LOS INGENIEROS Y SUS SEÑORAS

En el año 1991 cayó sobre mi ciudad un aluvión, una lluvia muy estrepitosa de un par de horas, y  partió la ciudad en dos por la Quebrada Uribe dejando un socavón de cientos de metros de profundidad. Llovió como había leído que llueve en Macondo, llovió hasta que todo se anegó y el mundo entero saltó de la cama y se mojó los pies y el culo.

Brinqué de la cama despertado por un estruendo ensordecedor y salí corriendo de casa hacia el patio trasero, hasta la quebrada, porque ese ruido sólo podía ser que el dique natural, detrás de los cerros, había cedido y no me equivoqué. Arriba una gran roca, acompañada de un río de piedras, lodo y agua negra, bajaba a toda velocidad comiéndose la tierra. Me llevé las manos a la cabeza y corrí al cuarto de mis hermanos a arrancarlos de la cama para lanzarlos dentro de la lavadora. Luego no recuerdo más. Sólo sé que las paredes cedieron y una gran tromba de agua y fango, como el brazo tentaculoso y castigador de Dios, entró y nos arrastró a todos calle abajo hasta el mar. Ese aluvión se llevó a mis hermanos pequeños hasta la costanera y a mí me dejó inconsciente sobre un coche golpeado y dolorido.

Cuando desperté estaba rodeado de gente que me zarandeaba para despertarme convencida que estaba muerto. El sol golpeaba con tal fuerza que resultaba irónico saber que la noche anterior nos había caído el diluvio universal y, ahora el calor, secaba el barro acumulado en las calles haciendo que se elevara como partículas cubriendo la ciudad de una nube venenosa. No sabía bien dónde me encontraba; solo sé que estaba vivo, que cojeaba como un mendigo y que podíamos haber perdido todo de un zuacatazo. Busqué entre los damnificados a mis hermanos pequeños sin encontrarles y recorrí lo que quedaba de ciudad hasta que encontré nuestra lavadora partida en dos. No quería desfallecer, ellos tenían que estar vivos, algo en mí me decía que lo estaban y continué buscándoles entre los niños mocosos que me salían al paso hasta que di con ellos. Estaban los dos temblando de miedo en una esquina junto a un perro sarnoso y mojado hasta la cola que parece que les cuidó. Cuando me vieron se echaron a llorar con hipo y no supe más que decirles que se estuvieran calmaditos, que ya les había encontrado y que no nos volveríamos a separar. Nos quedamos en esa esquina un buen rato hasta que una mujer que estaba haciendo una fogata se acercó con una vianda con sopa que nos bebimos a sorbos.

La ciudad se separó después del cataclismo. Estaban los que ayudaban a buscar víctimas y los que no. Entre estos últimos estaban los cantantes, políticos y presentadores de TV que necesitaban publicidad y que venían montados en sus helicópteros con sus bonitos zapatos brillositos y las actrices famosas de tacones circumbirúmbicos que se negaban a poner un pie en el barro. Y nadie se bajó de helicóptero alguno; todos miraban como de arribita no más, nadie se bajó a vernos ni a consolar a nadie. Desde arriba, entre las hélices, se oía que decían “Todo va a estar bien“, “¿Necesitan algo?, “Ahorita viene la ayuda, compare” Así fue el primer día después de la tragedia.

Por la noche nos fuimos a la casa. Cuando llegamos nos dimos cuenta que había sido invadida por los vecinos porque era la menos dañada de la población (el salón y la cocina quedaron en pie),  pero el agua se había llevado mi cuarto y el de mis hermanos chicos. Los vecinos habían improvisado dos paneles de fonolita que aislaban las habitaciones del frío del cerro y un par de vecinas habían cocinado usando lo que quedó en la alacena que no estaba podrido.

Esa noche no dormí ni mis hermanos tampoco. Pensaba en por qué nos pasaba esto a nosotros, pero luego me olvidé y di las gracias a Tatita Dios porque al menos estábamos vivitos.

Al día siguiente llegaron los militares a dejarnos palas y todo el mundo a trabajar para despejar la ciudad. Cada vez que clavaba la pala en el barro y escuchaba un “clac” temblaba de miedo porque imaginaba que podían ser los huesos de un niño o algo peor. Al tercer día ya me daban igual los “clac, clac, clacs” intermitentes.

