran manto blanco. El viento se clava en mi rostro como millones de afiladas agujas. Espero quieto junto al animal recién muerto. ¡Hafiz!, grito temblando de frío, ¡Hafiz, Hafiz! y no sé qué significa ese nombre. El hielo a mis pies. Mis pies, cubiertos de pieles, están manchados de sangre. Me giro. Mi madre está junto al cuerpo inerte de mi padre. Le veo de rodillas mecerle como si intentara despertarlo de un sueño. Ambos se hunden en el hielo para siempre lentamente como si, en vez de subir al cielo, bajaran. Doy un par de pasos hacia ellos, pero me da miedo que el animal muerto despierte y se escape. Miro hacia abajo. El bloque de hielo cruje bajo mis pies y se abre. Desciendo hasta sentir que el agua salada entra de golpe por mi boca como una espada helada. Es extraño, pero ya no siento dolor. Observo el cielo azul que se mueve veloz y difuminado a través de una capa de hielo. Mi cuerpo y el de mis padres se encontrarán camino hacia el estrecho que se abre hacia el océano. Quizá un día encuentren nuestros cuerpos congelados flotando en el mar. El animal que yacía a mis pies pasa por mi lado estático dejando una estela rojiza que me envuelve. Era nuestra comida.

Hay una tierra donde siempre hay trabajo, hacia el norte, en las minas eternas. Me despierto muerto de frío con la sensación de haber caído al mar. La boca me sabe a sal y, hoy más que nunca, siento que él me hace falta. Por más vidas que vuelva a vivir jamás volveré a encontrar a Nanook. Miro por la ventana hacia la inmensidad del desierto. La luna está roja y una estrella cae ante mis ojos. Es Nanook que murió hace siglos porque alguien intentó salvarle de su destino. Enciendo un cigarrillo y me caliento un mate para esperar el amanecer. ¿Qué sentido tiene vivir solo? ¿Qué sentido tiene vivir sin alguien, del cual sabes su nombre en sueños, pero que sabes que en esta vida no encontrarás? ¿Cuántas vidas tendré que vivir hasta dar con él? En esta dura tierra con tres fichas te buscas una habitacioncita, pones buena cara, te gastas algo en ropa limpia y te buscas un trabajo en las salitreras. Así hasta acabar este ciclo, este ciclo al cual Nanook no llegará. Observo mi cuarto: un camastro, un armario, un suelo de tierra y un lavatorio para lavarme la cara. Miro el techo, por el cual se mete el primer rayo de luz, y me entretengo viendo las formas que hago con el humo de mi cigarrillo liado mezclado con el ventarrón de la pampa que se cuela por la puerta. Me preparo otro mate recuerdo de mi abuelo que murió al borde de una acequia aplacando la sed del desierto. Yo seguí sus pasos y, cada vez que me acordaba de él, en el sur, me inclinaba al borde de una acequia a beber agua. Gracias Nanook, decía cada vez que bebía de esta manera porque el agua, gota a gota, hay que agradecerla.

