HELICÓPTEROS

– Creí que “traición” era vuestra palabra favorita.

– No, no… es “crueldad”…. siempre me ha parecido que suena más noble.

-Diálogo entre el Visconde de Valmont y la marquesa de  Merteuil-

“Las amistades peligrosas” – Stephen Frears –

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Pablo


Me siento tan culpable, pero no puedo parar de reír.

De niño siempre fui mentiroso. Me pasaba el día entero cavilando embustes para contárselo a las niñas tontas que se creían todo. Me acuerdo que la que siempre me hacía caso en todo era Grimaldina, la niña rubita que estaba en mi colegio del pueblucho. Nunca más supe de ella desde el día de la noticia del fin del mundo que yo había escuchado en la radio evangélica. Al tiempo después mi padre compró las tierras de la familia de Grimaldina, amasó una pequeña fortuna y nos mudamos al norte cerca del Perú para hacer una nueva vida. Yo tuve que aprender a controlar estas locas ganas de mentir todo el rato pero lo logré a base de chuletas y tirones de oreja.

En la actualidad, después de intentar sacar Medicina, Ingeniería y Arquitectura (carreras de las que me echaron) acabé en Derecho. Aquí encajé perfectamente.

Ahora, que me queda poco para titularme, hago unas horas de prácticas en un despacho del centro de Antofagasta, del cual es dueño mi padre. Allí los abogados me tratan divinamente porque todos, en algún momento, han sido asesorados por mi padre para sus chanchullos personales con sus amigos ingenieros de mina y sus concesiones de exploración. En los temas que lleva mi padre no profundizaré porque desde que tiene negocios mineros con el hombre más rico del país está de un irascible que no hay quien se le acerque. Después de todo esta historia trata sobre mí.

En el buffet de abogados, como decía, todos me respetan y se dirigen a mí con mucho tacto porque saben que heredaré absolutamente todo, aunque sepa que en el fondo me envidian y odian. Sólo hay una persona que merece mi respeto: Patrice, el novato, que estudió como yo Derecho y el único que me mira a los ojos al hablarme y, si cometo errores, es el único que me enfrenta y me dice que la he cagado. La honestidad es mi virtud favorita, que quede claro, aunque eso no significa que yo la profese.

Patrice es la única persona con la que puedo hablar con sinceridad y sin temor a nada. Eso se agradece. Una noche que nos quedamos en el buffet redactando unos informes nos tomamos un par de whiskys charlando sobre nuestras respectivas vidas. Patrice había nacido en El Salvador, esa ciudad que desde el cielo tiene la forma de un casco minero, y vivía en la ciudad desde pequeño como yo. Prácticamente habíamos ido a los mismos colegios y habíamos estado en los mismos eventos sin reparar el uno en el otro. Físicamente medía un metro ochenta como yo, era de piel pálida y unos ojos verdes que parecían salidos de una película de ficción. No era un bellezón de tío, pero si analizabas su conjunto podías decir que era atrayente como atrayentes son las serpientes que se enroscan en las patas de los caballos. Patrice era así; interesante, peligroso, con una imaginación bullente y una fuerza de voluntad que rallaba en la locura. Yo, por el contrario, era un chico físicamente normalito pero muy bien vestido. De mí sólo destacaría mi capacidad enfermiza de mentir, curiosa característica que despertó al conocerle y volvió a apoderarse de mi intelecto.

Nos hicimos muy amigos; tan amigos como podrían llegar a ser una serpiente y un ave de rapiña. Si yo, con mis mentiras, había alcanzado la maestría; él había conseguido llegar a ser el más fino de los perfumes europeos dentro de la nauseabundez de las malas acciones de la gente. Era mi ídolo. ¿No suena gracioso que una serpiente sea amiga de un ave de rapiña? A los enemigos se les debe respetar.

