UNA SIRENA ABANDONADA

Cada vez que entraba a la peluquería su sonrisa me iluminaba.
A veces me despierto por las noches con los pies oliendo a huiro y a piure, me tiemblan las piernas y siento como si tuviera un peso enorme sobre la guata fría. Me levanto y vago por el departamento a oscuras tocando las paredes para sentirme seguro y no veo más que las luces del Trocadero que se cuelan por los cristales desnudos de la ventana. Me siento en el salón; me siento triste y solitario a fumar un último cigarrillo a esperar a que ella me anime un poco. “Los cobardes mueren todos los días; los valientes sólo una vez”, solía decirme ella cuando trabajábamos juntos en la peluquería de condell con Latorre. Ella no era de muchos proverbios ni nada parecido; ella era sabia y a mí me gustaba escucharla. Juanita era una mujer hermosa, muy hermosa, de cabellos castaños y piel de ángel. Me gustaba peinarla personalmente para que encandilara a los viejos que iban a verla al Gunda Din o, a veces, al Dorado Séptimo. La dejaba divina. Siempre que despierto por las noches siento la casa con olor a mar y pienso que es ella que ha venido a que le quite las algas y los choros; la peste a piure y luche, la humedad que le ensortija el pelo, el dolor que le provoca el mar.
Si sopla viento siempre creo que las ventanas van a explotar y me pongo con la nariz pegada a los cristales para ver si con eso calmo la ventolera. Creo verla bailar con su vestido dorado allá afuera, en la calle. Me saca de sus recuerdos los ladridos de los perros callejeros, el silbido de alguien que silba alguna canción añeja mientras le siguen dos figuras oscuras, la bruma que se arrastra desde el paseo marítimo, la humedad que se cuela en los edificios oxidando los hierros de las escaleras, los crujidos de los columpios de los niños mecidos por manos invisibles. Un día, cuando baje las escaleras, los hierros van a ceder y caeré de cabeza sobre el cemento de la entrada. Seguro que a nadie llame la atención, quizá nadie se dé cuenta hasta el mediodía en que la primera vieja floja se levante para ir a buscar a los niños al colegio en la Bonilla. Si eso ocurriera ya no podría ir a la caleta el cobre a ponerle flores a la Juanita. Tendrían que ponérmelas a mí, pero yo no sé qué tan milagroso pueda ser después de muerto. Quizá me olviden. ¿Quién va a acordarse de un viejo mariquita que peinaba viejas en las peluquerías del centro?
Juanita, hace siglos, nos alegraba el día a todos y, por la tarde, salía corriendo a su casa a transformarse en Sandra Le Roy. Era la más bella bailarina de la ciudad hasta que, de un día para otro, la quitaron de mi vida. Cuando llegué a la peluquería, ese día, me contaron lo sucedido. Me quedé mudo. Sentí como si me crucificaran, un dolor enorme en el pecho como el que provocan los niños a las mariposas que clavan en las plumavits, como si allí se acabara todo lentamente, desangrado. Nunca mis lágrimas fueron tan saladas. Recuerdo que tuvieron que levantarme del piso con el rostro lleno del pelo negro de las clientas. Estuve mudo meses. Dejé ese trabajo. Me fui a casa y no salí. Mi madre venía todos los días a dejarme comida hasta que un día dejó de venir. Una semana después una vecina golpeó a mi puerta. Mi madre había muerto y yo apenas tenía fuerzas para salir debajo de la cama. Era como un perro abandonado.
Los ochenta fueron cesantía, hambre y miedo como evasión, pero yo era feliz con Juanita. Ella siempre me animaba y me decía que a la mierda los milicos y el hijo de puta de Pinochet y su maldita descendencia; que saliera a la calle, que luchara por mi futuro y mi felicidad, pero yo tenía miedo y el miedo me superaba. Nunca me atreví a ser feliz, a buscar lo que yo me merecía y me dejé llevar por la corriente azuzada por los demás maricones que vivían escondidos por las esquinas oscuras, debajo de sus camas, con sus amantes que les golpeaban y les robaban el dinero. Yo nunca hice nada por mí mismo. Yo respiraba a través de Juanita. Han pasado siglos y sigo preguntándome por qué tarda tanto en venir por mí.
A veces pienso que la vida me ha dado tantas oportunidades que he desaprovechado, tantas ocasiones de cambiar el rumbo, de pelear, de liberarme de las cuerdas atadas a rieles de tren, y yo nada, muerto en vida, sin descansar en paz. Estoy más cómodo en un rincón de casa, temblando de miedo, fumando y bebiendo té sin parar hasta agotar el último peso que me dejó mi madre.
Juanita era como una sirena en el desierto, como una sirena abandonada a la corriente que, después de tanto golpearse contra las rocas, se da cuenta que aquella costa no es buena, pero ya no puede volver porque ha olvidado el camino de regreso.
