EL MONSTRUO DE TRES CABEZAS

Estaba frente a la comisión evaluadora de pie en el podium, al borde de las escalinatas, dándole de golpes al proyector para que funcionara, hablando a prisa, dando las últimas instrucciones a las personas con las que pacté un par de preguntas para que me hicieran para no parecer tan malo en lo mío, todo rápido como si se me escapara la vida cada vez que respiraba. Frente a mí estaban mis padres en la primera fila, más nerviosos que yo, si cabe, mis hermanos a su lado y al fondo del salón mis primas peleándose con la grabadora por filmar algo de aquel disparatado espectáculo. También había uno que otro rezagado de última hora entre el público, a pesar de que intenté que no se enterara nadie de mi conferencia, pero se enteraron.

Mi defensa comenzaba a las 08:30 AM. Estaba empastillado (qué mediocre), me había metido dos o tres relajantes musculares y me sentía en las nubes. A pesar de que era Marzo y era verano, sentía mucho frío. La sala de conferencias estaba congelada a esa hora y los tres docentes que me iban a evaluar tenían cara de pocos amigos (como se supone que debe tener toda comisión evaluadora chilena de cualquier carrera donde debe reinar la mala leche y el orgullo estúpido de decir que han “rajado” a mucha gente jodiéndoles la vida) A mí toda esta gentuza me daba igual. Ya no iba a solucionar ni arreglar nada yendo de sabelotodo: tocaba actuar sobre la marcha.

Los tres de la comisión eran como un gran monstruo de tres cabezas: estaba la cabeza Decano, que daba pocas clases y suspendía a mucha gente (un caradura de los que pensaba que mientras más gente suspendía mejor docente era y que abusaba desvergonzadamente de los recursos del departamento de minas para intereses y negocios propios), la cabeza Demagoga (del que aprendí mucho pero que jamás entendí sus violentos cambios de humor ni los títulos extremadamente largos de sus proyectos doctorales) y finalmente la cabeza pensante Novata, un profesor de los más jóvenes que pretendía tener trato directo con los alumnos pero que nadie soportaba. Las cabezas Demagogo y Novato se cruzaron de brazos apoltronando bien el culo en sus asientos y tragaron saliva al escuchar la frase más famosa de la Facultad, la más aterradora que pueda llegar a escuchar un alumno: “Tiene treinta minutos para exponer; ni un minuto más, ni un minuto menos”. El mundo se detuvo. La cabeza Decano sonrió complacida.

Sentí primero que una gran pared de hormigón me caía encima y me aplastaba como a una hormiga pero luego recordé que eso no tenía porqué sucederme si estaba empastillado así que hice un ligero movimiento de hombros y exhalé tranquilo. De ahí en adelante los minutos comenzaron a correr rápido; a veces los sentía como granitos de arena que caían de un puño cerrado sobre mis ojos (señal que me estaba adormilando) y otras los sentía como pequeñas arcadas de asco en la boca del estómago (señal ecuánime que iba a devolver todo el desayuno y las pastillas de manera violenta sobre las faldas de la cabeza Demagogo, pero me contuve como un campeón)

Los minutos pasaban. Me veía a mí mismo en lo alto del estrado moviéndome de un lado a otro, cambiando las diapositivas de mi presentación como quien cambia las páginas de un libro y soltando un discurso como quien lee un papel en blanco: sin decir nada con fundamento. Sentí una violenta bocanada de aire, alguien había entrado a la sala de conferencias bastante tarde y casi nadie se percató de ello. Me congelé por fracción de segundos y seguí como si no hubiese pasado nada hablando sobre esta bestialidad de la Lixiviación in situ como si hablara de la Guerra de las Galaxias (un proyecto que hablaba de un mundo muy atractivo, pero a la vez lejano y poco creíble). En mi mente estaba en otro sitio más acogedor, recordando cuando era niño y volvía del colegio caminando por la línea del tren preguntándome por qué mi ciudad era tan fea y aburrida, preguntándome por qué me había tocado crecer allí, cuánto tiempo duraría aquel camino y cuándo moriría aplastado por el tren (me moría de ganas de tener una cripta-animita a la orilla de las vías férreas con mi nombre y mi propia cruz)

¡Tantos recuerdos para treinta minutos!

