EL FLAUTISTA EN LLAMAS

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Hubo una época en que era hormiga en Táchira hasta que el concejal de Ureña me convenció de que ésa no era vida. Se bajó de su furgoneta, se plantó delante de mi carromato, y me tiró toda la mercancía pa la tierra. Con la escopeta apuntándome a la nuca señaló el camino a la frontera y me dijo que me fuera del país. Camine temblando unos metros, como quien cruza por un fino desfiladero, y vi todo negro. Yo ya sabía lo que iba a ocurrir: los cobardes son los que escriben la historia.

-2-

Por otra parte, creo sinceramente, que Rimbaud se hartó de las tonterías de las maricas de la época y se hizo traficante de armas. Por eso se fue a África, lo más lejos posible del grupito de ridículas amigas de Verlaine. En estas divagaciones estaba yo, al salir de clases, cuando vi aquel camión venirse sobre mí como un fogonazo; primero arrasando la parada de micros, luego cepillando violentamente la muralla del Liceo y, finalmente, llevándose consigo el poste de la luz de la esquina con cables y todo. Fue en un abrir y cerrar de ojos. Sentí un gran golpe en el pecho, luego un calor infernal, como si me encendiera en llamas (como la cabeza de una cerilla), y luego olor a chamuscado como el olor que deja el disparo de una escopeta. Sentí como si volara hacia atrás y caí de espaldas, a metros de distancia, golpeándome la cabeza contra el pavimento. Mientras caía todo fue como en slow motion, como si cayera a un foso donde sólo oía las voces de los transeúntes que gritaban que me hiciera a un lado (como los arqueros de fútbol), pero a mí no me dio tiempo a nada, ni siquiera a seguirle los pasos a Rimbaud. Momento equivocado en el sitio equivocado.

-3-

¡Amo los flashazos! ¡Amo los gritos en medio de la oscuridad, los gritos, la marea humana! Ella acababa de cantar su primer gran explosivo hit. De pronto se hizo un fogonazo de luz y apareció nuevamente en escena. Mi móvil estaba vibrando ¡Estaba vibrando en pleno concierto! ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Era ella! ¡Era Lady Gaga que me llamaba a mí! Me puse a gritar como una quinceañera ¡I can’t believe it! ¡I love you, I love you!, fue lo único que dije. La gente me miraba con envidia y yo na más que lloraba como una magdalena… “Ouuuuh, What’s your name?” – dijo ella. “Fernando”, le respondí entre mocos. “Ouhhh… Fernando, Fernando, Alejandrooouu…”, respondió canturreando mi nombre en español ¡En español! Me limpié la vista nublada de tanto lloriqueo y me vi a mí mismo en la gran pantalla hablando al móvil mientras ella me decía que zenkiu a todo. ¡¡¡Qué emocióoon!!! ¡Voy a fundar el quincuagésimo club de fans de “Maricas unidas por Lady Gaga“!, grité inundado de emoción. ¡¡¡I love youuuu!!!… ¡Juro por Dios que apenas llegue a casa no pararé de spamear a todo el mundo hasta tener un millón de fans sólo para ti!, pensé toda emocionada. Las gradas comenzaron a temblar bajo mis pies, la gente rugía y un rayo me recorrió la espina dorsal como si toda la estática del mundo me estuviera electrificando. Lady Gaga me había cortado el teléfono hacía un montón de tiempo y yo estaba hablando sola como una lerda. Por los altoparlantes sonó un nuevo ring-ring. Ella respondió: “Ouuuhhh, it’s Beyonce…” y la multitud rugió nuevamente como ruge la tierra durante un terremoto. Mis manos temblaron y mi móvil escapó hacia las profundidades, gradas abajo. Me tiré al suelo desesperado buscándolo entre los pies de la gente y, cuando intenté levantarme, una ola humana me cubrió completamente. Las luces volvieron a apagarse y ella cantó la primera estrofa de “Telephone” mientras la multitud me abducía entre patadas.

