POR FAVOR DEJENNOS BAILAR

“Fabiana Cantilo: este cuento va por ti; tu voz desgarrada, los coros que le hiciste a los grandes cantantes argentinos, tu puro desgarro sangrante y lésbico llenó todos mis huecos, todos los poros de mi piel…”


“Carreteras sin sentido, religiones sin motivo ¡¿Cómo podremos sobrevivir?!”

Prófugos – Soda Stereo

En mi ciudad puedes viajar haciendo autostop. Es fácil; te vas al balneario municipal, junto a la playa bajando por el Parque japonés, y te plantas con tu mochila al hombro y tus vaqueros ceñidos a elevar el dedo al cielo. No da igual si eres chico o chica. Si eres lo primero llegarás a tu destino sin novedad con una cerveza en el cuerpo y un cigarrillo en los pulmones; si eres lo segundo, llegarás pero con las palmas de las manos ardiendo por algún bofetón necesario con el que te hayas tenido que defender de algún pobre payaso con anillo incluído.

Yo solía pararme justo allí por las mañanas, frente al edificio de apartamentos donde trabajaba de noche, para hacer dedo y que alguien me llevara a la facultad. No eran buenos tiempos, no lo eran, hasta que él comenzó a llamarme al móvil.

Aloha – siempre saludaba así porque se creía exclusivo y pensaba que, si se diferenciaba de los demás usando expresiones que no se usaban en el país, sería mejor que cualquiera.

– Hola – le respondía al móvil cada vez que me llamaba desde un número oculto fuese tarde, mañana o madrugada.

– Escápate conmigo – me soltaba – escapémonos lejos de esta ciudad, tengo dinero y tú tienes juventud ¡Me das vida!

– Olvídalo, ayer me dejaste esperando en la terminal vieja de autobuses – recuerdo que le respondí.

Efectivamente así había sido. Siempre me engañaba.

Todo comenzó una noche cuando, buscando nuevas experiencias, detuve la impresión de mi aburrida Tesis y me puse a imprimir tarjetas de visita con el texto “Do you wannna take a ride?” con la foto de un chico semi en pelotas que, para el mundo, podía ser yo (nada más lejos de la realidad), pero el deseo de adrenalina no tiene freno. Y me largué a las calles a repartir las tarjetas en cada teléfono público, en cada banco de la plaza, en cada facultad de las dos universidades de mi ciudad y en cada baño de todo bar muerto del centro. Pero no me llamaron, ni siquiera me tomaron en serio. Un par de llamadas idiotas de niñatas tontas que querían saber si los pectorales del chico de la foto eran los míos, que si ése era yo, que cuánto me medía y que cuánto cobraba por una despedida de soltera. Yo buscaba otra cosa, yo buscaba sentirme deseado, sentir miedo, sentir lo que era que tuvieran poder sobre mi vida.

Por aquel tiempo sólo pensaba en lo insatisfecho que me sentía, en lo corta que era la vida y en todo lo que me quedaba por sentir. La mediocridad y las vidas planas se las regalaba a mis amigos. ¿Filoneismo? Sí, era de ésos, de aquellos que se mueren por todo lo nuevo, los que no se conforman con lo que tienen, los que se aburren fácilmente, los que no quiere morir sin antes darle un buen bocado a todo. Veinticinco años y ya pensaba en morir (de aburrimiento en la flor de la vida)

Unas noches más tarde, mientras estudiaba, recibí su primera llamada telefónica y no sentí ni un ápice de miedo. Él ya había llegado a mi vida, Papá ya estaba en casa.

–   Aloha, ¿Qué tal? ¿Eres lo que pienso que eres?

–   Sí, tu pon precio.

–   ¿Precio a tu compañía? Me gusta tu honestidad. ¿Conoces Minas Gerais?

No conocía el maldito sitio. Vivía al fin del mundo, si me hablaba de cualquier sitio más allá del Pacífico me perdía en el mar. ¿Las minas brasileñas esas de diamantes?, pregunté.

–   ¡Aha! – recibí como respuesta – Mañana debo madrugar para tomar un vuelo a Minas Gerais, pero estaré de regreso el fin de semana y me haría especial ilusión que hubiese un chico esperando por mí en la Estación vieja de autobuses. Mi chofer me recogería en el aeropuerto y me llevaría a la estación a recogerte si me esperas. No hablemos del vulgar tema del dinero, sólo quiero la compañía de un chico inteligente al cual enseñar y regalar todo lo que tengo.

–   ¿Es una broma?

–   Si quieres tomártelo como una broma pues eso obtendrás, pero no tengo tiempo para ellas.