Mi familia saliendo de Salamanca para instalarse en el norte de Chile buscando un futuro mejor para todos, el almacén de la calle Maipú donde crecí con mis primos contagiándonos los piojos y la sarna mutuamente, comiéndonos los dulces de a diez, aprendiendo las tablas de multiplicar sobre los sacos de patatas a mediodía antes de ir al colegio, dándome cuenta que los viejos de mi barrio se morían en el olvido y, que era perfectamente posible, que a todos nos pasara eso algún día. Me veía lanzándome calle abajo en mi triciclo de dos ruedas hasta estamparme con los muros de la cancha de fútbol donde una vez metí un gol, yendo a los cines viejos del centro de la mano de las vecinas que me llevaban a ver los últimos viejos estrenos mientras mis padres trabajaban en el almacén, las noches frías oyendo a través de la ventana de mi cuarto la quietud de la ciudad ahogada entre el Pacífico y el desierto, los ruidos de los niños corriendo calle abajo al día siguiente y los sucesivos, las cuentas impagas, que le dejaban las vecinas a mi madre, porque les fiaba a todas para que sus hijos no pasaran hambre (los mismos hijos que el viento del desierto se llevó hacia el alcohol y las drogas), escapando de aquel vendaval que se llevaba a la juventud a riesgo de parecer el tonto del barrio, escondiéndome en el último escondrijo del patio de casa para no salir jamás a la calle, encerrándome a mezclar jarabes para la tos imaginando que de mayor sería médico, haciéndome las primeras pajas pensando en el chico más guapo de la calle (ese mismo que ahora pega a su esposa porque es infeliz), estudiando para tener las mejores notas y perderme todas las fiestas de fin de curso porque las niñas se reían de mí porque era flaco y con este cuerpo no iba a conquistar a nadie, superando todas las pruebas para postular a una beca para niños sin recursos en el San Luis (el colegio más importante y pijo de Antofagasta) para luego quedar a las puertas eliminado por mi mejor amigo de la básica (ese mismo que luego rechazó la oportunidad para irse a otra ciudad), cayendo de cabeza al Liceo de Hombres “Diablos rojos” (hervidero de delincuentes habituales en los ochenta) donde si no te avispabas te partían la cara, te llovían piedras en los recreos o incendiaban tu sala de clases con profesor y todo dentro, buscando los urinarios a ciegas entre el humo de los cigarrillos y las bombas lacrimógenas de los últimos días de Pinochet, huyendo de las alianzas con las del Liceo de Niñas para al final terminar yendo a las fiestas de fin de curso solo o con alguna tía a la que le daba pena mientras todos iban con sus novias, preparando la PAA en un año para intentar entrar a la UCN y darme cuenta a último momento que me había confundido de Universidad, entrando a la UA sólo porque Dios es grande y se apiada de los despistados, estudiando día y noche para los exámenes de Ingeniería del Plan común y al final obtener sólo suspensos, viendo a la gente abandonar día a día, cayendo como mosca como todos los demás pero volviendo a pararme como un mono porfiado de feria ambulante, olvidando que tenía derecho a tener sexo, salir, beber, disfrutar la vida, hacer las estupideces que todos los jóvenes hacen para demostrarse que tienen voluntad propia y decisión, dejando todo eso de lado por estudiar y estudiar hasta escupir sangre y lograr finalmente cogerle el truco al ritmo de mierda de la Facultad para que, al final del camino, encontrarme con este monstruo de tres cabezas (Decano, Demagogo y Novato) que tiene la autoridad para decidir si tengo derecho al futuro que mi familia y yo nos hemos labrado a golpe de dar la espalda a todo lo que nos distraiga de tener una vida mejor.

Tengo una pregunta, Sr. Barrera: ¿Se puede aplicar esta tecnología en Chile?

¡Por supuesto que no y ahora deje de interrumpirme que las preguntas son para el final!

Seguí con mi charla. Había pasado la mitad del tiempo y había vuelto a retroceder a aquel tiempo en el que mi primera novia (porque ella insistió mucho) me dijo simplemente que yo tenía imaginación y debería explotarla. Lo que explotó fue nuestra relación a golpe de dejarla tirada por estudiar Geología, Resistencia de Materiales y Mecánica de los putos suelos. ¿Escribir? Guardo un buen recuerdo de la primera vez que alguien me dijo que era particularmente malo mientras hacíamos la fila de la fotocopiadora. Armin, un compañero de carrera, fue el primero en decírmelo. Él fotocopiaba ejercicios para un examen mientras yo hacía copias de mi primera novela de cien páginas sobre un chico que recorre Chile detrás de una chica perversa. Mi novela fue a concurso pero que no ganó nada. Armin me miraba con pena y me preguntó por qué perdía el tiempo escribiendo cosas que nadie iba a leer. Armin tenía razón ¿Porqué perdía el tiempo haciendo cosas que no me gustaban? Escribir era mi vida, la ingeniería era un simple hobbie que me hacía perder el tiempo.

