EL VUELO DE LA LIBÉLULA

En mi país, a veces, me siento como una libélula atada a la cola por un hilo, como aquel juego de niños que atan a estos insectos para hacerles creer que son libres, a medio camino entre Occidente y el Magreb.

Estando de vacaciones en Rabat, en casa de mis padres, me entró un mono de fumar que creí que me moría. Esperé a que mis padres se fueran de casa a la mezquita, me cubrí de pies a cabeza, me lié un paño como un burka como esas viejas cucarachas que se limpian el sobaco con la lucha feminista y salí de casa dispuesta a todo por un paquete de tabaco. Cogí el primer taxi que pasó y le ordené al taxista que me llevara a la otra parte de Rabat a un estanco clandestino. El taxista intentó timarme por el viaje, pero me bajé indignada maldiciéndole en marroquí por ser un burro mala persona. Luego cogí por la Rue de Tunis y caminé largos diez minutos bajo el sol del mediodía hasta llegar a la casa aquella. Una vez allí entré por la puerta, que daba a un patio interior, hasta encontrarme un grupo de hombres tomando el té y han enmudecido al verme tapada como iba. El dueño del sitio se puso de pie y, con todo el respeto del mundo, me ha preguntado en qué podía ayudarme. Yo no podía hablar, como esas veces que tengo exámenes en la Universidad de Málaga y me quedo en blanco porque se me confunden los conceptos y me pongo a escribir de derecha a izquierda. Él seguía mirándome como si fuera una aparición y ha hecho ademán de ofrecerme el té pero le dije que no con la mano. En Marruecos respetan a las mujeres que van cubiertas  aunque vayan solas, ¿sabes?, menos los taxistas. Quiero un paquete de tabaco, le dije con un hilillo de voz y el hombre abrió los ojos como si le hubiese pedido un paquete de condones. A uno de los hombres, de la impresión, se le cayó el vaso de cristal donde bebía té y yo, bajo del burka, no paraba de sudar. Un paquete de tabaco, le repetí mostrándole algunos dírhams, pero nada así que tuve que insistir pidiéndole algo más para que no se pensara que era una burra desvergonzada. Un paquete de tabaco para mi marido que está con una pierna rota en casa y un paquete de detergente para lavar la ropa de mis cinco hijos y de mi suegra, le dije muy convencida de que tenía una familia esperándome y que trabajaba como una hormiga para todos. Esta vez el hombre asintió y gustoso me dio lo que le pedí.

Antes de salir me di la vuelta y me despedí bendiciendo al grupo de hombres y bendiciendo a las mujeres que les tendrían por esposos. Por dentro me estaba cagando en ellos.

Salí a la calle con mi paquete de tabaco y el detergente de la ropa para mi familia imaginaria y caminé apresurada a coger otro taxi. Esta vez no había ninguno cerca y tuve que robarle el taxi a unos turistas cerca de la torre de Hassan II. Las niñas que pintan las manos de las europeas con henna me ayudaron distrayéndoles con sus palabras. Llegué a casa sudando a mares; me quité todo y me cambié a toda prisa porque mis padres iban a llegar de la mezquita pronto. Cogí de la cocina un desodorante ambiental español, que colé en el aeropuerto de Barajas, y me subí al tercer piso a esconderme en el baño de la criada que ese día estaba enferma.  Me encerré arriba, sentada en la tapa del váter, con las piernas abiertas, el paquete de detergente a mis pies y un delicioso marlboro en mis dedos temblorosos. ¡Había olvidado un mechero! Baje tropezando por las escaleras de caracol y cogí un mechero de la cocina y volví a subir. Seguramente mis padres vendrían en media hora y aun me quedaba fumar tranquila y eliminar la peste a tabaco. Encendí mi primer cigarrillo en un mes, desde que volví de la Facultad en España, y creí que me moría de placer. Si mi padre y mi madre me hubieran visto con las caras que ponía de placer me hubiesen matado. Bueno, que me distraigo; no le había dado ni cinco caladas al cigarrillo cuando escucho abajo el ruido que hace mi padre con el coche cuando lo intenta aparcar ¡Creí que me moría allí mismo! Eché llave a la puerta del baño, tiré el tabaco por el váter y el resto del paquete por la ventana a la casa de la vecina, inundé todo con el desodorante con aroma a jazmín y, casi llorando, me quité la blusa y los pantalones para meterlos a la lavadora. Esta vez mi padre tardó muy poco en aparcar y entró dando voces a casa preguntando dónde estaba. Me puse un albornoz y una toalla al pelo como si hubiese tomado un baño y le grité que estaba en el tercer piso haciendo la colada, pero subió a hablar conmigo de no sé qué cosa. Comenzó a tocar a la puerta para que le abriera y yo sólo atinaba a decirle que estaba haciendo una colada. ¿Y para lavar la ropa te encierras? ¡Qué costumbres más raras traes de España! ¡Abre la puerta que me he manchado la camisa con grasa del coche!, me decía. Estoy perdida, pensaba, y tuve que abrir la puerta aunque todo apestaba a tabaco y jazmín. Mi padre estaba de pie con un cigarrillo en los labios y se metió al baño cerrando la puerta detrás de sí. Muévete, me dijo, tu madre está abajo hablando con la vecina que es una cotilla asquerosa, y la tendrá ocupada con la receta del cous-cous un buen rato; a ver si me deja un poco en paz y puedo fumarme este cigarrillo sin que se dé cuenta… ¿Es idea mía o el baño huele a tabaco importado?, me preguntó mirándome a los ojos. Papá, le dije, no sabía que fumabas, y le quité el cigarrillo de los labios para meterle una gran calada por el susto que tenía en el cuerpo. Hija, me respondió, de hoy en adelante será nuestro secreto.

A veces, cuando crees tener un gran problema, la solución resulta ser la más simple y tonta de todas. Ese día dejé de sentirme como una libélula atada a las ridículas tradiciones de mi país y comencé a ver a mi padre como a un ser humano.

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