“Tú eres mejor que yo, Gunga Din”, me decía siempre ella. Conservo esta frase apuntaba en una vieja Vanidades, la revista que leíamos juntos en la peluquería, y me decía que era una frase de un poema o una película. ¿Querís ver una película de amor?, me decía ella asaltándome a la salida del club nocturno, los domingos de madrugada, cuando iba a recogerla. Y nos pasábamos toda la tarde viendo el programa triple del cine Nacional. A veces nos íbamos al otro, al de las películas verdes de la calle Copiapó, a ver si me animaba y conocía a alguien, pero yo era muy tímido y nunca pasaba nada. Pero el sólo hecho de pensar que podía pasar algo, que podía conocer al hombre de mi vida, me animaba a salir con ella hasta las tantas aunque ya supiera que volveríamos abrazados riéndonos de aquel viejo verde que me miraba lascivamente desde la primera fila del cine.
Anoche volví a soñar con ella. Se sentó en mi cama, sentí el peso de su cuerpo sobre mis piernas. Ella me daba la espalda, su pelo largo y sedoso, brillante por la luz del poste de la esquina caía como una cascada sobre sus hombros. Ella me habló. A veces me duele la cintura y no sé por qué, me dijo. Luego sentí un gran peso y desperté acurrucado en el suelo desnudo y con un dolor punzante como si me clavaran un alfiler. Me senté en la cama y me hurgué hasta dar con lo que me lastimaba: era un pelo largo que tenía hincado siguiendo la forma del arco de mi pie izquierdo. Me levanté cojeando hasta el baño y cogí las pinzas de depilar y me lo arranqué. Me quedé en la cama pensando un largo rato con el pelo en la mano y luego lo metí en la cajita de los recuerdos que tengo de Juana. La caja está llena de sus cabellos, los colecciono desde que ella murió. Cada vez que sueño con ella me despierto con uno de sus cabellos hincado en la piel. A veces creo que es porque quiere mantener su pelo alejado de la sal del mar, de la peste del aroma de las algas, del aceite de los motores de los camiones mineros que se filtra por la carretera a la orilla de la mar. Guardo el cabello de Juanita, tengo un montoncito. Yo le dejo flores en su animita para que sepa que la recuerdo y ella me trae su cabello para que se lo peine.
A la Juanita la encontraron unos chicos en la orilla, cruzando la carretera. Estaba desnuda, blanquecina, transparente, casi calva. Los peces se habían comido todo lo blandito de su cuerpo de ángel. Estaba maniatada con dos cuerdas; una de ellas la ataba a un riel de tren, la otra estaba cortada de cuajo. Su cuerpo se golpeó contra las rocas tantas veces que la desfiguró. Jamás se supo quién lo hizo. Yo siempre me culpé por no haber ido a buscarla al Gunga Din la noche anterior. Ella me decía que era muy feliz con un hombre que había conocido y que la iba a llevar lejos, muy lejos. Y así fue. A veces le imagino como un hombre serio, recto, un político, un ladrón de vidas que buscaba una sirena que regresar al mar; otras, como un militar, un hombre acostumbrado a usar la fuerza para reclamar lo suyo, una verdadera bestia impune que ahora peinará canas rodeado de sus nietos, feliz, satisfecho, medallas en el pecho que digan “Misión cumplida”, rico, poderoso, sin culpa, con el recuerdo borrado de la sirena que en los ochenta le cantaba al oído, que bailaba para él en la pista de baile vestida de lentejuelas. Yo no puedo olvidarme de ella. Será porque la amaba con locura, como a la hermana que nunca tuve.
Anoche oí aplausos en el comedor. Me levanté a ver quién podía estar armando tanto alboroto. No había nadie, los aplausos se esfumaron. En mis manos un pelo enconado en cada palma. Me puse la bata y salí a la calle en pantuflas. Llevaba días sin salir, desde la última vez que fui a la animita a verla. Allí estaba ella, hermosa, en medio de la noche, rodeada de sus flores de plástico, su foto con su hermosa sonrisa, su nombre por doquier grabado en las matrículas, los agradecimientos de la gente. Me incliné ante su pequeño altar y me persigné. En el bolsillo traía una vela, un encendedor y un cigarrillo para fumar mientras le arreglaba su casita. Hacía frío. Cuando no puedo dormir siempre camino un rato por la costa y vengo a verla. Luego me voy a la orilla del mar a que el agua me moje los pies. Es bueno saber que no la he olvidado. ¡Cómo la voy a olvidar si fue ella la primera que bailó las canciones de Flashdance en el club! ¡Trajo tanta alegría e ilusión a tanta gente que aun no puedo convencerme que acabara de este modo y jamás se supiera la verdad!
Me he sentado a la orilla del mar. El agua me moja la bata. Siempre me pasa igual. Me separa de ella este océano y soy incapaz de dar un paso más para ir a su encuentro, siempre me distraigo sacándome alguno de sus pelos con las pinzas y regreso a casa a guardarlo. No sé qué quiere ella de mí, por qué me mantiene vivo, por qué tarda tanto en venir por su gargantilla de oro con forma de zapatito que guardo en casa, por qué sigue la música y los aplausos en el comedor por las noches cuando la sueño con su hermoso peinado vestida de lentejuelas.
Hoy es 21 de Febrero. Se han cumplido 27 años de su desaparición. Si estuviera viva tendría 59 años y viviríamos juntos en mi departamento del trocadero; ella prepararía el té y yo le peinaría las canas. Y sin embargo le sigo esperando en la orilla, me mojo los pies, me levanto y camino a casa solo seguro de que ella me sigue temblando de frío harta de ser una sirena abandonada a la mar.

Anuncios