Hubo un chico que era vecino mío (que eso en el desierto equivale a decir que vivía a veinte minutos a pie) que nos vino a ayudar representando a la Universidad de la ciudad. Era blanquito, de manos muy pálidas y suaves. Se acercó a mí y me dio una pala nuevecita para que siguiera trabajando. Yo, como nunca pisé la Universidad más que para ir a limpiar los coches de los profesores, estaba convencido que no se podía tener una vida mejor y, menos aún, después de un cataclismo. Él me contó que hacía esto porque era de una ONG, pero que debería estar estudiando para los exámenes de Julio; bueno, lo mismo no porque como había sido el aluvión estaba todo el alumnado de la universidad ayudando a rescatar víctimas y nadie estudiaba. Luego me confesó que cuando empezaran las clases de nuevo y llegaran los exámenes, los iban a rajar a todos porque los profesores de la universidad eran todos unos hijos de puta barata que les importaba una mierda ayudar al prójimo. Y yo que pensaba que los estudiantes lo pasaban chancho, pero no. Lo mismo un día me decido a estudiar cualquier cosa.

¡Ay si yo pudiera estudiar! Saldría del cerro donde vivimos y me llevaría a mis dos hermanos chicos a clases para que comieran en el casino de la facultad mientras yo memorizo día y noche las fórmulas esas que te ayudan a ser un hombre profesional. Tendría las manos suavecitas como el estudiante aquel y no me daría vergüenza quedarme en casa sin ayudar a nadie durante un cataclismo para avanzar en las materias de los exámenes finales. Y pasaría todo con la mejor nota mientras que los demás se echan las materias con la conciencia bien limpia. ¡Debe ser lindo estudiar y aprender a hacer estas cosas sin sentirse mal! Ser ingeniero debe ser perfecto; empiezas en la universidad siendo un rotoso más al que las minas apenas le hacen caso, luego te titulas y empiezan las chicas a fijarse en ti porque, como vas a tener un sueldazo, todas empiezan a dejar a sus novios ridículos que han estudiado carreras de mierda como sicología y se van con un ingenierito que gana ochocientas veces más y tiene camioneta de la empresa. ¡Eso sí que debe sentirse bien rico! Que se te acerquen las minas, aunque sea por el interés, y la gente empiece, de la noche a la mañana, a respetarte porque sí, porque lo vales o porque todos piensan que has venido a rescatar al mundo con tus cálculos de estructuras y cosas complicadas de culebritas y trigonometrías de ésas. Ser estudiante de ingeniería, como el chico aquel, debe ser la bomba. Incluso éste me dijo que tenía un profesor (misógino y todo) que detestaba que las chicas estudiaran la carrera porque pensaba que sólo debería impartirse para los machitos y, que al final, todos debían seguir el mismo camino: preñar a la primera chica guapa que se cruzara por enfrente, conseguir un trabajo en una mina  ganando una millonada, no bajar el culo de la camioneta de la empresa, engordar como una puta cebolla, gastarse el sueldo el fin de semana con la parienta y los niños en el centro comercial comprando muchas cosas para la casa en la Coviefi – como sábanas del Perú, zapatos super fashion con forma de bototos elegido entre una gran variedad de bototos todos iguales, todos de mal gusto – y, acabar todos hablando arrastradito, como si le perdonaran la vida a quien les habla y tu señora con el mismo comportamiento. Este profesor tan condescendiente les había dicho que la esposa del ingeniero también tenía que cambiar; debía volverse imbécil, gastadora, no debía jamás mirar a los ojos a la empleada “peruanita”, hinchársele el pecho en el mercado cuando la llamaran de “caserita” y volverse una gata en celo cuando, dando un paseo por la ciudad, su esposo saludase por la calle a cualquier compañera de trabajo con un “hola”  Con ésas había que tener cuidado y jamás olvidar el consejo más importante que se le debe inculcar a la esposa de un ingeniero: “Que no te pellizquen las uvas”. A todas esas fursias que tu marido saluda por la calle hay que tratarlas como zorras, que es lo que son, que na más que quieren robarte el marido por desvencijada que tú te veas al lado de ella, que seguro que te da mil vueltas, pero tú eres la esposa del ingeniero y las demás no valen un moco. ¡Las cosas claritas con esas perras!

Se me ha ido un poco la cabeza. Me pongo a soñar y no paro y me olvido que hay un cerro enterito de fango que hay que palear para ver si encontramos a alguien más vivo. Diosito quiera que encontremos más, Diosito quiera que encontremos más niños que son el futuro de nuestra tierra y, si Él quiere, algún día esos niños sobrevivientes puedan transformarse en ingenieros, ingenieros con señoras incluidas.

Todo lo que me queda de vida lo voy a gastar trabajando duro en lo que sea para que al menos mis hermanitos chicos puedan ir a la universidad de donde salen los ingenieros con esposa bajo el brazo. Sé que algún día ellos me devolverán la mano y cuidarán de mí. ¿No pido mucho no?

Gracias Diosito por estar vivo y por jamás quitarme las ganas de soñar. Ya me puedes mandar todos los aluviones que quieras que aquí mismito te espero yo con la pala en la mano. ¡Bendito sea Tatita Dios!

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