JOAQUINITA (ESO TIENE UN NOMBRE)

Vete tú a saber cómo se enteró mi padre de los planes que tenía con Joaquinita, la de la corrala a la que, con sorna, llamaba La clandestina, y de lo que ella pudo comerme la cabeza para liarme tanto. Lo del mote de la clandestina me hacía gracia, pero mi padre es sabio, cornudo pero sabio y yo creo que la bautizó así porque adivinó, al escuchar mis conversaciones al móvil, que ella siempre me soltaba aquello de escaparnos a Marbella, a la casa de la playa, a colarnos de ocupas veraniegos. Mi viejo es un as, talento innato de los embajadores cornudos. Yo no tanto; sabio me refiero, porque cornudo soy un rato y mira que apenas tengo diecisiete casi cumplidos.

Joaquinita es una chica cabezona, bajita, de pelo negro lacio y ojos morunos que te embrujan cuando te ven porque te estudian de manera compulsiva hasta que te han enredado en su trampa y ya no te la quitas de encima – me refiero a su par de ojos… bueno, a ella tampoco hay huevos de sacársela de la chepa. Ella tiene apenas quince años y está mal que yo lo diga, pero miente de manera violenta, casi te deja sin respiración; miente a toda velocidad y lo peor es que engancha que da gusto.

A Joaquinita la conocí por un chat de esos. Le conté tres o cuatro chorradas y le dije que era hijo del embajador de una república bananera y se lo creyó. Yo estaba convencido que era el mejor mintiéndole a las niñas, pero di con una tía peor que yo. Y me atrapó. Diez minutos después de haber chateado estaba llamando al teléfono de casa (que no me explico cómo descubrió) y me tuvo pegado al auricular hasta que acabó de soltarme la historia de su vida y me sorprendí a mi mismo dedicándole atención, contándole mi vida y milagros e, incluso, dedicándole una de Bisbal. Yo le decía que sí a todo: que nos íbamos a fugar, a viajar en coche al sur, a vivir juntos en casa de mis padres en Marbella, que íbamos a tener servicio, que invitaríamos a su madre a los toros ¡A los toros! Cuando yo no soporto ni a los sevillanos ni a la sangre; que íbamos a almorzar junto a la piscina con mi madre y la servidumbre y, que en invierno, iríamos a Mónaco en coche a esquiar… ¡A esquiar a Mónaco! ¡Apunta esa! ¡Pero si yo no sé ni dónde pilla eso! Ella te liaba y te liaba, como la chancla de un romano a la pierna.

Tres o cuatro rodeos más por teléfono y ya me tenía en la sartén. Tarde siguiente: tonterías iban y venían en la esquina de su casa. Me convenció para quedar (la chica ni siquiera me gustó), pero ahí estaba con todos mis huevos, pegado como chicle a la banqueta, escuchando sus cosas en medio de risitas-. Un constante inventarse su vida, inventarse la mía, como el zumbido de miles de moscas; hasta que, sin haber comerlo ni beberlo, la tenía enroscada como una anaconda hambrienta besuqueándome el pescuezo. La vi dos veces más, un segundo día y un tercero por la tarde y me acojoné ¡todo por no escuchar al cornudo de mi padre!

Aquella tercera tarde ella estaba esperando en la esquina de la corrala con un macuto, un paraguas y una tetera de esas eléctricas – que vete tú a saber para qué coño la quería -. Estaba como loca por colarse en mi coche y que me la llevara dónde fuera. Me detuve en la esquina, antes de llegar a la cita, a observarla desde lejos y pensé: Está loca, está muy loca y yo estoy igual de tarado que ella por venir a verla… ¿dónde voy yo con esa? Y me acordé del consejo de mi padre cuando se enteró de lo mío con la pava.

– ¡Eres un imbécil! Eres más tonto que Bukowski con las callejeras, debería partirte la cara, pero me lo impide la silla de rueda que si no te ibas a enterar, ¡Englengue! ¡Que ere un englengue! ¡A trabajar te mandaba yo, derrapando, con una patada en el culo! – me dijo.

