MI VIDA SON LOS TAMBORES

“Hay enfermedades mentales que son deliciosas…”


No tenía más de dieciséis años cuando decidí buscarme un trabajo los fines de semana para pagarme los estudios. En Madrid podía encontrar trabajos fáciles que iban de camarera, pasando por cuidadora de críos malcriados hasta llegar a lo típico de profesora de inglés y matemáticas; pero seamos sinceros, con eso no se estudia ni se paga una carrera decente. Para estas tres labores me sentía preparada y llena a rebosar de paciencia, hasta que tuve una oportunidad, en cada uno de estos trabajos, y me di cuenta que no valía: era demasiado borde con el cliente que resultaba ser maleducado, con los que me veían como a su criada particular y demasiado estricta con los hijos de éstos. Así que lo dejé so pena de provocarle a alguien un trauma o una depresión de caballo.

Tengo un pequeño problema: soy demasiado clara y no me corto cuando tengo que dar mi opinión por muy cruel que resulte ser. “¿Ya sabéis que vais a pedir o me vais a estar mareando toda la noche? ¿Qué os junte tres mesas para veinte personas? ¿Quiénes sois, los Borbones? ¿De qué murió el último esclavo de aquella despeinada que me pide la cuenta chasqueándome los dedos? ¿Es esa su esposa? ¿Piensa que por pagarme cinco euros más por hora debo no sólo darle clases a sus hijos sino que además hacer el trabajo que no ha hecho su madre? ¿Qué será lo siguiente? ¿Me pedirá que se la mame porque a su esposa le duele la cabeza? ¡Niño por Dios! ¿Cómo que no te sabes las tablas de multiplicar? ¿Qué has hecho todos estos años en la escuela? ¿Esa manera de escribir todo con “k” es como del Pleistoceno, no? ¿Chica, no entiendo que te resulte más difícil aprender trigonometría a aprenderte el pin de todas las tarjetas de crédito del cretino de tu padre? ¿Qué no te sabes los símbolos químicos pero la discografía de Luis Miguel te la sabes al dedillo? ¡Con tu actitud sólo te queda esmerarte para cazar a un esposo como el que cazó tu madre! ¡Y tú niño presta más atención a los libros que a tu Facebook, que pareces un pederasta acosador en potencia!

Por esto y por otros comentarios que hice en voz alta me echaron de todas partes; pero nadie quedó debiéndome porque a mí no me calla nadie. Mis amigos dicen que peco de honesta; otros que tengo el lóbulo frontal del cerebro atrofiado y eso me hace comportarme como una loca frontalizada e, incluso, ha habido algunos que me admiran, aunque temen que termine tirada en un callejón golpeada por alguien al que haya ofendido en demasié. Si estuviera frontalizada sería desinhibida, no tendría tabúes y sería totalmente desvergonzada. Yo creo que se equivocan todos, yo no soy como el loco aquel llamado Phineas Gage. Yo sólo soy honesta con la gentuza que me hace perder el tiempo y les hago saber que la esclavitud acabó hace siglos, aunque a este ritmo jamás tendré un trabajo que me dure mucho, pero al menos jamás dejaré que se caguen en mí.

Al menos tengo amigos, eso dicen, aunque para ellos sea una antipática y una bruta; los tengo y los cuido como oro en paño. ¿Amigas?, de esas tengo pocas; ninguna se atreve a preguntarme si la veo gorda o si me gusta el último novio que se ha echado. Cosas de la sinceridad directa; que a todos les da por preguntarme gilipolleces, pero sólo quieren escuchar cosas agradables ¿Entonces para qué me dan el coñazo si saben que jamás me ha gustado hacerle la pelota a nadie?

Así me va. Dicen que estoy embrutecida; yo les digo: vosotros estáis amariconados y sólo decís mentiras a medias y verdades por gramos.

A veces me bajo al bar latino de los pies de casa a tomarme una copa, charlar con mi amigo el de la barra y, si encarta, echarme un bailecito con algún moreno que sepa bailar salsa y que no me pise. Mañana veré qué hago, hoy me tengo que mover.