Por aquel entonces estaba en alza el uso de Internet para conocer gente y nos entreteníamos charlando y conociendo gente por chat a la que citábamos en el despacho para jugar a quién conocía a la persona más inteligente que no superara los treinta años. Les hacíamos venir, le desnudábamos a preguntas y luego nos íbamos a tomar copas por los bares. Algunas noches cogíamos el coche y recorríamos la ciudad olfateando gente en apuros que hubiesen salido a airearse. Les ayudábamos a encontrar trabajo, les asesorábamos gratis con sus problemas y les financiábamos algunos caprichos a cambio de ser nuestros amigos incondicionales, porque dos gatos como nosotros necesitan siempre de algún ratón con el que jugar.

Un viernes por la tarde Patrice se negó a salir de la oficina y prefirió que nos quedásemos en el buffet todo el fin de semana encerrados revisando unas licencias. Mientras nos tomábamos un café y un cigarrillo en el hall de entrada me miró a los ojos y me dijo lo mucho que me detestaba y admiraba a la vez. Por tal quiso proponerme apostar nuestro futuro en la empresa. Siempre lo supe: Él me quería cerca pero olía perfectamente que quería mi sitio junto a mi padre.

El trato fue el siguiente: tendríamos el fin de semana para que ambos lográsemos que un chico se enamorase de nosotros. La prueba no era demostrar que un hombre, heterosexual o no, puede cambiar o enamorarse en dos días, la prueba era que nosotros podíamos cambiar y mostrar sentimientos y, una vez lo lográsemos rechazar a nuestra conquista sin ninguna explicación. Ganaría quien se mostrara más cruel. La prueba sería más difícil si nos apoyábamos en nuestra propia naturaleza masculina calculadora. Entre hombres nos conocemos muy bien: A un hombre tenías que desbaratarlo desde el interior, hacerle dudar de sus deseos y elevarle a lo más alto de la rueda de Chicago para luego soltarlo en caída libre ¡Allí es donde se esconde el verdadero placer! En las lágrimas de quien te ha llegado a amar y que ahora te mira a los ojos incrédulo, desilusionado e indefenso ante la mordedura mortal de tu veneno.

Para completar la prueba debíamos ser lo más transparentes el uno con el otro informando de los avances que llevásemos a cabo. Eso sería fácil. Sería como el cuento de la abeja haragana y la serpiente en la cueva.

—¡Ah, ah! — Exclamó la culebra, enroscándose ligero — ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes son más justos, grandísima tonta?

—No, no es por eso que nos quitan la miel —respondió la abeja.

—¿Y por qué, entonces?

—Porque son más inteligentes.

Y quien ganase se llevaría el premio de ver al menos despiadado salir del buffet el lunes por la mañana sufriendo la mayor de las vergüenzas profesionales. Yo jugaba con ventaja, pero él algo ocultaba porque mostraba una seguridad en sí mismo que era insana.

A dos minutos de haber comenzado la prueba conocí en un chat a un muchacho que se hacía llamar Lekaino, oriundo de Iquique a 400 kilómetros de distancia, lo que complicaba mi prueba, pero decidí ser lo más temerario posible y ganarle terreno a mi rival contándole a mi víctima de qué se trataba nuestra apuesta: un hombre que sabe que es parte de un engaño y sin embargo le dices que terminará por caer ¡Eso si es un reto!

Él, por el contrario, dejó de lado el chat y publicó online una foto suya en una página de contactos del principal periódico de la ciudad ofreciendo asesoría a hombres que quisieran casarse en el extranjero. Cinco minutos más tarde los teléfonos del buffet no paraban de sonar: todos los chicos gays querían conocer y contratar al chico francés (mentira) que estaba al borde del despido improcedente de mi padre por ser homosexual ¡Encomiable! Tenía la mitad de la prueba conseguida y un sitio donde caer en caso de perder.

