SI TE EXTRAÑARA TANTO…

Il mondo, non si é fermato mai un momento,
la notte insegue sempre il giorno, ed il giorno verrà



… me bajaría por la calle Maipú caminando lentamente, saludando a los vecinos con el sombrero en alto, y me alejaría con mi dolor de pies hasta el muro que me separa del mar.

Mis pies son angulosos, blancos y de uñas añejas, cansados de bajar una y otra vez esta misma calle a trabajar al puerto para, por la tarde,  regresar a nuestra mesa en nuestra casa de piso de tierra a que me pongas de comer. Luego una taza de té negro y un cigarrillo mientras me cuentas tus cosas del día y yo te miro con la vista vidriosa porque eres la viejita más hermosa de este mundo.

Así estuvimos cincuenta años.

Mi vieja murió hace unos meses y, aunque no sé escribir muy bien, quiero que sepa que no la olvido porque la casa huele a ella, la humedad del piso huele a sus faldas, las ollas huelen a su comida y hasta las ratas, que se pasean frente a mí con la cabeza gacha, están de luto porque extrañan sus escobazos.

Mi viejita fue el regalo que me dio la vida. La conocí en el tren que venía del sur cargado de gente piojenta a trabajar en las minas cuando ya no quedaba salitre y las noticias viajaban a la velocidad de las nubes. Ella era la más hermosa de todas las mujeres que venía a labrarse un futuro y yo me enamoré de ella y nos escapamos. Recuerdo que esa noche nos tiramos abrazados tren abajo y caminamos por horas hasta que el frío del desierto de la Pampa nos venció. Caminamos sin rumbo, cogidos de la mano, como siguiendo la luna toja que a veces sale a espantar a los muertos del camino. Al día siguiente nos encontraron unos pirquineros que nos salvaron de morir de sed.

Mi vieja era una buena mujer, era valiente y no se asustaba por nada. Había cruzado con un desconocido el desierto de Copiapó y ella tan contenta. Ella supo desde siempre que lo nuestro iba a durar toda la vida.

Recuerdo que llegamos a Chañaral, una ciudad fea, donde los grifos de agua sueltan aceite y nos instalamos en unas casuchas en un cerro con vistas al Pacífico. Por la noche recuerdo que abría la puerta de latón y me encontraba siempre la luz de la luna reflejada en el océano; bebíamos agua apozada en unos bidones azules de plástico infestados de pirigüines y cocinábamos a leña de la que comprábamos al usurero de la ciudad. Los bidones casi nunca los llenaban los del camión aljibe así que había que cuidarla de que no crecieran pirigüines mezclados con el óxido, pero era inevitable, siempre acabábamos cocinando los porotos con algún trocito de aquellos gusanos. La nuestra fue una vida muy pobre, pero feliz incluso hasta el día que decidimos volver a emigrar mucho más al norte, a Antofagasta. Ella no se asustaba de nada. Ella decía que la vida es para luchar junto a alguien hasta que no queden fuerzas. En el fondo mi vieja siempre fue más bruta que yo.

En Antofagasta alquilamos la que actualmente aun es nuestra casa, en lo alto de otro cerro mirando el mar. Nuestro hogar era un cuarto con baño compartido con otros tres vecinos, todos ellos pirquineros y llenos de críos mocosos. Mi vieja crió tanto niño ajeno que al final, con los años, fue inevitable que todos la trataran como la nana de todos ellos. A mí siempre me quisieron mucho por eso supongo que nos compadecían por no haber tenido hijos.

A mi vieja la encontraron dormidita en su cama los mismos niños del barrio mientras estaba yo en el puerto. Nadie me avisó ni me fue a buscar, a nadie se le ocurrió que podía sacarme del trabajo antes de terminar el turno porque había muerto mi vieja (los jefes del desierto siempre han sido gente rara). Cuando llegué a la población ella estaba acostada sobre la cama rodeada de críos y las vecinas llenándola toda de flores de plástico porque en el desierto las flores de verdad no se dan. Yo me quité el sombrero y me cubrí el pecho porque no sabía si echarme a gritar o cubrirme la cara para que nadie me viera llorar. Ahí estaba mi vieja, blanca, peinadita las canas largas y con un gran ramo de flores lleno de polvo. Bajo la cama de hierro tres niños se peleaban por una chocolatina y una niña lloraba en una esquina con un gato metido en el bolsillo del delantal. Estaba todo lleno de velas como si estuviéramos en una ermita a la orilla del camino de Chañaral. Y no dije nada. Solo quería que me dejaran solo con ella para cogerle la mano y hablarle hasta por los codos, pero la gente no se fue, se quedó en casa con todos esos niños revoloteando y, al final, se comieron todo lo que mi vieja había cocinado a mediodía. Ahora, seguro, todos tendrán la guata llena de pirigüines.

