LO ESTAMOS PASANDO TAN BIEN

            Al día siguiente no se acordaba ni de mi nombre. Se despertó, me pasó por encima dando un brinco y se fue directo a la cocina a darle de lametones a un café con leche fría que había sobre la encimera. A través de la ventana, en el bloque de junto, una maruja cantaba una de Niña Pastori mientras tendía la colada y, de vez en cuando, me  echaba miradas como si hubiera dormido con el demonio. Me desperecé y levanté la cabeza del almohadón cansadamente, como si hubiera dormido doce horas. Allí estaba él, junto al quicio de la puerta, mirándome con sus bigotes torcidos. Tosió con fuerza y dijo con asco que me fuera de “su casa”. Entre las sábanas aún reptaban restos de tabaco, pelusillas, cerillas, papelinas y un par de piedras de hachís. Cogí una china y la olisqueé con el hocico. Sentí nauseas. No me gusta como huelen las chinas, prefiero el olor de las sábanas sudadas porque me dan la sensación de calor de cama. El muy cabrón estornudó como a posta para que recordara que estaba allí echándome a la puta calle. Di un brinco de la cama y pasé por su lado sin inmutarme. Él se engarfió y me tiró un manotazo peludo.

            – ¡Ñai! – le dije ofendida y me metí al baño a pensar si ponerme a llorar o dejarle tirado brincando por la ventana al jardín.

            Llevábamos dos semanas viviendo juntos en aquella casa abandonada donde nos habíamos colado y hasta ahora todo había ido bien. Por las mañanas comíamos lo que pillábamos (que tuviera patas y fuera comestible), por la tarde correteábamos por el jardín persiguiéndonos la cola, y al atardecer nos tirábamos sobre la hierba a ver el sol ponerse a lo lejos, hasta que se hacía una  bolita roja en el mar.

En alguna ocasión cruzamos el pueblo, esquivando los coches, hasta el puerto de Palos, a ver los caballos correr por la arena de la playa. Otro día, nos fuimos al archivo de Indias. Él siempre me decía que allí estaban los nombres de todos los indios descubiertos en el nuevo continente, pero yo me reía porque qué va a saber un gato lo que dice en esos libros polvorientos. Lo que más me gustaba de él eran los brinquitos que daba cuando quería mostrarme algo que yo desconocía. Le hacía feliz mostrarme el mundo. Se ponía a saltar, daba tres respingos y me decía “Ñoi, ñoi” para que le siguiera por las callecitas de Sanlúcar. A veces me sorprendía tanto con sus historias, que olvidaba que tenía hambre o frío y me invitaba a viajar a los tiempos de una reina que creyó en un loco que decía que más allá del mar había otras gentes con las cuales comerciar especias. Él me decía, señalando a la ventana de un castillo, que desde allí la sucia de Isabel la Católica había visto por primera vez el mar. Mi gato era muy escuelado porque creció en los jardines de un colegio y desde pequeñito no se perdió jamás las clases de los niños. Cuando daban a la campana escapaba porque los niños siempre querían cogerle de la cola. No es listo mi gato.

No sé si los gatos cambian, yo sólo sé que el gato que durmió repatingado junto a mí anoche no es el mismo que conocí brincando de un carretón de fruta de la calle de los gitanos. Se me plantó enfrente, con todos los pelos de la cola revoleados, y me dijo que corriera, que acababa de meterle un bocao al perro del dueño de la carnicería y le venían siguiendo tres perros callejeros para cortarle la cola. ¡Fue tan romántico! Estuvimos huyendo por toda Sanlúcar de Barrameda por horas; brincando entre los coches, colándonos en los bares del puerto, comiendo los restos de las tapas que dejaba la gente en las mesas y volviendo a huir a la calle. Por la noche dimos con el colchón donde dormimos y desde ahí en adelante se hizo rutinario: dormir, cagar en el jardín, pillar pescadito en los bares de la playa, perseguir pajarillos y volver al colchón a dormir. Y yo, antes de conocerle, era sólo una gata que vivía bien, sin aspavientos ni aventuras. Un día salté de la ventana de la abuela y salí a dar un paseo por el barrio. Entonces le vi, escapando de esos perros, y pensé que sería divertido vivir alguna aventura y, si me aburría, existía la posibilidad de recordar dónde estaba la ventana de la cual había brincado y volver a casa con la abuela.

Anoche me despertó lamiéndome una pata y me soltó así, sin refunfuñar, que por qué no teníamos gatitos. Y yo le miré fijamente pensado que: vivíamos en el colchón de alguien en una casa que estaba siempre vacía, que daba a un jardín abandonado, comíamos lo que nos caía de las mesas y no sabíamos qué había más allá del mar. No hay futuro con este gato, pensé. ¿Y por qué cojones no los tienes tú?, le pregunté, ¿Y dónde los vamos a criar? ¿En alguna madriguera de lince ibérico en Doñana! Y  eso fue todo. Yo creo que es ésa es la razón por la que quiere que me largue de “su casa”. Ahí se acabó toda la discusión anoche; no insistió más, se dio la media vuelta y siguió durmiendo a pata suelta en el colchón, como si lo que acababa de proponerme no tuviera importancia y le diera igual mi respuesta. Yo me quedé pensando con la vista perdida en los restos de colillas, papelillos y mierdas que esa noche encontramos en nuestro colchón y pensé que aquel ya no era sitio seguro y, si él no se daba cuenta de ello, ya no valía la pena seguir la aventura.

Salí del baño y aún estaba allí, mirando con los ojos brillantes, medio gruñendo y engarfiado. Le ignoré ¡gato maleducado! Brinqué por la ventana hacia el jardín. Junto al manzano me puse a pensar en qué camino tomar hacia la ventana de la abuela, pero no me acordaba. Di media vuelta y volví a verle como le vi el día que nos conocimos: mi gato brincaba por la ventana y corriendo hacia mí maullando como si alguien le hubiera metido un susto de muerte. Detrás de él un hombre horroroso le arrojaba una botella que fue a estrellarse contra unos cubos de basura. Y de pronto me asusté que la historia volviera a repetirse, recordé dónde vivía, y salí por patas de allí. Corrí tan rápido que, el que había sido mi gato, no tuvo huevos a seguirme y darme alcance.

Ahora, que soy una gata vieja y sola, estoy tranquila aquí en el quicio de la ventana de la abuela y créanme, desde aquí, los atardeceres son más bellos. Es bueno vivir aventuras, les digo a las gatas jóvenes del barrio, pero con el gato correcto. Muchas no me hacen caso, pero me da igual, no por eso no voy a aconsejarles.

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