Mientras él cogía llamadas de parejitas yo le reservaba un vuelo a Lekaino para que al día siguiente a primera hora estuviese en la ciudad y nos conociésemos. Antes de eso me desnudé completamente y me hice una fotografía que le mandé por mail a mi conquista. Cogí el teléfono y le llamé mientras me paseaba desnudo sobre la alfombra hereke de seda asegurándome de que mi voz tuviese el tono de voz adecuado. La voz de Lekaino, a diferencia de lo que esperaba encontrar, era masculina, cálida y, digámoslo así, madura al hablar sobre cómo era su vida, su familia, sus amigos y la ciudad en que vivía. Lo que yo le conté de mí, en plan íntimo, era todo una gran bola de mentiras que él ya se conocía perfectamente. Y es que debo decir que mentir me encanta aunque no todo el mundo se trague mi mierda.

Luego de hablar unos minutos le prometí enviarle el helicóptero de mi padre a recogerle, para acelerar las cosas, si aceptaba venir a la ciudad a pasar el fin de semana y conocernos. Lograría que él, aunque no le gustasen los hombres, se enamorara de mí y de la mentira de mi vida. Lekaino aceptó porque no conocía la ciudad y porque le prometí que podría conocer a Patrice, que era un encanto de muchacho y, si yo no le entusiasmaba, podría quedarse con él todo el fin de semana con los gastos pagados en el mejor hotel de la ciudad. Luego de eso me vestí y colgué la conexión satisfecho con una gran sonrisa. Lekaino llegaría a la ciudad más pronto de lo que imaginaba.

Patrice, por el contrario, citó en el despacho a uno de los chicos que le llamó y que estaba interesado en viajar a Europa a casarse con su novio y; así, emigrar para conseguir su permiso de trabajo y residencia ¡Iba a destruir una pareja seduciendo a este chico para que perdiese su futuro cuando cayese en caída libre! ¡Soberbio!

Eran las ocho de la tarde. Los últimos rayos violáceos de la tarde entraban por los cristales del despacho. Según pintaban las cosas teníamos algo tejido a pocas horas de haber empezado pero el resto de la noche pintaba negra y tensa.

“Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna”

Exactamente dos horas más tarde, entre llamadas de teléfono, cafés y cigarrillos, Patrice abrió la puerta del buffet y su cita apareció. Era un chico delgado ¡qué importa cómo se llamaba! de aspecto desaliñado con una extraña mirada que entró sin decir nada y se sentó a llorar en la recepción ¡Adorable! Estaba sufriendo porque no podía casarse con su novio en Chile y Patrice, su salvador, le aconsejaría sobre los pasos a seguir en España, por ejemplo Colmenar viejo, le sugirió. Cogió el teléfono y usando un registro de empadronamiento falso le apuntó para casarse allí dentro de dos meses. Tiempo suficiente para que él le preparara permisos de trabajo y residencia acelerados completamente gratis. Mientras hablaba con él le sirvió una copa de champán y le preguntó por su novio. El chico dijo que le pasaría a recoger al buffet más tarde al salir de su trabajo en el Club de Yates ¡Perfecto!

¡Dar ilusiones a un desconocido! Lo que hago todos los días Patrice lo hacía mejor que yo con una soltura bestial, sin cobrar nada y divirtiéndose ¡Crueldad!

Lekaino me telefoneó desde la calle. El chofer de mi padre había aterrizado en el helipuerto y le había traído en coche atravesando la ciudad. Me asomé por el ventanal de la oficina hacia la calle ¡Allí estaba él justo en la esquina con un pequeño bolso de mano al hombro!

– Baja – me dijo muy nervioso – nunca había hecho una locura así.

Bajé en el ascensor asegurándome de que Patrice no me perdiera de vista desde lo alto del edificio. Detrás de él se asomaba tímido el rostro de su futura conquista. Sin darme cuenta le había regalado unos minutos preciosos a solas con él mientras yo intentaba convencer a Lekaino de que todo era verdad para que subiera al buffet sin miedo alguno. ¡La fiesta recién comenzaba!

Patrice


A veces sueño que bailo en un  salón pisando cabezas de serpientes.