Y allí estaba, en la vieja Estación de calle Sucre, mirando hacia todos lados y preguntando a todos los que pareciesen choferes por un transfer que estuviese esperando a alguien como yo. Pasó una hora larga y él no vino hasta que me llamó al móvil disculpándose porque el vuelo de Río se había retrasado y aún estaba en la capital. Le dije que no esperaría dos horas (que es lo que dura un vuelo desde allí a mi ciudad), pero él me detuvo diciéndome que su chófer estaba en la estación esperando por mí para llevarme al aeropuerto a recogerle.

–   Observa bien a la gente que pasea por la estación – dijo con su voz suave, pero segura – ¿ves a la mujer de rasgos indígenas que vende té de coca? ¿Y a aquel hombre, con una visible cojera, que coquetea con el muchachito de la taquilla? Mi chofer me lo dice todo, es como si estuviese allí. Él me ha dicho que tienes el típico aspecto del estudiante sin medios que duerme poco para pagarse sus estudios ¿Tienes sed?

Me estaba bebiendo una lata de coca cola que dejé caer al suelo ante la extrañeza de la mujer de la limpieza. Esa primera bocanada que sientes detrás de la oreja, ese primer espasmo que provoca la piel de gallina, el miedo in crescendo por fin llegó.

–   ¿Dónde estás? – le pregunté.

–   He llamado a casa de tus padres y me han dicho que habías salido a buscar a un amigo a la estación. ¡Buen chico!, incluso mintiendo algo me dice que ya soy parte de tu vida.

Hice amago de colgar el móvil, pero él me detuvo.

–   No me dejes, tengo que esperar el vuelo y quería escuchar tu voz… te he traído un regalo de Brasil, sé que te va a encantar porque es una de esas pequeñas colecciones de piedras que pueden adornar tu escritorio de estudiante de minas, sólo que éstos son diamantes.

–   ¿Eres algo así como un mitómano profesional?

–   ¿Es eso algo así como un insulto? No te sientas intimidado. Yo soy tu amigo, ése que tanto esperabas. ¿Qué haces esta noche? Me gustaría que me abrazaras en este momento… ¡Dios, soy un maleducado! Te doy unos minutos para que te saques otra lata y te enciendas un cigarrillo.

Apagué el móvil. Un hombre de traje se me acercó amenazante con un mapa en la mano y me preguntó algo así como dónde estaba el aeropuerto en inglés. Le tiré el mapa al suelo y le dije, con mi inglés zapateado, que se fuera a la mierda él y su jefe a lo cual el tipo se encogió de hombros. Salí de la estación a coger el autobús. Había perdido una tarde entera de estudio, pero sentía que ese día sería irrepetible. Esa tarde el móvil no dejó de sonar, pero no lo cogí.

…”No me mires, no me toques si me pongo a gritar… Muy bien, yo salgo a bailar…”

Esa noche salí, pero no a bailar. Era la voz de Fabiana en mi walkman que me acompañaba en mi ronda por los aparcamientos del edificio donde trabajaba. Tenía una montaña que leer para el próximo examen, pero yo la escuchaba a ella. Él volvió a llamar.

–   Aloha, campeón – dijo riendo – ¿Ya estás en tu trabajito que paga la facultad? Me gusta cómo vistes la misma ropa que mañana usarás en clases de Metalurgia.

Estuvimos largo rato charlando sobre lo solo que se sentía en su enorme casa con vistas al mar.

–   Mi padre no me quiere – me dijo – me ha dejado la casa de la playa en Hornitos para mi uso y disfrute. Algún día te invitaré y podrás conocer la plaza que hay en el patio que da a la playa y el helipuerto de atrás de los generadores.

–   ¿Quién es tu padre? – le pregunté.

–   El hombre más rico del país ¿de qué otra forma podía ser? Mañana le diré a mi chofer que me lleve a las playas que visita la gente común y corriente ¿te gustaría ir conmigo? ¿podría recogerte después de clases en Coloso?

–   No me parece buena idea, me haces perder el tiempo, me tengo que poner a estudiar.

–   Estoy en casa, vestido con mi albornoz mirando las olas del mar. Sé que te he quitado un tiempo valioso y estoy dispuesto a recompensarte por ello. Hazme llegar un número de cuenta bancario y te daré lo que me pidas ¿Cuánto vale tu tiempo? El hueco que ocupa mi soledad no tiene precio ¿No te parece increíble que en este momento estamos observando la misma luna? En eso pensaba cuando estaba en Brasil, lejos de ti… Me voy a la cama, sólo quería escuchar tu voz mientras me duermo.

–   ¡Eres un fantasma! Voy a cortar y no quiero que me vuelvas a llamar.

–   Sí, me siento como lo que dices, como un fantasma. Ponte a estudiar, otro día hablamos.

