CINE CLÁSICO

Buenos días. Antes de que entremos de lleno en el contenido de mi carta quiero decirle que admiro su trabajo como crítico cinematográfico; es usted la única persona capaz de producirme un aburrimiento tan mortal como el peor de los anuncios de tele tienda y eso tiene mérito. No voy a alargarme más porque, por más que me esfuerce en ironizar, usted sería incapaz de entender una sola palabra que malgaste en su persona. Esto no quiere decir que niegue su presunta inteligencia. No. Pero también es cierto que las merluzas, como los seres humanos más básicos, tienen alguna probable capacidad neuronal – que no se haya demostrado es otro tema – y, sinceramente, confío plenamente en la capacidad de decisión de las merluzas. En usted no. Al final de esta carta sabrá a qué me refiero con su nula capacidad de decisión.
Voy a ser claro y parco porque ya me ha hecho perder demasiado tiempo (nunca comparable con el tiempo que me ha hecho perder usted obligándome a asistir a sus cátedras de cine clásico para retrasados mentales) e iré al grano: Me han dicho que usted se niega rotundamente a pagar por sus errores. ¿Por qué? ¿Por qué me desafía? ¿Quién le ha ayudado a usted a pensar que puede oponerse a pagar lo que yo pido por mantenerle en su puesto? ¿Es el precio que pido, acaso, demasiado alto para usted? ¿Qué precio pone a su tranquilidad?
Llegó usted a la Facultad hace exactamente tres años y pensó que nadie notaría su comportamiento aberrante. Se instaló en el Instituto recién inaugurado, se granjeó simpatías, escaló posiciones entre los ciegos como buen tuerto y supo rodearse de un buen grupo de lame suelos. Hasta aquí nada sale de la normalidad. El detalle surge en que se sintió capaz de llevar el instituto, a los alumnos, profesores e, incluso, fue tan osado y organizó una gran campaña en la ciudad para incentivar que más y más alumnos se matricularan en nuestra escuela de cine. Felicidades, gran decisión. En cuatro años la matrícula de la escuela de cine de quintuplicó.
Aquí comienza el problema: Yo.
En algún momento de su campaña para ganar alumnado usted comenzó a prometer proyección laboral en el canal de tv local a los alumnos más talentosos. Todo a su cargo gracias a su puesto de crítico de cine. Y, créame, hasta este punto, sigo siendo su más ferviente admirador… zzzzz… lo siento, le he mentido. Desafortunadamente le planteé una prueba que usted fue incapaz de superar y eso me ha disgustado mucho. Hace exactamente una semana tuvo usted un detalle bastante indecoroso con uno de mis amigos que cumple funciones en mi comité de cobrador de comisiones. Le citó en el cine de la ciudad (con promesas de enseñarle el enfermizo trabajo de criticar el trabajo de directores de cine que no han tenido la desdicha de conocerle) e intentó chantajearle. Le prometió un puesto en el canal de tv como comentarista aprendiz de cine a cambio de favores algo deshonestos y, de negarse, le expulsaría de la escuela de cine. Eso me molestó mucho; más aun, considerando que no es la primera vez que me hago eco de este rumor y, peor aún, el alumno en cuestión es mi puñetero novio (quiero pedir disculpas por el apelativo que he utilizado contra él, pero créame, el muy hijoputa accedió a todo lo que usted le pidió y, ya ve, usted ni siquiera pensaba en cumplir su vana promesa). Sabe Dios que amaba al estúpido que usted embaucó, pero le he perdonado porque tengo la certeza que acabará tras la barra de un Mc Donald los fines de semana mientras se droga soñando con emigrar a Buenos Aires. Triste.
Al meollo. Desde que se inauguró esta institución me he encargado, desde el primer curso, de poner orden (subrepticiamente) dentro del alumnado cobrando comisiones para comprar los exámenes finales, conseguirles becas (obviaré mis métodos) y ayudarles en la obtención de créditos bancarios gracias a la ayuda de mi familia que es dueña del principal banco de la ciudad. Si lo desea, en este punto, puede usted salir un momento de su oficina a tomar aire o beber un vaso de agua. Puedo esperar porque sé que siente mucha curiosidad por lo que es capaz de hacer un chico de veinte años, como yo, con una pizca de poder. Si en esta parte nota usted que está temblando, créame que le comprendo perfectamente.
Muy bien. Supongo que ya se siente mejor. Imagino que habrá aprovechado esa bocanada de aire del pasillo para deleitarse con la imagen de los culos de mis bellos compañeros de clase. Como le iba contando (este último es mi verbo favorito: “contando”) aproveche los minutos, los pocos que le quedan a sus pies en mi instituto, las pocas ganas que le quedarán de volver a dar una cátedra, de mirarnos a la cara, de cobrar por sus servicios, de respirar entre nosotros. Esta carta es un ultimátum. Tiene usted veinticuatro horas para abandonar la ciudad, esta ciudad tan asquerosa que se rindió a su presencia televisiva y a sus cátedras de cine pero que jamás ha comulgado con su abierta orientación sexual; más aún, cuando usted la utiliza para engañar a nuestras futuras generaciones, granjeándose su confianza, abusando del poder que tiene sobre sus destinos, amenazando, inculcando en sus mentes que el único camino para llegar a lo más alto pasa entre sus piernas. Se ha metido usted a toda velocidad en mi camino; yo llegué antes a este sitio y sólo yo tengo esta posición privilegiada.
Quizá hayan pasado algo más de diez minutos desde que comenzó a leer esta carta que dejé personalmente en su escritorio. La carta tiene una pequeña cantidad de burundanga (escopolamina, si desea usted que sea más riguroso científicamente). Y sí, la burundanga ya llegó al país. Es una muestra de que mi amenaza es absolutamente seria y que, dentro de dos o tres horas, usted recobrará la conciencia tirado en su oficina y no recordará nada. Tendrá la carta a sus pies y, si es lo suficientemente hábil, no volverá a tocarla con las manos desnudas so pena de volver a intoxicarse por vía cutánea. En caso de que eso vuelva a ocurrir me habrá demostrado que es profundamente estúpido como el coyote que jamás atrapa a su presa, revivirá su pesadilla leyendo esta carta y volverá a sufrir paranoia, alguna que otra convulsión y perderá el sentido. Para que sea consciente del odio que siento hacia usted es que no le estoy dando ninguna posibilidad de arrepentimiento. El hecho de que pierda la memoria, gracias a esta droga colombiana, es mi señal de que voy a destruirle socialmente por mucho arrepentimiento que pueda mostrar por meterse en mi camino y en mis negocios. Aquí quien tiene el control soy yo. Lo toma o lo deja.
No seguiré escribiendo. A estas alturas usted ya debe estar tirado en el suelo, con la voluntad anulada y soñando que está despierto y que todo gira a su alrededor entre espasmos. ¿Quiere que le diga algo? Es cierto, esta es su peor pesadilla. No tendrá días restantes en la vida suficientes para arrepentirse de haberse cruzado en mi camino. Días que espero, sinceramente, sean muy pocos.
Atentamente su alumno de cine clásico.

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