Miro por el ventanal del edificio y le veo bajar cruzando la calle Prat en búsqueda del tal Lekaino. Mi visita se ha impacientado y quiere que le siga dando más información de cómo casarse en el extranjero, pero a mí sólo me preocupa ganar la apuesta con mucha ventaja, porque ya sé que ganaré, a mi amigo Pablo. Le sirvo otra copa de champán y que se espere como ha esperado tantos años para salir de aquí de la mano de su novio y casarse en España. Esperar algo más no le hará daño, se ha apoyado en mí y ahora tendrá que confiar en mi sapiencia.

Pablo camina con mucha seguridad hacia su cita sin saber que he cogido su número de teléfono y lo he publicado por todas partes en Internet. Tendrá que intentar ganarme atendiendo a todas las llamadas que recibirá y en algún momento tendrá que apagarlo. Cuando lo haga, habré ganado la mitad de la prueba.

– Hola Pablo – le digo al móvil mientras le veo a través de los cristales. Pon el altavoz de tu teléfono para que haya transparencia, ya sabes.

– ¿Qué quieres? – me pregunta nervioso mientras habla algo que no alcanzo a escuchar con Lekaino.

– Me has dado ventaja dejándome solo aquí arriba – le recrimino – pero no importa porque sabré devolverte la mano y quedar iguales.

Escucho cómo le pregunta por el libro que lleva en una mano y de qué se trata. Lekaino le dice que es un libro escrito por él mismo y que espera le ayude con los contactos editoriales que le prometió. Me sonrío de mala gana. Lekaino le da la espalda, se ha distraído mirando un escaparate. Escucho cómo le dice que está hablando conmigo por teléfono y que en un momento estará con él.

– Tengo que cortarte – me dice.

– Haz como que me has cortado y mantén el móvil en la mano – le respondo – quiero escuchar todo lo que habláis.

Pablo acepta. Se acerca a Lekaino y le dice que le encantaría leer su trabajo y que se encargará de recomendarlo a los amigos editores de su padre para sacar una edición y venderla ¡Pedazo de mentiroso!

El chico le ha dado un sobre que saca de su bolso de mano; es un sobre grande de papel por lo que alcanzo a ver. Luego le ha hecho un par de preguntas algo extrañas que escucho a través del móvil abierto de Pablo.

– ¿Qué tal el vuelo en helicóptero? – le pregunta.

– ¿Qué helicóptero? – le responde éste – yo vivo a un par de calles de aquí.

– Eres Lekaino ¿no? – pregunta Pablo extrañado – ¿No has venido desde Iquique?

– ¿De qué me estás hablando? ¿Estás drogado?

Río a carcajadas satisfecho. Pablo le invita a subir según lo acordado pero el chico se niega nervioso. Yo creo que te confundes, le dice, yo no soy así.

– Has estado hablando conmigo hace un rato, vives en Iquique, he mandado al chofer de mi padre a buscarte en Helicóptero a tu ciudad ¿No lo recuerdas? – Le recrimina Pablo – ¡Yo creo que tú eres de esos tipos que chatean con mucha gente a la vez, que se olvida de su propio nick y se confunde con todas las mentiras que suelta en Internet!

Mal paso Pablito, pienso, pero veamos cómo sales de ésta. Yo creo que hemos dado con un tío más listo y mentiroso que nosotros dos.

El supuesto Lekaino se acerca amenazante a Pablo y le dice: Yo hablé con alguien por chat que prometió leer mi libro y supongo que eres tú, lo he traído, te lo dejo, lo lees y decides si vale la pena publicarlo. Si no te gusta lo tiras y se acabó el cuento.

Pablo corta el teléfono y me asusto, pero luego le veo cruzar la calle con el libro en la mano. El supuesto Lekaino no ha subido con él, se ha quedado en la calle tan tranquilo. Sólo en este momento pienso en lo que estamos haciendo y en que se nos va la cabeza. Aún no entiendo como hay gente por ahí que confía en nosotros.