El viejo es sabio. Cuando me hablaba siempre me daba un consejo aunque me diera con el bastón (que no usaba más que para medirme el lomo). A veces le escuchaba; otras veces no. Esa tercera tarde que quedé con Joaquinita mi viejo se olía la tostada y estuvo gritoneándome desde que me metí a la ducha hasta que salí por la puerta cogiéndole las llaves del coche. Salí pitando de casa y lo último que oí fue el bastón estrellándose contra la puerta.

El coche de mi padre está adaptado para minusválidos y cuesta un huevo conducirlo. Debe ser porque soy medio lerdo (estoy convencido)

De camino a Madrid Joaquinita me llamó al móvil y, con el manos libres, creí escucharle que hoy era el día en que nos íbamos a ir al sur para ser felices. Yo ya lo era, pero ella decía que lo podíamos ser aún más. Mientras me comía la cabeza (con una mano sujetaba el móvil y con la otra rebuscaba cinco eurillos para el estanque de combustible) ella decía que me metiera prisa porque su madre estaba al llegar y nos iba a desinflar (a palos) nuestros sueños. Así que metí la pata al acelerador y tiré a la gasolinera más cercana convencido de que iba a ser lo mejor: pirarnos los dos a vivir una nueva vida a la casa de mis padres en Marbella y, que apenas pudiéramos, nos íbamos a independizar cuando yo consiguiera un curro de embajador, como mi padre, y ella aprobara las oposiciones de veterinaria. No era mal plan… na más que ella todavía tenía que terminar el cole, pero bueno, confiaba en que ella lo iba a lograr.

A veces, cuando uno es crío, cualquier cosa que te suelten te la crees. Como cuando una noche, que estaba aburrido, me puse a chatear con un tío de Barcelona que era profesor doctorado de no sé qué pollas y que buscaba un chico que quisiera ser su pupilo. Me pidió una foto y se la envié. El tío me respondió de inmediato que le mandara mi móvil y se lo mandé. El tío estuvo vendiéndome la moto de que vivía solo en una mansión que tenía en propiedad por Figueras y que podía irme a vivir con él; que nada me iba a faltar y que tenía a otro alumno pupilo al que le enseñaba español. Un chico japonés, dijo él, al cual he acogido y al que le pago los estudios. Cuando le pregunté dónde estaba el chico él me dijo que en Taipei, de vacaciones que él le había pagado para ir a ver a unos amigos. Vente, insistía, vente a vivir conmigo. Soy un hombre muy rico, hay espacio suficiente en casa para ti y para Takeshi, seréis mis alumnos y os pagaré todo lo que queráis. Estuve a punto de aceptar, pero le dije que no porque yo ya sabía español y no tenía sentido que me diera clases de nada. El tipo estuvo tres meses llamando al móvil y dándome toques cuando estaba en clases para que le regresara la llamada, pero yo nunca le llamé. Me daba mal rollo que quisiera ser mi profesor y ni siquiera supiera mi nombre ni me lo hubiera preguntado nunca. La gente del mediterráneo… que está muy sola…

– ¡Hola mi amor! – me dijo Joaquinita por teléfono mientras conducía – ¿qué te queda para llegar? ¡Yo ya tengo todo pensado! Primero me saludas con un beso, como quien no quiere la cosa, vaya que nos vea la jipjopera que es una cotilla, y luego me zamarreas como si fuera una muñeca de trapo hasta que me tengas bien despeinada y, cuando meta el primer chillido, me tiras dentro del coche y sales por banda en dirección la carretera de Andalucía ¡Fingiremos un secuestro express en Audi!

– ¡Tú te oyes lo que dices! – le pregunté porque hasta a mí, que soy un poco palurdo, me pareció una excentricidad de plan.

Joaquinita no respondió. Sentí en el aire que algo se había roto entre nosotros (ese día estaba de un romántico que te cagas). Oír su voz era para mí como el canto de una sirena de pantano y, si ella enmudecía, yo comenzaba a sudar a chorros.