-4-

¡Denúnciad! ¡Denunciad!, gritó el loco de la pierna gangrenada y saltó puertas afuera en la boca de metro de Bilbao. ¡Debería denunciaros por ser tan tacaños con los indigentes! Nadie le hizo caso. Todo el mundo siguió a lo suyo mientras las puertas del vagón se cerraban para seguir ruta al norte. La línea 1 siempre descarrila en alguna parte, pensé, no falla. Las paranoias no sirven para nada, pero siempre que tengo exámenes en Ríos Rosas, me pasa algo: o nos detenemos un buen rato sin explicación alguna, o vamos a toda pastilla (al borde del descarrilamiento), o me roban la cartera, o suspendo por llegar tarde. No soy paranoico, soy gafe, que es peor. Miré tembloroso por la ventana del vagón mientras pasábamos por la estación fantasma de Chamberí. El de la pierna gangrenada había dejado un fuerte pestazo a carne descompuesta en el vagón. Me tapé la nariz, pero era inevitable no respirar el aroma nauseabundo que despedía el tío aquel. En Iglesia se subió ella y fue como si se abriera el cielo. Iba con su carrito que arrastraba un pequeño altoparlante y se puso a cantar (en polaco) algo que me parecía familiar, una melodía que era como de otro tiempo: “Dluzsze zycie kazdej pralki to calgon” (1). Una y otra vez, y¡una y otra vez, machaconamente, la misma melodía, sin quitarse la extraña sonrisita de la boca, con su micrófono casi pegado a los labios, apenas aferrándose al carrito para no caerse. Rebusqué entre mis bolsillos alguna moneda y me acerqué dificultosamente hasta ella para dársela, pero las luces se apagaron y las leyes de la física dejaron de existir. Estaba flotando en el aire y bruscamente me mordí, tan fuerte, que abrí la boca y escupí en el rostro de la polaca un trozo sanguinolento de mi lengua. Fracción de segundos después el carrito con el altoparlante golpeó el lado derecho de mi cabeza y el peso de mi cuerpo se fue en esa misma dirección sobre las puertas del vagón que se abrieron entre los gritos de la gente. Lo último que vi pasar fue la pierna gangrenada del indigente que paseaba su olor, minutos atrás, pidiendo una moneda.

-5-

Lancé mi moneda de la suerte al aire. Salió cruz. Esa noche íbamos a tener fiesta. Mi instinto no me falla. Siempre que entraba alguien al aire intentaba convencerle de que cortara porque le estábamos sacando los cuartos con el rollo de la videncia. Pero nadie me hacía caso en el canal. De todos modos éramos un programa pobre: la gente llamaba por teléfono porque se sentía sola y una vidente vestida como una mamarracha le veía la suerte (más bien adivinaba sus circunstancias). Esa noche estaba nervioso, sentía miedo y no sabía bien por qué. Ya nos habían amenazado, telefónicamente, con meternos un bombazo para dejar de emitir, pero nunca se había concretado nada. Transmitíamos desde un galpón abandonado de Anton Martín y nunca habían encontrado nuestras oficinas, al menos hasta esta noche, en que recibí su última llamada.

– Mira por la ventana hacia la calle, capullo – me dijeron antes de decir las típicas “buenas noches, me quiero ver la suerte”.
– ¿No quiere que le ponga en espera para entrar al aire y consultar al oráculo?, pregunté evitando entrar al trapo por la ofensa del insulto.
– Tú me vas a comer la polla y lo que yo te diga – me respondieron.

La expresión de mi rostro cambió. Habían logrado ponerme de mala leche y apenas comenzaba el programa. Miré hacia la calle, por la ventana, como dijo la voz al teléfono, mientras el regidor me seguía con la mirada. La vidente cambió de semblante, con las cartas en la mano, como preguntándo si le iba a pasar la llamada o qué puñetas. Afuera, en la calle, había un hombre de negro hablando al móvil.

– Tenéis tres minutos para dejar de emitir vuestra mierda de programa y salvar vuestras vidas.

Y cortó. El tipo aquel montó en un coche que esperaba en marcha y bajó por calle Atocha hacia el sur. Miré la pantalla del monitor: teníamos llamadas en espera.

– ¿Qué te pasa? – me preguntó el realizador – Estamos al aire y hay llamadas ¿Por qué puñetas no las pasas a la bruja de los huevos?

El pulso me tembló. Le di al botón de transferir y la vidente comenzó a tirar las cartas con el rostro sonriente. Tres minutos después, mientras la vidente soltaba la frase de siempre de: “Libra, estás demasiado aferrado al pasado”, una gran explosión nos sacó del aire. No recuerdo haber sentido calor, sólo la violenta sensación como si un millón de personas te cogieran por los brazos y las piernas y tiraran a la vez, desmembrándote. Y esa extraña melodía, que se me pegó en el coche cuando venía al trabajo, como de radio vieja de los sesenta:

“Señor locutor quiere hacerme el favor de decirme ¿qué horas son?
Locutor: son las cuatro con veinte minutos, cuatro con veinte minutos.
“Gracias, muchas gracias y que siga, que siga la música,
en radio recuerdos canal 83, en Monterrey”
(2)