Desde la semana siguiente a que ella me dejara comencé a salir a dar paseos por la playa. Dejé el trabajo, me jubilé, porque estaba cansado de regalar los pulmones en vez de haberme jubilado antes para pasar con mi vieja más tiempo. ¿A quién le importa un trabajo cuando lo que más quieres se va? Por eso salgo cada día a comprar dulces a los críos del barrio y a quitarle los piojos al gato de la niña esa para que no se muera consumido por los bichos. En la esquina, unos metros más allá de casa, me detengo a charlar con la madre de la niña del gato que tiene seis críos. Siempre está agobiada, siempre luce a punto de desfallecer, como si no hubiese probado bocado en el día por dárselo a sus polluelos.

–          ¿Cómo está usté Don Luis? ¿Qué tal por la mañana? – me dice con las mismas ganas que tendría alguien al borde de un precipicio.

–          Bien, doñita, muy bien. Aquí, dando un paseo hasta la caleta.

–          El mar, eso, el mar es lo que le vendría bien – me responde como si fuese ya en caída libre – el mar es lo más bonito que hay.

Ella se mete a casa donde los niños gritan dando saltos sobre las camas. Pronto serán las doce y el cañonazo del puerto dirá que tiene que ponerse manos a la obra a vestir a sus angelitos para que se vayan de la mano al colegio. Darles a todos de comer, darles comida fiada en el almacén de arriba y pensar que quizá a fin de mes no se pueda pagar y la deuda vaya creciendo como el buche de un pavo.

Sigo caminando calle abajo, la calle empinada y llena de baches que nadie tapa, la calle recorrida mil veces cuando volvíamos del viejo cine de calle Condell donde veíamos las películas de Raphael y Julio Iglesias que a ella le gustaban tanto. Siempre hay por qué vivir, por qué luchar, siempre hay por quién sufrir y a quién amar… La vida sigue igual. Ahora más que nunca entiendo estas sensiblerías que a ella le gustaban tanto; eran letras tontas, pero para ella lo eran todo. No hay otra explicación.

Yo no sé escribir muy bien, no se me ocurre qué más decir de ella. Yo no tengo estilo, yo sólo sé que siento pena y se me nubla la vista.

¡Ay viejita! Si te extrañara tanto recorrería el mismo camino de bajada al mar a buscarte a la fuerza envuelto entre las olas. Si te extrañara tanto fumaría más que nunca en la vida hasta que se me cayeran los pulmones viscosos de alquitrán. Si te extrañara tanto tomaría el primer bus al sur con la esperanza que tu fantasma se cruzara en el camino en mitad de la noche y me transformara en animita con velas a la orilla de la carretera. Si te extrañara tanto, como te extraño, no me permitiría respirar cuando me duermo solo en nuestra cama de hierro fría como un témpano solitario en el Pacífico. Si te extrañara tanto me dejaría caer del muro del puerto hacia el mar, el mismo mar que nos alimentó cuando no había nada qué comer. Si no te extrañara tanto no escribiría en el papel del diario esto para pedirte que no te olvides de mí porque me siento solo. No, no te extraño tanto porque, si siento de este modo, sé que te quedarás tranquila y vendrás cuando sea la hora de juntarnos otra vez, frente a frente, junto a un estanque de agua en mitad del desierto. Allí meterás las manos y me lavarás la cara con agua cristalina. Ya no habrá pirigüines que nos enfermen del estómago ni horas del día que me separe de ti. La soledad del desierto sería nuestro hogar y dejaría de llenar tu tumba de flores que no podrás oler jamás.

Mi vieja… se me acabó el papel del diario. Me voy al muro. Te quiero vieja.

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