Ahora, haciendo autostop a la facultad para rendir el último examen del semestre, pienso en él y extraño su voz soleada. Miro el móvil y no suena. Un chico de la calle que espera que alguien le llame y le diga cómo es, cómo viste, qué planes tiene de futuro y cómo pierde el tiempo estudiando algo que no le gusta. El teléfono no suena, pero los coches se detienen unos metros más adelante y me esperan, pero al ver mi indiferencia se largan quemando llanta. Hay una canción familiar; no es un escapismo, no estoy bajando la guardia, yo solo necesito un poco, un poco de diversión… que suena a todo volumen volando por los aires, que sale de los bafles de un coche que viene hacia mí.

–   ¡Hola! – me dice un chico de un descapotable rojo que va en dirección a los Jardines del sur (la zona rica de la ciudad) – ¿Te llevo?

–   ¡Vale! – le respondo montándome en el coche con el paquete de tabaco apuntando a su rostro.

–   ¿Dónde vas?

–   A la facultad. Tengo el último examen del semestre ¿Y tú?

–   También. Estudio Sicología. Tengo un par de cervezas frías en la guantera, cógeme una y la otra pa ti.

Una guitarra rasga el paseo marítimo, la sal me abre las fosas nasales y me enreda el pelo.

“…No tengo quién me acompañe a ver la mañana…”

–   Voy un poco tarde a un examen – me dice el chico – ¿te importa si corro?

–   No, no me importa, también voy tarde al mío ¿Examen de qué tienes tu?

–   Sobre una teoría de mierda nueva, sobre el hombre light, la modernidad, el descontento, la insatisfacción, las nuevas necesidades que la humanidad se ha creado, la nueva familia universal y las nuevas escalas de valores con las que tendremos que acostumbrarnos a vivir.

–   Suena interesante – le digo.

–   Sí, en Europa quizá vean esto con menos asombro que nosotros que aún tenemos el esquema latino de familia.

–   Yo quiero formar una familia mono parental – le dije y se rió.

Ese día rendí mi último examen del semestre y aprobé. Volví a casa del mismo modo, haciendo dedo,  y caí en la cama despedazado. Por la noche volví a mi trabajo, esa noche y las siguientes noches de los meses del verano; a hacer lo de siempre, a hacer la ronda a los aparcamientos, nada que estudiar, nadie a quien llamar.

Una noche me senté en las escalinatas de acceso y me puse a pensar en la voz que meses atrás me atormentó hablándome de cosas lejanas y que jamás volvió a llamarme. El cerebro humano es un arma muy poderosa; en mi caso se manifestó, por la presión a la que estaba sometido, como la voz de un fantasma que me llamaba para distraerme. Algo así como mi propia conciencia que había tomado una voz prestada y me hablaba desde mi interior. Sí, estaba convencido de que eso había sido porque todo calzaba, nadie supo de aquel chico que saludaba con un “Aloha”, a nadie conté nada por lo tanto jamás existió para nadie más que a mí. Regresé a dar otra vuelta a los aparcamientos del exterior y regresé a la conserjería donde tenía una llamada perdida en mi móvil. Lo observé detenidamente buscando una explicación; si iba a tener más alucinaciones, esperaba tenerlas el siguiente período de exámenes, no ahora. El teléfono fijo de la conserjería comenzó a sonar (eran las cinco de la mañana) y el corazón me dio un vuelco.

–   Hola, campeón – me dijo la voz – ya sé que te molesta que te salude con mi saludo habitual por eso lo he cambiado. Te he extrañado todos estos meses y no me importa que tú no lo hayas hecho.

–   ¡¿Qué quieres de mí?! ¡No existes!

–   Claro que existo y te he dado pruebas de ello. ¿Recuerdas el día de tu último examen y que ibas tarde? Fui yo quien te envió a mi chofer para que te llevara. Suelo dar trabajo a los chicos de la facultad como tú. Fui yo quien le dijo que te recogiera y te llevara, pero has creído tan poco en mí que me he desalentado y no volví a llamar. ¡Estaba tan desilusionado!, pero quiero darte una nueva oportunidad. No soy una simple voz.

–   ¿Qué quieres de mí? – repetí.

–   Nada, ya no quiero nada de ti. Soy un caballero y quería despedirme por las veces que tu voz me acompañó, por las veces que dejaste de hacer lo que estabas haciendo por escucharme. Esto es un adiós, no estés triste, porque no olvidaré lo que hiciste por mí todas esas noches que hablaba contigo desde la soledad de mi casa mirando al mar. Mañana recibirás una nueva prueba de mi existencia para que dejes de dudar aunque ya sea demasiado tarde.

Y colgó. Jamás volvió a llamar a mi móvil, ni al trabajo, ni a casa de mis padres ni me envió a su chofer personal, jamás volví a escuchar su voz.

Al día siguiente, cuando salía del edificio rumbo a casa, en las puertas de la conserjería, había un repartidor con un gran ramo de rosas rojas para mí. En la tarjeta sólo ponía un “Aloha” escrito a mano con letra temblorosa y un ligero perfume a sal.

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