EL MISTERIO DEL GLOBO ROSA

Ahí estaban los tres. Intentando explicarse por qué les pasaba esto a ellos. Miles de dudas pasaban por sus cabezas y ninguna explicación posible a ese gran misterio que tenían frente a sus narices. Ese día pintaba bien al comenzar, pero lentamente comenzó a torcerse. Era viernes. Planeaban irse a las 15.00 horas como un rayo al club de golf y luego a la sierra, a una casa rural, a pasar el fin de semana, cada uno con su familia, pero el misterio aquel les había obligado a quedarse en la oficina, a los tres, frente a “aquello” que descansaba sobre la mesa de la Dirección. El coordinador abrió la boca y dijo que quizá se trataba de una broma, aunque era grave que los de abajo no se tomaran su trabajo en serio y estaban todo el día con la tontería. El de Recursos humanos dijo que “aquello” era quizá un acto reivindicativo o algo de los curritos que se mostraban abiertamente gayers y no se conformaban con callarse la boca. Pero el Gerente, el mandamás, levantó un dedo tembloroso hacia “aquello” y lo posó sobre él. Notó su textura suave y blandita y luego le dio con fuerza como quien le da a una canica. El objeto saltó disparado hacia el suelo, dio dos botes y se coló bajó su sofá de las juntas. Es un globo, dijo el coordinador, eso sólo un puto globo rosita. Acto seguido se arrepintió de haber abierto la boca y sintió como una gota fría bajaba corriendo por su espina dorsal. El de Recursos propuso que sería bueno olvidarse del tema, que era una chorrada, y que mejor se iban a casa, pero el Director les hizo callar a los dos.

–       De eso nada, dijo, tenemos que averiguar quién es el responsable de que aparecieran estos cinco globos rosas colgados de un perchero en el call center. Esto es serio – sentenció.

El director caminó hacia el centro de la mesa de reuniones y cogió los restantes cuatro globos rosas, atados por un hilo rojo, y los levantó intentando saber si estarían, o no, inflados con helio. Se imaginaba al coordinador desinflando uno de los globos con la boca y luego cantando “We are the world” con voz de pito. Intentó contener la risa pero explotó en una gran carcajada que dejó a los otros dos trajeados de un color blanco rosáceo. Soltó los globos sobre la mesa y se apoyó con las dos manos sobre la mesa intentando que el marcapasos no le saltara por los aires. El coordinador sintió un leve cosquilleo en el estómago, pero era capaz de contenerse. Por algo era coordinador.

El de Recursos humanos miró nervioso su reloj. El gerente, ante este gesto, cesó de reír y se puso serio.

–       Tenemos que averiguar quién cojones trajo estos cinco globos rosas al trabajo – sentenció mirando al coordinador – tenemos que averiguar quién se toma tan poco en serio su trabajo que trae estas fruslerías para desconcentrar a todos los demás ¡No os dais cuenta que esto baja las estadísticas! ¡Cojones!

El Gerente, con una sola miraba que le echó al coordinador, ordenó que éste bajara a interrogar a todo dios hasta saber quién era el responsable de esta idiotez y volver con la información ipso facto. El coordinador carraspeó un momento, tragó saliva y salió por la puerta diciendo “Ahora vuelvo; se van a cagar”. El de Recursos estaba pálido ¡Al traste la casa rural!

A través de la puerta de la oficina del gerente, por el pasillo, se oía a lo lejos el galopear de los pies del coordinador acercándose al ascensor. Los otros dos ya le conocían. El coordinador no tardaría ni diez minutos en poner la plataforma patas arriba hasta regresar con la cabeza del tarado que había dejado sobre una percha los cinco globos rositas atados con un hilo rojo (dos de ellos rosa chicle y tres de rosa carmín intenso).

El gerente fijó su vista en el de Recursos humanos.

–       Todo esto es culpa tuya, cojones – le dijo. El otro enmudeció.