¡Hola!, me dice un tertuliano del bar, ¿Me darías clases de salsa? El tipo lleva unos tapones diminutos de color amarillo en los oídos y yo creo que no me escucha porque presta mucha atención al movimiento de mis labios. Yo creo que debo haber quedado con cara de idiota o alguien me ha metido un éxtasis en el cóctel, pero el pelma éste quiere que le enseñe a bailar ¿He escuchado bien o estoy borracha? He reaccionado lentamente y he buscado la cámara oculta pensando que es la venganza de alguien al que no le caigo bien, pero ni caso, no hay cámara. ¿Me darías clases de salsa?, insiste el tipejo vestido de traje, corbata y maletín marrón leguleyo. “Que el chico de la barra me ha dicho que sabes bailar muy bien y me gustaría que me enseñaras”. Mi amigo, el barman, me mira con cara de vaya-pedazo-de-petardo-que-te-ha-entrado-y-tú-con-esos-pelos-de-cierva. Vuelvo en mí dispuesta a soltarle una de mis famosas perlas al tarado éste, pero mi amigo me interrumpe diciéndole que se dan clases, efectivamente, en el bar por las tardes y que se pase al día siguiente. Yo me quedo con cara de idiota, otra vez, y el tipo se va por la puerta más contento que unas castañuelas. ¡Es tu oportunidad de sacarte unas pelas!, me dice mi amigo entrometido ¡Le conozco, es abogado, ese tío está forrado y si mañana le das una clase magistral fijo que se trae a todo el buffet! ¿No querías un curro donde no tuvieras que lidiar con nadie? ¡Pos cógelo!

Al día siguiente estoy liada esperando en el bar ataviada con mi conjuntito salsero de colorines, labios carmín y cintura sueltesona al abogaducho que quiere bailar salsa para olvidar lo pedazo de cabrón que ha sido durante el día. El tío entra por la puerta y antes que diga esta boca es mía, le he soltado que cada clase son cincuenta euros para que se fastidie y se largue dejándome en paz. Pero no, el muy cabrón ha sacado doscientos euros y me ha dicho que quiere cuatro clases para empezar ¡Acabáramos!

La música está preparada. En el bar sólo somos yo, mi amigo de la barra, el abogaducho de la corbata a rayitas, y tres gatos más que han atendido al aviso de “Se dan clases profesionales de salsa – Hoy primer día”, gentileza de mi amigo que pegó carteles por todo el barrio porque o, se aburre mucho, o quiere reírse de mí por algo que pueda haberle dicho que no le gustó. La venganza es un plato que se sirve caliente ¡De frío nada, qué coño!

La música comienza a sonar. Devórame otra vez, devórame otra vez… ¡Dios santo! ¡Pero qué mierda es esto! ¡Trágame tierra! El abogado tiene los ojos en blanco y los cierra apenas comienza a sonar los primeros acordes; se suelta los brazos, da dos saltitos diminutos en el sitio y luego repite la maniobra poniéndose de lado para ejecutar limpiamente la coreografía completa de flashdance, incluida la carrera con triple salto mortal para caer espatarrado en el suelo, se levanta de un golpe y, sudando como un pollo resfriado, se planta frente a mí y se cubre las dos orejas con las manos en plan A-Chorus-Line-drama-queen para hacer un violento meneo de cabeza como si estuviera sufriendo en sus propias carnes alguna tragedia griega. El bailecito lo acompaña con aullidos y berridos como los de la niña del exorcista y yo, perpleja, me he quedado congelada en el momento en que me arreglaba la faldita de colorines para empezar a bailar.