Antofagasta no es una gran ciudad, es más bien pequeña en extensión, de noche puede parecer tranquila, pero engaña y mucho. Los crímenes más atroces se han perpetrado en ciudades desérticas donde parece que la vida humana no vale nada. En esta ciudad puedes pasear por las calles y advertir que, si eres distinto, todos te miran y lo hacen a los ojos si ven que vas contra la corriente y eso da mucho miedo. A pesar de que lo nuestro es sólo una apuesta tonta por un trabajo no deja de preocuparme que puede haber gente más ociosa y dañina que nosotros.

Pablo abre la puerta del despacho intentando que la indignación no se le note en el rostro pero es muy mal actor. Está convencido que siendo directo, explícito y bruto puede engañar a la gente. Le tiene demasiada fe al poder del dinero, dinero que no tiene ni tendrá nunca porque no sabe qué es eso, ni cómo se gana con esfuerzo ni cómo se pierde con estilo. El sólo sabe que el dinero está ahí para comprar a la gente; que puede plantarse frente a alguien y decir: tú canta para mí, tú baila y diviérteme, tú desnúdate, tú ponme una copa, tú quiéreme más, tú quítate de mi camino, tú cómprate algo bonito, tú déjame entrar a la discoteca, tú olvídate de mí. Y en la vida no se puede actuar así, o no se debe. Él solo entiende el amor como esto es tuyo, esto es mío.

¿Tú, si tuvieras mucho dinero, actuarías así? Estoy seguro que sí. Los pequeñitos y los miserables que dan un golpe de suerte son los peores. Es su naturaleza.

Pablo, desde luego, no tiene dinero por lo que no entiendo cómo puede actuar así tan despectivamente con todo el mundo creyendo que nadie se da cuenta. Aquí en el buffet cada vez que entra por las mañanas es un cúmulo de comentarios bienintencionados de su parte a todo el mundo que llega a trabajar, deteniéndose cada cinco metros, con cada uno de ellos, saludando con un grandilocuente ¡Buenos días!, ¡qué bien te queda esa chaqueta! ¡Qué lindo peinado te has hecho! ¡Cada día estás más delgada! ¡Es idea mía o estás más musculoso! ¡Feliz cumpleaños! ¡Felicidades por tu hijo! Es un hombre sin pasado ni clase y no tiene interés en tenerlo. Voy a tener que enseñarle haciendo que pase algo de miedo.

Pablo tiene una mirada derrotista pero fija su atención en mi cita: el chico que quiere casarse con su novio.

– ¡Tú cómo te llamas! – pregunta encendiéndose un cigarrillo.

El chico se llama Miguel. Un nombre común para un chico común con una vida común y sin mayor ambición que ser feliz con su chico. Lo miro. Está hojeando unos papeles que están sobre un escritorio y dice su nombre sin prestar mucha atención a Pablo que se va a por una copa con el libro de Lekaino en la mano.

– ¡Miguel qué! – vuelve a preguntar – ¿No tienes apellido?

– Déjale en paz – digo – le estoy asesorando con los trámites que tiene que hacer para casarse sin problema en Europa.

El móvil de Pablo suena insistentemente. Me mira ofuscado y yo sonrío. Sé que han comenzado a molestarle sin parar desde que ha entrado al edificio con llamadas al móvil y le escucho hablar con desconocidos: gente que le pide una cita, que le pide una pizza, que le pregunta qué lleva puesto, que quieren denunciarle, que quieren explotarle. A todas ellas corta furioso. Es un hombre bajo presión sin control como siempre supe.

Miro la hora, es la una de la madrugada. Nuevamente Pablo recibe otra llamada pero esta vez se detiene a pensar antes de responder. Sé que es el chico del libro que le está pidiendo algo y esto le irrita más pero a pesar de esto tiene tiempo de hacer una estupidez sin límites dándole el teléfono fijo del buffet. Apaga el móvil y lo lanza contra la pared para seguir leyendo el libro ése. Sé que algo está tramando.