El Gerente creía adivinar que aquello era una especie de venganza ridícula por no haber tenido cena navideña, por haber recortado los sueldos y por haber despedido gente para abaratar costes. ¿Qué vendría después? Cuando todos se enterasen que lo siguiente era abaratar el despido le llegarían globos rosas por cientos a la oficina. Cogió del bolsillo de su chaqueta las llaves de casa y las clavó sobre uno de los globos. El de recursos dio un brinco que dejó escapar un gritito afeminado que dejó al Gerente preocupado.

–       ¡Esto es un complot! – sentenció el mandamás – ¡fijo que es un complot! Se están vengando, están descontentos, nos quieren hacer ver como una empresa de ganancias escandalosas que no se reflejan en sus incentivos… ¡No hay otra explicación!

El de Recursos comenzó a sudar. No aguantaba más la rigidez de la vista en el globo que se escondía atemorizado bajo la silla del jefe y se imaginaba así mismo siendo reventado por la punta de una llave.

¡¡¡¡Pum!!!!, sonó el estruendo de un segundo globo muerto en combate. El de Recursos dejó escapar un segundo gritito agudo y un moco se deslizó lentamente hasta la comisura de sus labios. El gerente lo miró fijamente.

–       Límpiate ese moco – le dijo – ¡joder el tío guarro!

–       Papá – respondió el de Recursos – ¿Quieres dejar ya de hacer el gilipollas con los putos globos?

Unos pasos como en tropel se oyeron por el pasillo. Era el coordinador. Traía la solución al misterio. Gerente e hijo lo sabían por el sonido de sus pisadas. Si los pasos eran lentos: traía malas noticias (las estadísticas y las ganancias se han ido a la mierda; vamos a tener que despedir a tres o cuatro). Si los pasos eran acelerados: hemos cumplido los objetivos o me enterado de un cotilleo que te cagas en las bragas. No fallaba. El tío para eso era un hacha.

–       ¡Lo tengo! – dijo como si hubiese descubierto las caras de Balmes.

Los otros dos se fueron sobre él con expresión interrogante.

–       ¿Y qué cojones estás esperando para contarlo? – dijo el de Recursos imaginando a su padre muerto de un ataque cardíaco al reventar un tercer globo por sorpresa.

–       Era una chorrada. Ya he pasado nota y los he dejado a todos temblando. Hoy sube la productividad fijo.

–       ¿Y? – dijo el gerente.

Eran las cuatro de la tarde (una hora más tarde de lo que acostumbraban salir los viernes)

–       Pues era una chorrada, os lo digo – respondió el coordinador – dos de los pelotudos del call center, cuando venían ayer al trabajo, se encontraron los globos rositas pegados con celo a una farola y los arrancaron para traérselos y hacer un poco el ganso. Los colgaron del perchero y, al irse, olvidaron llevárselos a casa. Eso es todo. Ya les he amonestado.

–       Ah… – dijo el de Recursos – entonces no se trataba de nada truculento, ni una revolución rosa, ni de un aviso de atentado, ni nada de eso ¿no?… ¡Pues entonces nos podemos ir!

–       Aún no – dijo con tono enigmático el coordinador – luego de hablar con los dos implicados me quedé por su zona y alcancé a oír que decían en voz baja algo como: “menos mal, chico… pensé que nos iban a decir algo por el “expediente polla”…

–       ¿El expediente polla? – preguntó el Gerente.

–       Si – respondió el coordinador – y créame que parecía serio, pero no pude averiguar nada más.

El de recursos se dejó caer en una silla derrotado. El Gerente se cogió la cabeza a dos manos y luego dio un puñetazo sobre la mesa de reuniones.

–       ¡Y qué cojones es el “expediente polla”! – gritó enfurecido – ¡Qué cojones es el expediente polla!

Ese día viernes el call center abandonó la plataforma a su hora habitual. Arriba, en la última planta aún había luz de deliberación. Entre tantas teorías, las más comentadas eran que quizá se tratase de un nuevo movimiento sindical, nuevas demandas en el convenio, una hecatombe o una revolución de color rosa polla.

El lunes habría noticias para todos si había suerte y volvían a oírse por el pasillo los pasos acelerados del coordinador con la solución a aquel gran misterio. O no…

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