LOS PATOS VUELAN SOLOS

Aquel gran personaje secundario en tu vida, del cual no aprendiste nada, ha vuelto a torturarte con su recuerdo de cuando eras niño.

Pato, le llamaban todos, por esa manera tan extraña de caminar como si se fuera a caer de bruces; las piernas larguiruchas y arqueadas, el unicejo, los pelos tiesos de la cabeza, los ojos verdes y los labios demasiado gruesos como para verse bien en el rostro de un chico pobre. Todos le auguraron una juventud desgraciada. “Va pa’ maricón”, decían a sus espaldas y se alejaban orgullosos de haberse reído un rato de él. Pato era incapaz de sentir rencor; habían demasiados pasos de baile que aprender y mostrar al mundo desde un escenario de tablas y cartones sucios, demasiadas cosas bellas que mostrar a todos esos estúpidos que le miraban embobados cuando se calzaba sus tacones para bajar la calle de tierra a coger un colectivo al centro a buscar el amor entre esos de los coches de cristales oscuros. No hay nada que temer, pensaba, he venido a hacer feliz a alguien en el mundo y eso no tiene nada de malo; acompañar a alguien, hacerle sentir que a alguien importa, pasar las horas muertas con la luna iluminándome el culo y, al final, limpiarme el labial para salir huyendo del mismo coche con un “Vete de aquí, maricón”

Pato se juntaba con sus amigos y solía hablar de sus cosas, de cómo pudo crecer en una casa de madera, con esa madre alcohólica que no recordaba su nombre si no era gritándole y su hermana medio loca que jamás se peinaba y se sacaba los piojos sentada afuera de casa. Les contaba todo con detalles porque así se reía de su vida con la esperanza de que de ese modo olvidaría.

¡Las luces de la ciudad, desde lo alto de sus tacones, eran tan arrebatadoras de noche! Las madrugadas eran grises, como si el amanecer amenazara con volverlo todo de negro de nuevo. La skippy, como el canguro de la tele, le llamaban los otros chicos de tacones con los que compartía clientes y carteras llenas, todo por esa manera tan rara de huir dando saltitos de la policía cuando hacían redadas en la calle Riquelme de Antofagasta.

Cuando los días eran grises Pato se iba a la cama y de allí no salía; se cubría hasta la cabeza e imaginaba que abordaba una nave espacial donde era recibido por sus lacayos que le limpiaban el polvo de las calles de la faldita coqueta y le acompañaban al cuadro de mandos para elevarse lejos de la población Osvaldo Mendoza y sus viejas copuchentas; atravesar la soleada y polvorienta  Circunvalación con sus camiones de mineral, los postes de la luz, la empinada calle Maipú a la línea del tren y de ahí todo derecho a calle Condell donde le esperaban sus iguales a los cuales recogía y se llevaba de paseo cruzando el océano pacífico dejando atrás esa vida de mierda. Pero Pato volvía sin haberse montado en nave alguna; se calzaba la faldita, el peto brillante, la chalequina agujereada, los tacones y se escondía detrás del dintel de la puerta a esperar que su madre borracha regresara de acarrear ripio de la quebrada, se sentara a la mesa golpeándose la cabeza con los platos vacíos y, al final, salir de casa dejándola dormida en una silla desnuda. Antes de irse pasaba por el cuartucho de su hermana, le daba un beso de buenas noches y la arropaba. Ella siempre le pedía que volviera a la mañana siguiente, que jamás la abandonara y así él lo hacía. Todas las mañanas tenían algunas monedas para gastarse donde La Flora en comida. Pato no ganaba mucho con los tipos de los coches caros porque tenía la mala costumbre de enamorarse de todos y, o bien no le pagaban, o le daban de golpes, pero él les quería a todos con locura porque los golpes siempre eran mejores que los que se daba su madre contra el suelo de tierra en su casa vacía.

¿Pato? ¿Patito, dónde estás? Quizá se esconda en el patio de atrás, quizá esté dando pasitos de baile como los que ve en la tele de la vecina, esa vieja de mierda que me lo está amariconando con sus leseras de vieja sola. ¡Yo quiero que mi hijo sea un hombre! ¡Quiero que mi hombrecito me saque de aquí! La gente siempre colgándose de los sueños de los demás, la gente que no se da cuenta lo mucho que pesa.

Cuenta la leyenda que Pato se fue de casa. El año del aluvión, después de las fiestas de la población, donde se vistió de mujer y cantó su canción favorita de Daniela Romo envuelto en una sábana mal cortada, dicen que se escapó. Todos se rieron de él gritándole y lanzándole cosas, nadie entendió la ilusión que había detrás del arte de cantar y bailar. ¿Habéis bailado frente a los cerdos? ¿Han aprendido los cerdos a aplaudir? ¿Habrán aprendido a amar? El Pato huyó volando lejos de los cerdos, más allá del cielo y el mar como Margarita Debayle. Algunos dicen que se fue a la capital a contagiarse de alguna tonta enfermedad mortal; otros, que se fue al norte a triunfar al Perú envuelto en telas mejor cortadas, hubo incluso alguno que piensa que vive encerrado en su casa echo un ovillo en su cama y que aun llora la incomprensión, pero yo creo que encontró el amor en los brazos de un hombre que le mostró que no había nada de malo en amar y, ahora por las tardes, le enseña los pasos de baile que aprendió de niño en el patio de tierra de su casa.

Me gustaría acabar esta historia con un buen final, decir que Pato fue feliz y aún lo es, pero no puedo. Nunca me atreví a acercarme y decirle que me enseñara a bailar por miedo a que a mí también me apedrearan. Tengo la esperanza que él se fue legándonos, a todos los cobardes, su trocito de felicidad que no vivió y hoy soy feliz por su sacrificio. Realmente el Pato murió solo en una ciudad llamada Tocopilla, la misma donde nació Jodorowsky, solo en un cuarto lejos de su madre y su hermana, a la que se comieron los piojos. En la población juntaron dinero para repatriar su cuerpo a la ciudad y comprarle flores con las que adornar la sede social donde él un día bailó para un público caballuno.

La gente que muere lejos, sin que sepamos qué ha sido de ellos, son como los elefantes que van a morir lejos de la manada, porque la muerte es algo bello que hay que disfrutar a solas para reírse de los errores cometidos, por las lágrimas derramadas, por los besos que se estuvieron a punto de dar,  para dar gracias por la oportunidad de bajar a vivir unos días en este desierto frente al mar, gracias por darnos la oportunidad de bailar en tacones, gracias por haber tenido con quien huir de la policía, por haber tenido un cuerpo ingrato al que abrazar, gracias por morir a solas donde nadie te ve, gracias al cielo porque ya vas de camino a conocer cómo era tu madre antes de volverse un monstruo, gracias porque sabrás que cuidarás desde alguna parte de tu hermana y de sus piojos.

Nunca está de más dar las gracias por muy miserable que haya sido tu vida. Agradecer la vida nos ayuda a volver. ¿Dios tiene acaso algo que perdonarnos?

Pato, gracias por bailar con las piernas chuecas para ese niño cobarde entre el público.

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