Miguel se ha asustado un poco, pero luego sigue hojeando unos papeles. Me acerco a él. En las manos tiene dos grupos de currículos, a un lado tiene a la gente con foto y en otro los currículos de gente sin foto y me explica que si fuese jefe de personal no contrataría a nadie que no pusiese una foto nítida en ellos, luego cogería a la gente que le diese la impresión de tener menos problemas porque, aunque suene incoherente, esta gente es la que primero se larga dejando todo tirado. Y finalmente, de este grupo llamaría a entrevista a los que tuviesen alguna incapacidad física y que no tuviese problema en ponerlo en un currículo.

– Miguel – le digo – ¿tienes trabajo? Si lo tienes quiero que renuncies inmediatamente y comiences aquí el lunes en Recursos Humanos. Estoy seguro que las condiciones económicas te vendrán bien, podrás ahorrar y hacer tu vida con tu chico con un futuro más estable y haciendo las cosas con cautela.

El rostro de Miguel se ilumina maravillosamente, coge el teléfono para llamar a la consultora donde trabaja y deja un mensaje en el contestador renunciando en mis narices sin pensarlo, lo que me hace desestimar mi pequeño triunfo porque en lo fácil no hay reto ¡Me siento tan desdichado en esta ciudad donde no hay sitio para mí!

Después de pensarlo, Miguel sólo trabaja en una consultora minera y por muy mal que quede puede volver una y otra vez a cualquier otra. Le sugiero que me firme un contrato que le vincule aún más y, si nos demanda, será el buffet quien responderá por mí.

La lectura de Pablo se detiene cuando suena el teléfono del buffet. Es Lekaino que quiere saber cómo va la lectura del libro. Les escucho discutir hasta que cuelgan. El teléfono vuelve a sonar insistentemente pero Pablo ya no lo vuelve a coger.   Pablo, has cometido un error muy grave.

Miguel


Yo no sé nada. De esa noche sólo me acuerdo que fui al edificio maldito ese de calle Prat a dejar una pizza que encargaron sobre las diez de la noche. Me abrieron abajo en recepción y el de la entrada me dijo que allí no habían pedido nada. Pensé que el guardia ése quería que se la dejase gratis y aproveché un descuido suyo para colarme al ascensor y subir a la planta que me habían dicho. Una vez arriba toqué el timbre del buffet de abogados y la puerta se abrió sola. Entré pero no había nadie. Estaba todo a oscuras y solo se veían las luces de la noche colándose dentro.

Dejé la puerta entreabierta y tuve la sensación de que me hablaban muy cerca, casi al oído. Me llevé un susto que se me saltaron las lágrimas y me senté en una silla para recuperarme. Sentí como una brisa que me atravesó y la puerta del buffet se cerró de golpe como si alguien hubiese salido con prisa al ascensor.

Me olvidé de la pizza y de todo. Estuve jadeando asustado un rato y en la oficina aquella escuchaba a alguien respirar, un hombre quizá. Me acerqué al ventanal y estuve mirando a la calle un rato hasta que empañé el cristal de la ventana.

Cuando se me quitó la taquicardia, sentí como si hubiese regresado alguien a la habitación y la puerta volvió a abrirse. Estaba paralizado, no podía moverme del miedo y los teléfonos del buffet comenzaron a sonar todos, absolutamente todos. Cogí uno: al otro lado de la línea había alguien preguntando por una editorial a esas horas. Colgué como un autómata y marqué a la pizzería con una mezcla de felicidad muy rara. Llamé, desde ese mismo teléfono, y renuncié. No quería saber nada más de este trabajo.

Apenas lo colgué saqué fuerzas de flaqueza para salir corriendo de allí hacia el ascensor sintiendo que me llamaban por mi nombre pero no quise volver la vista atrás.

El guardia de seguridad de la entrada me detuvo por colarme y llamó a la policía a la que conté esta misma historia.

Desde ese día evito pasar frente a aquel edificio, el más alto de la calle Prat porque allí sé que ha pasado algo raro.