Mi amigo, el de la barra, tiene la mano pegada al botón del volumen; cada vez lo sube más y más, incapaz de despegarse de él producto del asombro. El abogado está dando saltos de una mesa a otra, luego le da de patadas a las sillas y ahora se la liado a correr alrededor de la pista de baile como si corriera los cien metros planos en círculos. Los pocos que habían venido a la clase han huido despavoridos hacia la calle. Miro al espejo que hay detrás de las botellas de la barra y me abalanzo a coger el teléfono para llamar al ejército porque al energúmeno éste no le paramos con nada. Le doy una patada al reproductor y la música se detiene de golpe. Ni devórame otra vez ni Pedro Navaja ni putas hostias ¡Este tío, por muy corbatero fino que sea, está acojonantemente loco! Miro hacia la pista, el abogado se ha detenido en seco y está temblando de pie, vuelve a ponerse los tapones, se cubre el rostro con las manos y se echa a llorar. Mi amigo me pide que no me acerque porque puede ser peligroso, pero no le hago caso ¡Tengo que saber qué ha sido eso! Me acerco lentamente. El hombre aquel continúa de pie sollozando y hablando entre dientes: Soy un desastre, soy un desastre, soy un desastre… oigo que se queja. Le pongo una mano en el hombro, se descubre y me abraza pidiéndome perdón por la performance. Mi amigo de la barra ha salido a la calle a buscar ayuda (no sé de qué tipo porque, si el individuo fuese peligroso, ya me hubiese partido el cuello para hacer una cazuela con mi cuerpo)

Creo que se ha calmado. Le pido que me mire, que se relaje y que me mire. ¿Sabéis lo primero que me ha dicho? Pues me ha soltado, sin decir agua fría va, que “hay gente que no entiende mi corte de pelo…” Le suelto del hombro, la broma ya ha sido bastante pesada, pero él me coge del brazo fuertemente y me explica, ahora que estamos solos, que sufre de un extraño síndrome que le obliga a moverse violentamente cada vez que oye música. Por eso se obliga a usar tapones en los oídos y por eso jamás escucha el teléfono, por eso ha tenido veinte accidentes de tráfico, por eso su mujer le ha dejado llevándose a sus hijos lejos y por eso en el buffet sólo le dan los casos más difíciles defendiendo a asesinos peligrosos porque él (cuando escucha música) se le pone más cara de loco que a los sicópatas que defiende y los acojona.

Yo creo que está más calmado. Mi amigo ha regresado al bar con dos transeúntes que pasaban por fuera y, al ver todo tranquilo, se largan insultándonos. Por favor, nos pide el abogado, no se lo contéis a nadie. Sólo quiero tener una vida normal y bailar como todo el mundo pero me pierde esta adrenalina que siento y no puedo. Estoy en tratamiento siquiátrico, pero no hay cura más que olvidarme que existe la música. Ya me han echado de varias academias de baile por energúmeno y casi me he arruinado pagando los destrozos que he hecho. Le miro apenada a los ojos, es como verme reflejada en ellos, como si me rechazara a mí misma si le doy la espalda.

Todos los martes por la tarde le doy clases de salsa, pero sin música. Él se pone los tapones amarillos en los oídos por si acaso y bailamos en silencio toda la tarde. No creo que deba decir que sólo le di clases a él por miedo a que se burlaran, pero han sido una delicia. Aprendió rápido y me pagó muy bien. Al cabo de un mes era ya todo un experto. El último día me regaló un ramo de rosas y a mi amigo le compró una mesa de mezclas usada. Ese día salió por la puerta del bar con su maletín y jamás le volvimos a ver, quizá se mudó de ciudad, no lo sé.

Pasaron unos años y, hace unos días, estando de vacaciones en la costa del sol, creí verle de soslayo bailando en una salsoteca de Puerto Marina. Regresé sobre mis pasos y le observé fijamente: bailaba con una mujer bellísima. Le llamé por su nombre, pero no me escuchó. Cuando me acerqué pude ver que llevaba unos tapones diminutos de color amarillo en los oídos. Se dio la vuelta y me miró fijamente, se sonrió y siguió bailando como si no existieran en el mundo más personas que él y su chica, bailando como en una isla desierta, en el medio del Pacífico, en el más absoluto de los silencios.

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