Por fin ella hablo con esa vocecita de Marilyn Monroe cuando cantaba “Mi corazón pertenece a papito” Ya sabéis… ¿Conocéis esa canción calentorra?  ¡Ésa, ésa! La que dice: “Mi nombre es Lolita y se supone que no debería jugar con los chicos…” (conozco la canción porque mi viejo está todo el día macaqueándose en la silla de ruedas con los discos de la Monroe que si no ¡qué me iba a importar a mí el jazz!…)

– ¡Beibi! Confía en mi… – dijo Joaquinita suavemente – ¿Quieres que tu gatita se vaya con el primer gato pulgoso que se le cruce en la esquina?

Me dejó helado. Aceleré a fondo ¡Nadie me la iba a quitar!

Quince minutos más tarde ahí estaba ella, de pie en la esquina, con el uniforme del cole, las medias hasta la rodilla, una mochila llena de chapitas de “Rebelde Güay, Güey, Gay… como sea” medio colgando del hombro y dos coletas en el pelo que le daban un aspecto juguetón. Le colgaba de una mano una tetera de esas eléctricas y de la otra un paraguas rosa. Me bajé del coche y me acerqué. Antes de llegar a la esquina un negro me ofreció una piedra de hachís que compré para que me dejara en paz y se largara. Seguí caminando hacia la esquina, paso a paso, acelerando, luego echando una pequeña carrerilla (como si diera brinquitos en las nubes de Heidi) hasta llegar junto a ella. La abracé y cerré los ojos. Los abrí para intentar darle el que sería nuestro primer y glorioso beso cuando sentí caer sobre mí todas las hostias de Dios. ¡Me llovían las hostias! Era la madre que me estaba metiendo un buen repaso que no supe ni de piedra de hachís, ni paraguas, ni tetera eléctrica ni las putas chapitas de Rebelde Güey. Sentí un jalón y luego un empujón al muro de piedra de la esquina. Lo siguiente que recuerdo es ver las manos de Joaquinita como tragada por un agujero negro, arrancándola de mi lado, por siempre jamás.

¡A la mierda la fuga!, ¡A la mierda todo!: el plan maestro, mis ganas de sentir lo que era enamorarse por primera vez y las ganas de escapar de casa de mi mini novia. Fue como en los trucos de magia; allí tenía de nuevo a la madre de mi chica, aparecida espontáneamente empapelándome a carterazos ¡Hostias iban y venían! Hasta que la mujer se hartó y lo siguiente fue oírle decir: “¡No tienes vergüenza, depravado, ir por la vida engañando crías!”. Y todo sin comerlo ni beberlo (porque yo tengo dieciséis y esta señora no ha visto bien que no tengo ni pelillos en el bigote)

Después del mal trago, y de los carterazos de regalo, me quedé como bloqueado de pie en la esquina mientras veía a la madre de Joaquinita arrastrándola de los pelos rumbo al aparcamiento de la corrala. Estaba en shock, necesitaba un café, un cigarrillo, un trago de vodka Zubrowka (se pronuncia Zubruwka); algo que me hiciera volver el alma al cuerpo, pero no sentía las mejillas y estaba despeinado. Cuando reaccioné, el mismo negro que me había ofrecido hachís, le estaba metiendo un tirón al espejo retrovisor del coche. Como que desperté y se me vino a la cabeza la imagen de mi padre descojonándose desde la silla de ruedas. Así que reaccioné y salí detrás del negro a ver si le daba alcance, pero nada. Me monté en el coche, sin espejo retrovisor y busqué en la guantera los cigarros de la risa de mi padre. Pillé uno y le metí tres caladas que me quedé turulato un buen rato.

Yo creo que Joaquinita sufría de algún delirio encapsulado. No es que haya comprado el delirio en frasquitos en el Mercadona, como la mermelada, sino que siempre estuvo “casi” esquizofrénica, como la hermana que ella me decía que lo estaba del todo, pero le hacía falta el empujón, el detonante, el mechero… que su hermana la sacara de quicio, vaya. Ese día me contó por teléfono que nos íbamos a ir a Marbella y que le había metido un par de lexatines a la hermana loca antes que llegara la madre, y que fijo se la encontraba tiradota mientras nosotros ya íbamos por Guarromán. Estuve a “esto” de liarla parda. Cada vez que lo pienso llego a la misma conclusión, estuve a “esto” de meterme en un buen rollo. Si la madre hubiera llamado a la poli fijo que me cae un buen puro si además me hubieran pillado el chocolate (ah no… que ése se me calló con los carterazos).