Lekaino

Tenía la mala costumbre de quedar con gente de los chats porque me sentía solo. ¿He dicho mala costumbre? Cuando me convencí de que no era el medio correcto de conocer a nadie me decidí a charlar sin más usando distintos nombres y soltando tonterías a destajo con tal de que se me ocurriesen ideas y pudiera inspirarme para seguir escribiendo, que es lo que más me gusta. En la central de teléfonos de taxis que está por el Estadio Regional, algunos días no suele haber mucho trabajo y me entretengo escribiendo y escribiendo. Yo creo que no soy muy bueno pero no por eso voy a dejarlo. Quizá algún día salte la liebre como dice mi amigo Isaías, o quizá ya saltó lejos de las madrigueras a las que les tengo puesto el ojo.

He enviado algunos trabajos a las editoriales y he conocido a algún editor interesado en publicarme pero no pasa más allá de un simple interés. Un día voy a terminar vendiendo poemas en los semáforos por algunas monedas o colgaré mi trabajo en internet, que para el caso es lo mismo, pero al menos me leerán.

Una tarde de viernes, estando en casa, me puse a charlar con un tipo que se llama Pablo, decía que trabajaba en el buffet de su padre que era uno de esos nuevos ricos y me pidió que imprimiera uno de mis trabajos y se lo llevara con el compromiso de leerlo y, si era bueno, editarlo en Santiago. Me habló de su vida a grandes rasgos y como me cayó muy bien le dije que escribiría un cuento imaginándome la vida que yo creía que él tenía. Él aceptó muy agradecido y le comenté que en un par de horas me acercaría con el cuento que escribiese y se lo dejaría dentro de un sobre en recepción. Pablo me pidió que lo hiciese con el detalle de que hablara de un amigo suyo en el cuento también que se llama Patricio o Patrice, algo así y que me inventara lo que me diese la gana y así lo hice. Estuve escribiendo una historia improvisada y la imprimí. Salí corriendo de casa y quedé en juntarme con él en el Paseo Prat por la tarde, sobre las ocho, no recuerdo bien. Llegué y llamé a su móvil pero nadie respondía. Debí imaginarme que era una jugarreta como las que hace esta gente de los chats y estaba a punto de irme cuando un chico vestido de uniforme de vigilante de seguridad cruzó la calle y me preguntó algo de un vuelo en helicóptero. Me asusté un poco porque hay mucho loco suelto por ahí y éste me arrebató el sobre con el libro de las manos. En el forcejeo el sobre cayó al suelo. Al mirar hacia abajo no había nada y el chico había desaparecido. Me quedé paralizado unos minutos sin creer lo que me estaba pasando. Luego de un rato eché a caminar sin dirección. Llamé al chico éste pero no logré hablar con él. Cada vez que le llamaba creo que alguien lo cogía pero no llegaba a escuchar nada. Así estuve hasta que me saltó la grabadora del móvil dándome un teléfono fijo al cual llamé muchas veces sin obtener respuesta. Ese “algo” me había robado mi libro. Lo peor es que no sé bien qué sucedió, no tengo una respuesta racional a ello.

Sigo escribiendo, pero ahora lo hago sólo para mí.

Con el tiempo, leyendo las noticias en el periódico, leí que habían detenido a un repartidor de pizza que intentó colarse esa noche al edificio. Sólo decían que después de detenerle había estado preso una noche y que al final lo habían soltado. No era una gran noticia, pero mi ciudad es así de aburrida.

Meses después volví a leer una esquela con el nombre de dos guardias de seguridad que había muerto por un escape de gas. Eran dos chicos que estudiaban Derecho y que hacían prácticas en el buffet del edificio. Esa era la versión oficial.

Mi versión es la que cuento en esta historia: dos chicos que aún habitan en esas oficinas y se pelean por saber a cuál de ellos recuerda la gente después de muertos y cuál de los dos pudo dejar huella.

Según mi opinión a ninguno se le recuerda por eso buscan contacto con gente que cuente su historia. Sólo a eso puedes aspirar si no has dejado huella y has desaparecido de manera violenta, sólo a eso.

A veces, cuando me aburro en el trabajo, sigo llamando de noche al buffet para escuchar lo que dice el silencio de ese lugar en lo alto de ese edificio. Y escribo.