La puerta se abre de golpe y entra el resto de los invitados en tropel. Estoy sentado en el rincón de una habitación acalorada. Tengo en las manos una fotografía donde hay nueve hombres ataviados con túnicas e instrumentos de cuerdas de la zona de Samarqand. Es una fotografía un poco rara, nadie ríe, todos parecen estatuas de sal. Junto al grupo de hombres de la foto hay un niño de mirada triste vestido con ropas de mujer. Despego los ojos de la fotografía. Todos me miran como si yo fuera un extraño que ha invadido su territorio. No debí haber venido. Las luces se apagan, hay un rumor subterráneo, y el aire huele a sudor avinagrado. El grupo de hombres se sienta en el suelo con las piernas cruzadas formando un gran círculo. Todos comienzan a fumar y a beber té preparado en pequeñas teteras. No entiendo el idioma. Junto al grupo de invitados hay dos músicos que traen un instrumento que parece una cítara. El resto de hombres comienzan a hacer palmas hasta que se abre una pequeña cortina roñosa de donde sale el guía del hotel que me trajo acompañado por dos niños vestidos de mujer. El guía dice unas palabras y luego, al parecer, recita un par de versos del Corán. La música comienza a sonar, a envolver la habitación y los niños comienzan a bailar moviendo las caderas, los brazos y el cuello como cobras encantadas. El guía, que se ha sentado a mi lado, me habla en su inglés deplorable de los dos chicos como si fueran mercancía. Son bachá bazi, dice sirviéndome té como muestra de hospitalidad. Miro nuevamente la fotografía que tengo en las manos; está en sepia y al reverso pone Sergei  Mikhailovich Prokudin-Gorskii (1905–1915). Los dos niños siguen bailando en el centro del círculo. Ambos no tienen más de catorce años; uno es muy moreno, le falta un diente y mueve el cuello de derecha a izquierda, el otro es más pálido y golpea un pandero con la cadera. Quizá su delicada palidez se deba al miedo que debe estar sintiendo. Uno de los hombres, el que está en una esquina sentado, se enrolla sobre su cuerpo y rueda hacia el niño moreno y se postra para besarle los pies desnudos. El chico ni siquiera se inmuta, continúa bailando. El guía me dice que aquel hombre es un gran señor y que ha oído que quiere comprar algunos bachá bazi en el norte para que todos vean lo poderoso que es. Hay otro hombre a mi lado que no para de fumar. Me habla como si le conociera de alguna vida anterior y le pido al guía que me traduzca lo que intenta decirme. La música se acelera y se torna hipnótica. El guía me dice que el hombre que me habla es un importante policía de Kabul y que le gustaría poseer a cualquiera de los dos chicos porque las mujeres están restringidas, pero los niños son accesibles. ¿Cuál de los dos te gusta a ti?, me dice el guía. Me habla de los chicos con la familiaridad con la que podría preguntarme por mi comida favorita. El guía me dice que entre el público está Rafi el músico, Mahmud el vendedor de camellos, Destager el carnicero y Ahmadula, el policía (que mató a su último basha bazi porque intentó escapar con otro a pesar que él había prometido que le conseguiría esposa y casa en Kabul) Quiero salir de aquí, le digo al guía que me mira extrañado. El ritmo de la música va acelerándose más y más. Los chicos entran como en trance y comienzan a girar como los derviches turcos, pero aquí no hay religión. El niño pálido se desploma sobre Destager y éste le cubre de besos pensando que él ha sido el elegido. Ése se llama Hafiz, me dice el guía refiriéndose al niño que se ha desmayado, y es el más solicitado del norte de Afghanistán, el moreno se llama Nanook. Siento náuseas. Las luces se encienden. Ha acabado el espectáculo y los hombres se gritan. Nanook zamarrea a Hafiz hasta que recobra el sentido y lo arrastra a un rincón. Ahmadula, el dueño de los chicos, se siente ofendido porque Destager le ha ofrecido dinero para llevarse a Hafiz unos días a casa. El guía me dice que si Destager insiste en llevarse al chico, Ahmadula lo matará antes de tener que compartirlo con el perro del carnicero. Hay una discusión que no entiendo y Ahmadula saca un cuchillo. Me pongo de pie alarmado. El guía me aparta con su brazo fuerte y me empuja contra la pared. Desde donde estoy puedo ver a los dos niños en el suelo que se abrazan en un rincón. Nanook le dice a Hafiz algo al oído que no entiendo, pero que transmite un gran amor, luego se unta las ropas en agua de una jarra y la deja caer gota a gota en los labios de Hafiz. La escena me enternece tanto que lo siguiente pierde significado. Ahmadula arrastra del brazo a Nanook y lo lanza hacia la puerta de salida, luego se gira y se abalanza sobre Hafiz. Cuando se aparta del cuerpo del niño éste yace sin vida. Ahmadula tiene las manos manchadas de sangre. La puerta se abre y entran dos hombres armados de sables. No sé quiénes son, no sé si son guardias o si son amigos de Ahmadula que vienen a sacarle de allí con sus batchas. El guía me coge de un brazo y me arrastra a una salida trasera rápidamente antes de que reparen en mí. Oigo el ruido de pisadas que se alejan en la noche a toda velocidad. El guía me dice que me lleva al hotel, que no le cuente nada a nadie y me arranca de las ropas la fotografía que traía. Dice que me lo regresará mañana cuando esté seguro de que las cosas se hayan calmado. Le pregunto por los niños, pero me ignora. Tomorrow, tomorrow, insiste y me arrastra por los patios traseros de las casas hacia el hotel. Quiero salir de aquí, quiero contar a alguien lo que he visto, pero no servirá de nada. Aquí las fuerzas del orden pertenecen a Ahmadula. El pueblo entero es de su propiedad. Si intento algo matará también a Nanook.

