LETTERS TO ANDY


¿Sabes quién soy? Si te digo mi nombre seguro adivinarás de inmediato quien te ha escrito esta carta y no tendrá gracia. Te lo voy a poner muy fácil. ¿Te acuerdas de un domingo que nos aburríamos y nos fuimos a tomar una cerveza en un bar de Long Island y terminamos bailando borrachos? Recuerdo a la camarera de lo más contenta porque le avivamos el cotarro esa tarde de domingo. ¿Qué canción pusimos en el wurlitzer? ¿La de Lenny Kravitz? ¿La que dedicó a su madre? Sí, creo que fue esa.

Seguro ya has adivinado quien soy más que nada porque yo soy el único con el que se te podía ocurrir ir a meterte a un bar de Long Island (que es un pedazo de tierra aburrido y que me disculpe Mariah Carey) y en domingo.

Te escribo para contarte que, a veces, uno se cruza con personas como tú, almas gemelas que no tienen con quien desahogarse, almas solas que buscan con quien tomarse una cerveza apoyado en una rockola.

Tú eres una persona especial, y lo sabes. Aún conservo la carta de despedida que me escribiste cuando me fui
a vivir a Ossining, conservo toda la suerte que me deseaste en esas líneas, conservo tu recuerdo.

Cómo olvidar cuando me acompañaste en el coche a la estación de tren cuando me fui con el mundo en blanco a buscar con qué llenarlo. Cómo olvidar que nos fuimos cantando la de Nino Bravo con lágrimas en los ojos; “De día viviré pensando en tu sonrisa, de noche las estrellas me acompañarán, serás como una luz que alumbre mi camino, me voy pero te juro que mañana volveré…” Pero no volví. Tardé meses en regresar, tardé más de un mes en llamar a casa para decir que estaba bien, que no me había muerto bajo un puente y que tenía dos trabajos que me daban para vivir humildemente. Me porté como un ingrato e hice que te preocuparas por mí injustamente, pero quiero que sepas que lo hice porque tenía miedo de llamar y que notaras que lo estaba pasando mal. Preferí guardarme lo malo y aguantar hasta sentir que realmente estaba bien y estaba preparado para decirte que había logrado sobrevivir sin ayuda. Cosas de crío que piensa que regresar con la cola entre las piernas y deshecho es cosa de cobardes. Alguien allá arriba se compadeció de un inmigrante y me dio la suerte que aun conservo.
Seguro que te has emocionado leyendo esta carta, seguro porque te conozco. No nos hizo falta conocernos a fondo, ni pasar mucho tiempo juntos ni nada de eso como para, con una simple mirada, leernos el pensamiento.

Te recuerdo en Valparaíso en casa de la Tía Tegua, te recuerdo en las puertas de salida del Aeropuerto JFK esperando mi llegada, te veo oliendo el jabón Le Sancy que extrañabas y bebiendo de la botella de pisco que traje de recuerdo. Recuerdo tus consejos, que estabas loca porque “espabilara”, que las cosas no pintaban bien, que había que escapar si hacía falta a buscar otros rumbos y a buscarse la vida, te recuerdo con miedo porque me iba de casa a los pocos días y feliz cuando viste que al final poco a poco iba manteniéndome en esa ciudad tan violenta.

Hay muchas cosas que podría decirte, muchas cosas positivas que no te llegarían y prefiero ahorrármelas porque nunca te gustaron los cumplidos. Prefiero recurrir a lo que vivimos juntos, a lo que nos rodeaba, las circunstancias que cada uno tuvo y el camino que al final cada cual eligió. Eres una mujer luchadora que busca oportunidades bajo las piedras, no descansas nunca, te postergar para el final la mayoría de las veces, pero siempre sacas un momento de la nada para detenerte y dar las gracias por esta vida loca que vivimos.

Sé que te ha tocado duro, que has vivido tiempos difíciles, tempestades, mucha tristeza y muchas alegrías. Sé que echas de menos a tu madre. Sé que ella vigila tu sueño y te acompaña siempre. No olvides nunca que el sacrificio que has hecho será recompensado con creces en los logros de tu hija que es tu orgullo.

Andrea, mi Andy, ningún luchador nato como tú, se va de este mundo sin ver los frutos. Estoy orgulloso de ti porque consigues ganar muchas batallas diarias y ayudas a que otros sigan luchando.
Andy, a veces la vida conspira a tu favor. No me preguntes cómo da vueltas el mundo y cómo las piezas van poniéndose en su sitio, sólo sé que la vida, el universo entero ha conspirado para que cada cierto tiempo nos veamos y recordemos a ese par de locos que cantaba a voz de cuello la canción de un hombre que murió en un accidente de tráfico pero que hizo leyenda. Andy, quiero que sepas que nunca olvidaré esos días de cerveza y cigarrillos, no olvidaré jamás las tardes en que volvía a casa en Port Washington y te veía, ni las noches viendo las luces de Valparaíso desde Cerro Alegre ni las clases de inglés que tomamos.
Las piezas siempre ocuparán su sitio por muy desenfrenada que sea esta vida.

Antes o después nos volveremos a encontrar junto a una rockola. Tú lleva cigarrillos, a la cerveza ya invito yo.

No te olvidaré.

Para Andy, de ligero equipaje.

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