“Son las siete de la mañana. Hora en la que Pablo y Patricio deberían salir de su turno de vigilancia en el buffet de abogados de ese edificio. Ya les han reemplazado por otros después del escape de gas. Pero ellos continúan yendo a trabajar de viernes a domingo haciendo lo mismo que hacían en vida: mentir sobre sus vidas imaginando que uno de ellos es el hijo del dueño de todo y el otro que le envidia a muerte. También se entretienen estudiando para exámenes que jamás rendirán, enfrentando opiniones, resolviendo casos ya resueltos y buscando nuevas causas que apoyar. Juegan con la gente y compiten sin fin.

Según Pablo es él quien ha ganado porque ha logrado que una persona anónima escriba algo sobre él, que quizá no se ajuste a lo que era en vida, pero es una buena aproximación. Después de todo él mismo siempre decía que era un hombre muy mentiroso así que nos conformaremos con esta mínima descripción.

Patrice no logró superar el logro de su amigo y cada viernes noche trama nuevos retos para probar su poder de convencimiento sobre la gente incitando a hacer cosas que nadie quiere hacer.

Según mi entendimiento ambos han sido olvidados. Aunque no puedo evitar sentir curiosidad por ellos cada vez que paseo por el paseo Prat de Antofagasta y veo el edificio semi-vacío; a veces, incluso, he llegado a escuchar el siseo de las hélices de un helicóptero volando sobre él.

Ahora sé que Pablo ganó su apuesta y entiendo por qué se siente tan culpable y; a pesar de eso, no puede parar de reír. Decirle a un mal escritor de que le van a publicar es un engaño muy morboso.


Epílogo


Pablo se quedó con el libro que escribió Lekaino en la mano y luego cogió el sobre cuyo interior contenía las hojas del cuento que hablaba sobre él y se lo alargó a Patrice en señal de triunfo.

– En unas cuantas horas le he arrancado a un desconocido una muestra de amor sin apenas conocerme –  dijo Pablo – Con esto podemos decir que he ganado.

– ¡Al infierno contigo!- respondió Patrice entre gritos.

Pablo lo miró perplejo. Decir que estaba fuera de sí sería una redundancia vulgar porque lo estaba. Dentro de él había tanto odio que parecía que su piel se transparentaba.

– ¡Yo tengo poder sobre la gente! – dijo Patrice – ¡he obligado a alguien a renunciar a algo que tenía seguro!

– Era un pobre repartidor de pizza, le has metido un susto y ya está – dijo Pablo – lo que hice yo ¡eso sí es perfume!

La versión oficial cuenta que Patrice apretó el cuello de Pablo hasta quedarse sin fuerzas. Apretaba como si quisiera con ello detener el tiempo y quedarse así, aislado, para siempre, como la abeja haragana y la culebra de ojos verdes en la cueva del buffet. Cuentan que se dieron de golpes hasta quedar inconscientes en el suelo. Lo del gas fue posterior. Al día siguiente les encontraron tirados en el suelo como el cadáver de una serpiente entre las garras de un ave de rapiña.

Las últimas palabras de Pablo fueron un sigiloso “lo siento”. Patrice se quedó junto a su cuerpo tirado unos minutos, pero luego se fue decidido a la cocina del buffet a abrir las llaves de paso del gas. Patrice se desmayó junto al cuerpo de su enemigo sin decir palabra alguna que le diese sosiego. Y así una y otra vez, cada noche, cada fin de semana. Y seguirá siendo así hasta que Patrice sea capaz de dejar de lado el odio. Mientras eso sea así Pablo llevará ventaja por alguna ley universal que le permitirá salir a vagar por las calles mientras su amigo le observa preso desde las alturas del edificio.

La eternidad es un error, vivirla ciego lo es más aún. Pablo lo tiene claro y el perdonarse a sí mismo le ha permitido salir a tomar el aire por el paseo Prat. Pablo es libre tanto como para que los demás le envidien mortalmente.

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