-6-

Recuerdo que, en un tramo de carretera de la Isla de Chiloé, se pierde la señal de la radio. Eso es señal de que un par de kilómetros más adelante, entre Castro y Quellón, llegará el tramo aquel en que parece que te despeñas con la furgoneta de la leche. ¿O era entre Ancud y Castro? Siempre tengo la misma duda y me vengo a acordar del miedo que me da cuando noto que la radio pierde frecuencia y ya es tarde pa bajar la velocidad y me voy como por un tubo pa bajo. No es que me dé miedo ni na parecío, pero la última vez, cuando salí del tramo aquel, me paré a un lado de la carretera y se me habían desaparecío los yogures y las cajas de leche y, en su lugar, traía un par de mochileros alemanes pálidos como el papel, una maceta con un gomero y tres ancianas vestidas de negro que no hablaban una palabra de español. Me tuvieron preso un mes por intentar explicar lo que había pasado. De las viejas, tiempo después, me enteré que las habían enviado a Grecia, donde decían vivir, luego de cuatro meses en que la policía de Quellón se enteró de que hablaban griego. Esta isla dicen que es mágica y un montón de historias y marigüanzas, pero pa mí son na más que cuentos de brujas y de barcos encantados. Que se aparece el Trauco y preña a las niñas (excusas de ellas que son más putas que las gallinas y a alguien hay que culpar); que se aparece la Pincoya (tonterías de los gorreros que dicen que la ven bailar desnuda en la playa pa que la vieja no les parta el lomo cuando llegan a casa manchaos de lapi labiá); que el Caleuche se rapta a la gente rica por sorpresa (cuentos de los que se ganan la lotería y se escapan fuera de la isla, al continente, pa no compartir una mierda). No sé yo de esas cosas si serán verdá o no. Una vez una meica de Temuco me contó aquello de las puertas gubernamentales (o uniersales… no me acuerdo) que sirven pa pasar de un lao pa otro sin perdé tiempo. Pocazo le creí yo, pero hice como que le hacía caso porque tenía fama de atontarte con sus maldiciones. Debería haberle hecho juicio. Después de lo que me ocurrió me costó tres meses volver a la carretera con el reparto de la leche y, mira que no apriendo, pero es que me dan pena los mochileros y los monto arriba pa llevarles al próximo pueblo. Y eso me pasó: monté a una parejita atrás y les dije que no me comieran los yogures y ellos re contentos. Íbamos tos felices pal sur, pa Quellón; los mochileros atrás en la caja de la furgoneta y yo adelante cantando una ranchera juvenil del Gran Silencio (yo que soy medio chanta, como dicen los mejicanos: medio naco y gavilán) cuando errepente se fue la señal de la radio y me quedé cantando solo. ¡Mierda!, pensé, ¡El tramo maldito! Y nos fuimos todos a la mierda, pa bajo, como en una montaña rusa, to pa abajo, metros y metros. Atrás, en la caja, la parejita gritaba muerta de miedo y yo intentando controlá el embrague pa que no se me volviera loco hasta que pude controlá el vehículo y seguí hecho un peo hasta el horizonte donde la tierra recuperaba el nivel derechito. Poco a poco fui bajando la velocidad, volviendo a respirar, hasta que paré por completo y me bajé corriendo de la furgoneta pa ir a abrir la caja y ver si los mochileros estaban bien. Na. Otra vez el mismo cuento. Esta vez había habido suerte y pareque nadie había salío lastimao. Dentro de la caja no había ni leche, ni yogures, ni mochilero alguno. En su lugar había un sudaca patipelao que gritaba que no le dispararan, un estudiante de uniforme to machucao, un muchacho de esos medio raritos en cuatro patas buscando (según el mismo decía) una cosa llamada móvil, una mujer rubia cantando una cosa como en otro idioma y una vieja vestida como mi bella genio con turbante que me preguntaba de qué signo zodiacal era yo. Me quedé patidifuso. ¡Otra vez la misma mierda, trabajo maldito y la madre que parió a Chiloé que no hay manera de trabajá tranquilo!… Me senté al borde del camino mientras esta gente rara salía fuera y miraba a todas partes como si les acabara de parir su mare y pensé: Bueno, pos nada, a llamar a los pacos pa decirles que me pasó lo mismo que la otra vez y empezar a preguntar de dónde es esta gente pa mandarla a su casa por donde vino… Aunque, si soy sincero, a mí la que me preocupa es la rubia porque no se le entiende ni papa lo que habla. Esa rubia fijo que se quea a vivir en la isla. De aquí a que nos enteremos qué cosa dice van a pasar meses como la otra vez con las viejas griegas. Al menos se ve espabilá porque se ha puesto a cantar y el estudiante le ha dao una moneda. Mare mía ¿cuándo tendré yo una poquita de paz?

NOTA:

(1) “Alarga la vida de cada lavadora con calgón” (Sintonía del anuncio)
(2) Locución final de “Si señor” de la banda mejicana Control machete.

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