Estoy en una habitación. Escribo una carta mientras suena una vieja canción en una rockola que compré en USA. Estoy triste y melancólico. Me llaman por teléfono. Es la madre de Nanook que nunca me ha caído bien y me cuenta, entre lágrimas, que su hijo ha muerto a millones de kilómetros de distancia. Cuelgo como un autómata y ya no tengo fuerzas para escribir. La carta ya no tiene sentido. Miro por la ventana. Está nevando en Ottawa. Una nieve amarilla, radioactiva, que cala los coches y los deja inservibles. Mañana es noche buena, toda la ciudad estará llena de hermosas luces. Pienso en Nanook que murió solo en una tierra extraña y que quizá pronunció mi nombre antes de irse. Siento mucha angustia, como si me faltara el aire, y me brotan las primeras lágrimas. ¡Por qué no pude estar con él cuando me necesitó! Me dejo caer en una silla sin fuerzas. Nanook es un extraño nombre para los tiempos que corren. El día que le conocí en la playa el sol pegaba tan fuerte que cegaba. Nanook salió del mar temblando de frío y, sin darse cuenta, se dejó caer pesadamente sobre mi toalla aplastándome. Él se sobresaltó y me pidió disculpas fatigado. Me quedé observando sus ojos oscuros y su piel morena, como si le conociera de siempre, y le quise de inmediato. Estuvimos juntos unos años hasta que le destinaron a Irak. Me prometió que volvería cuando acabara la misión, pero jamás regresó. No pude hacer nada por él. Me siento impotente, como si me arrancaran las manos. Podría desesperarme en esta habitación, romper los muebles, enloquecer, llorar hasta secarme pero eso no aliviaría mi dolor. En la rockola suena su canción favorita “Tamally Maak” de Amr Diab como si él la hubiese programado y creo escuchar su misma risa de cuando le decía que los cantantes árabes me daban mal rollo. Me levanto de la silla y me pongo a bailar por la habitación girando como si él me abrazara. Bailo hasta detenerme de golpe. Me siento en paz con la vida y lloro porque le tuve más cerca en esta ocasión. Quizá la siguiente vez que nos encontremos en este universo o en otro podamos estar juntos para siempre. Quizá los astros confabulen a nuestro favor y se acabe la búsqueda por los derroteros de los siglos. Me voy a la cama. No tengo sueño. Me acurruco y apreto la almohada contra mi estómago como si me hubiesen herido de muerte. No sé qué haré mañana cuando tome conciencia de que jamás regresará a mi lado, que jamás le veré sonreír, ni salir del mar temblando. Él no volverá a cuidarme ni a darme de beber cuando la fiebre me esté matando. No tuve oportunidad de despedirme de él esta vez. Sólo espero que la siguiente vez que nos encontremos podamos estar más tiempo juntos y el mundo no confabule para separarnos.

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