Mi padre tiene razón, soy un imán para los problemas porque soy gilipollas perdío. Lo peor es que tiene razón, aunque él es un cornudo y yo recién empiezo a vivir. Todavía puedo mejorar (o empeorar si somos pesimistas)

Después de la escenita me quedé  metido en el coche esperando a recuperar el aliento. Ya no había ni rastro de la madre ni de Joaquinita y los curiosos ya se habían ido. De pronto oí como a lo lejos las sirenas de los bomberos y un coche patrulla se me puso a un lado y me pidió la documentación. Como no la llevaba pensé que esa sería la guinda, pero me dijeron que quitara el buga que si no me iban a calzar una buena, así que saqué el coche y me puse cerca de la plaza de Lavapiés. Cinco minutos más tarde tenía a una yonkie dándome con un dedo anillado en el cristal para que le diera una moneda para un porro. Como la ignoré me lanzó un escupitajo que se escurrió hasta la cerradura del coche. En ese momento mi padre me llamó al móvil.

–     ¿Qué, Casanova, ya te han encerrado por corrupción de menores? ¿A qué comisaría hay que ir a sacarte? ¡Mueve ese culo depilado y trae el coche que me voy al bingo con la esposa del cónsul de Chile!

–     Viejo, dame un rato más que voy a tardar porque los bomberos y la poli tienen bloqueada la salida de Lavapiés.

–     ¡Eres gilipollas! ¡Tu madre se descojonaría! ¡Venga, no tardes, que como te pille te voy a hacer un tablero de ajedrez en la espalda!

Colgué. Eso significaba que iba a tener que arrojarle las llaves desde lejos para que no me cayera un palo en el coco. A veces imagino que a mi padre lo alimentaban de pequeño con una tirachina, porque tiene un carácter de mierda que nadie aguanta. Por eso mi madre lo dejó tirado y ahora se está forrando en los platós de tv contando sus miserias. No tenemos tele, de más está decir.

Afuera, en la corrala de Joaquinita, había un meneo guapo: había bomberos, policías y un chico algo afeminado al que tomaban declaración. Junto a él había otro, que parecía su pareja, con un gato muerto colgando en los brazos. La gente está loca, pensé. Por el momento estaba chunga la cosa para sacar mi coche del barrio así que me bajé y me fui a una tetería árabe a por un café.  Estaba en eso cuando entraron al sitio un par de prostitutas viejas, bastas como un bocadillo de bellotas, hablando a gritos. Una de ellas era rubia rubia, con los labios tan inyectados que se movían como una cama de agua y con la vista fija como los teleñecos. La otra era morena de solárium; tan bronceada que parecía que la piel se le iba a caer a cachos. Una le decía a la otra que dejara de fumar y la otra le decía que ni de coña, que si tiraba el cigarrillo perdía el equilibrio y se iba de culo al suelo.

Me quedé patidifuso con el comentario que hizo una de ellas al verme.

–     ¿No serás tú el hijo del embajador? ¡Dios, cuánto has crecido! No te veía desde que te daba el pecho.

Me puse pálido. Las miré de arriba abajo y la del comentario sonrió y me pellizco las mejillas. El grito de terror fue tan terrible que nadie se dio cuenta de todo lo que estaba pasando en la calle con el  incendio de la corrala. Salí por patas tropezando con las mesas y me tiré como los porteros de fútbol al coche, lo puse en marcha y estuve pitando hasta que logré salir de Lavapiés para nunca más volver.

Nunca más volví a saber nada de Joaquinita ni de su hermana ni de su madre. Nunca volví a pisar aquel barrio surrealista ¡El premio gordo de la gilipollez me había tocado entero a mí! ¡Tanta mala estrella era demasiada coincidencia!

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