3AM

Valen más tres horas tuyas que un segundo mío

“Cuánto te has ido” – Los Rodríguez –

 

 

 

 

Montados en el coche, casi es mejor callar la historia que voy a contar, pero desisto porque el silencio es mi peor enemigo.

Espero las 3 AM para comenzar a escribir. No habrá otra oportunidad, a toda velocidad, como si me dictasen rápido, muy rápido. Yo soy el océano en el que acabaré algún día devorado, yo la oscuridad, la curva peligrosa, la verdadera humanidad.

Grita cuando despiertes porque sabrás que ya no están.

Antes sé que estuvimos en casa de Ricardo, él, yo, la camello rubia, la morena que escucha a Ozzy y a Pearl Jam, todos en su casa cenando pescado con eneldo y un par de botellas de tinto chileno robadas de un almacén. La morena, Claudia, cambia la música adelante y atrás, se mueve como un haz de luz de una esquina a otra del salón. La rubia, Reyes, se peina y se ata el pelo en una coleta. Yo me trago unas gotas por los ojos para brillar en la noche. Ricardo se afeita la lengua con una navaja que usará para abrir un sobre del banco que trae su nueva tarjeta afilada para cortar polvo.

No salgamos, pero ya estamos en la calle, zigzagueando sobre líneas blancas, vamos al mar lejos, por allá, por Los Vilos, más allá. Nunca nadie me escuchó. ¡Coge el coche morena Jam!, pero no me oye, ¡Los descapotables no me gustan! Abro las manos, tengo el volante a mi merced y lo presiono como si fuera una tabla de salvación. ¿Qué harás el sábado noche? ¿Qué más se puede hacer en este pueblo más que esperar que caiga la camanchaca blanquecina por la carretera y echarnos unas risas a toda velocidad? ¡Rubia, me has golpeado con una botella! ¡Lo siento, sólo quería arrojarla con un mensaje al mar!

Ya estamos fuera del coche, caminando en medio de la noche, bajando de bruces al río entre las piedras. ¡Tengo el culo congelado! Estamos en el medio de las aguas que me llegan a la cintura y Ricardo me quita la camisa a mordiscos. La música está muy alta ¿Alguien puede bajarla? ¿Dónde está el coche? Esta noche los perros ladran en perfecta sincronía.

La rubia nada como un pez en el mar, sale de las aguas y me escupe hasta empaparme más de lo que estoy. Ricardo no para de gritar, creo que se ha clavado algo en los pies ¡Quien le manda meterse al río descalzo! Cuando lleguemos a tierra firme te lameré los pies con mi saliva que lo cura todo ¡Vaya pedo, de campeonato!

Al otro lado del río. Hemos perdido a uno de los nuestros. La rubia sale de las últimas del agua gritando que ya estamos cerca de la casa de la bruja que vende hachís y cocaína, la misma bruja que gusta de decir que su nombre es Laila (como la canción de Clapton), la misma  bruja rumana que vive cerca del río y que nos abastece. Al llegar tendremos que golpearle la puerta tres veces para que salga con una copa de vino en la mano pidiéndonos la contraseña. Odio cantar, pero eso a ella no le importa. Tendremos que tararear aquello de “Algo en el aire huele a podrido…” y nos dará los gramos de lo que queremos.

Abro las manos y las observo detenidamente ¿Por qué estoy tan mojado y tan blanco? ¿En algún momento nos bajamos del coche o caímos con él al río por puente abajo? La noche está maravillosa, ya se me secará el culo cuando amanezca, ahora no importa. Ricardo no deja de empujarme para quitarme del medio porque él quiere conducir. Volvemos al camino buscando la ruta a la playa. ¿Qué hace Laila en el coche con nosotros? ¿Quién te invitó? Eso a ella le da igual, no para de cantar, una bruja soprano que se pone de pie y corta Il Mondo con su voz por la carretera.

El aroma de los eucaliptus me invade, sus hojas se meten por mi nariz camino a la cuesta de los cristales. De pronto Laila ya no está; su voz se ha perdido por el caminos, como si su canción se hubiese acabado con ella. Si retrocedemos quizá la encontremos al borde del camino con un mosqueo del copón por haberla dejado tirada con sus líneas blancas.

¿Peyote, un trago verde más? ¿Era peyote eso que resbalaba por mi garganta, caliente, ardiendo, peyote, estás seguro?

Esta noche conduciremos hasta el amanecer como Serge y Brigitte Bardot; las cuestas peligrosas, el olor del campo húmedo de noche, la verdad de una buena historia, la mentira de otra aún mejor.

Maint’nant chaq’fois
Qu’on essaie d’se ranger
De s’installer tranquill’s
Dans un meublé
Dans les trois jours
Voilà le tac tac tac
Des mitraillett’s
Qui revienn’t à l’attaqu’

La morena canta, la única que habla francés. No le entiendo nada, el viento de las cuestas me ensordece, sólo escucho el tac-tac-tac de las metralletas. Dos parejas de Bonnies and Clydes, cargados hasta las orejas, buscando dónde aparcar en la cuesta más peligrosa del país. Muchas luces de advertencia, abajo en el precipicio nos esperan con ansias, pero not tonite.

En esta vida hay que ser fuerte y llevar en el coche una buena soga para casos de emergencia.

Me he dado un golpe en la frente contra un árbol volando por los aires ¿Sentiste aquel crash? ¡Ni siquiera me dolió! La camanchaca estaba tan baja que habríamos tenido que arrastrarnos en cuatro patas para poder ver al final del túnel, las arenas de Los Vilos y el rugir del mar. La camanchaca es un descuido del cielo que se descontrola y se escapa de las nubes, en forma de neblina, para cubrirlo todo y hacer las cosas más confusas. ¿Qué hago de pie frente a un árbol secándome la sangre de la frente con una hoja? ¿Por qué nos paramos? ¿Y tú qué haces pendiendo de una rama? ¿Ricardo, eres tú? ¿Dónde están las chicas? ¿Dónde estaba el mar? Regreso al coche, las chicas duermen.

Ricardo conducía, se salió del camino y voló contra un árbol del camino estrellándonos. Nadie nos ayudó. Él, quizá, despertó antes que nosotros, nos creyó muertos, cogió la cuerda del maletero y se ahorcó. Yo desperté tirado junto al árbol, me puse de pie junto a su cuerpo ahorcado, las chicas dormían. Cuando despierten ya se los contaré. Lástima no tener otra soga cerca. Estamos tan lejos de la ciudad.

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