Escribir me ayudaba a escabullirme de mi vida diaria y me servía para burlarme de mí mismo imaginando que era un superhéroe que lograba todo lo que se proponía. En la pantalla las diapositivas se sucedían y avanzada raudo soltando mi discurso impecable sobre las ventajas de lixiviar todo el Norte Grande con millones de litros de ácido que se quedaban cortos con el volumen de mi resentimiento. En mi mente tenía imágenes que se sucedían repetitivamente preguntándome por qué no fui como los demás niños que luego del colegio se morían de ganas por ir a jugar fútbol a esa cancha de tierra asquerosa, por qué no fui como los demás adolescentes que tenían novias a las que dejaban embarazadas, por qué los amigos de la facultad iban y venían como hojas secas barridas por el viento a la orilla del camino, por qué me auto castigué al no atreverme a tener una vida plena aceptando que era distinto y único por querer estar con alguien de mi mismo sexo (no hizo falta que me discriminaran porque lo hice yo mismo). Desde que nací me aparté de muchas cosas por concentrarme en mejorar mi educación, y al final, me di cuenta que no me valió de nada para los planes que ahora tenía.

Un ligero remezón me despertó ¡Estaba al borde de las escalinatas del escenario a punto de romperme la crisma! Miré a la pantalla y me fijé en unos flujos de caja que decían que mi proyecto, a todas luces, no era viable ¡Había olvidado maquillar la última diapositiva y la más importante que debía decir que el proyecto era la mar de espectacular y no un bodrio con resultado negativo! Dejé la vista perdida pensando en cómo explicar este desatino como una catedral y sólo tuve ojos para mis primas al fondo del salón enredadas en una cinta de video en la cual no se había grabado nada. Una de ellas incluso levantó la mano y me mostró un cable señal de que iba conectado a algo y por eso la cosa no funcionaba. Recuerdo, incluso, que antes de empezar a exponer le di una pregunta preparada a uno de mis amigos (el loco Casas) al que le hacía señales para que me la hiciera pero nada ¡Había olvidado el papel que le di y me preguntó una vaina disparatada que no entendía ni él! ¡Qué desastre! ¡Os imagináis vuestra defensa del título en youtube!

Sr. Barrera, le quedan exactamente dos minutos.

La voz de la cabeza Decano retumbó en la sala de conferencias como la primera trompeta del Apocalipsis. Estaba pronto a acabar mi tiempo. Tenía sesenta segundos para concluir el trabajo, no solo de meses. sino el de toda una vida. Era el primero de toda mi familia que estaba a las puertas de obtener un Título profesional ¡La lucha debía llegar a su fin cerrando el círculo de manera magistral! Miré el dulce rostro de mi madre: estaba orgullosa. Suspiré aliviado. La expresión de su rostro bien valía todos los esfuerzos del mundo, el premio a años de esfuerzos estaba ahí, en su rostro sereno.

Las tres preguntas del monstruo de tres cabezas fueron in crescendo en complicación y en posibilidades de respuestas fallidas. La primera era una estupidez que podría haber respondido cualquiera (como yo)

Sr. Barrera, le planteo la misma pregunta: ¿Está Chile preparado para lixiviar in situ?

Respuesta automática en mi mente dirigida a la cabeza Decano (ese que no hizo ni el huevo para asesorarme en mi trabajo): “Chile no está preparado ni para juzgar a Pinochet”. Respuesta que salió por mi boca: “Chile está preparado para eso y más, sólo falta la inversión inicial (si es dinero extranjero y estadounidense, mejor)”

Sr. Barrera, esta pregunta es bastante teórica: ¿Cómo podríamos determinar la porosidad del suelo y estimar con su resultado la recuperación del ácido inyectado al macizo rocoso?

Respuesta automática en mi cabeza para mi querido profesor Demagogo: “Tú no has prestado atención a absolutamente nada de lo que he estado hablando esta media hora y, lo único macizo que he visto en mi vida es un chico espectacular medio en pelotas en Internet”. Respuesta que salió por mi boca (con la voz aflautada porque el pelma éste me quemaba la sangre): “La porosidad de un medio se determina en laboratorio mediante pruebas carísimas, pero teniendo en cuenta que los que van a inyectar ácido -al ojímetro- son los trabajadores de a pie pues nos vamos a ahorrar estos costes y los reinvertiremos en beneficio social (aunque realmente pensaba en pagar cirugías plásticas para los que se quemaran el rostro en el tajo). Con respecto a la recuperación de ácido… pues será la que Dios quiera, no te voy a mentir”

Sr. Barrera, ¿Es viable la Lixiviación in situ en Chile? ¿Se obtienen beneficios?

Respuesta en mi mente para la cabeza Novata (que estaba como loco por probar que me pasé toda la carrera copiando en los exámenes): “Tú lo que quieres es quitarle el puesto al Decano y barrer con todo para tu casa; como te diga yo que con esto nos hacemos ricos eres capaz de atrincherarte en el departamento de minas y usar todos los recursos a destajo para que, en un año, montar un nuevo Las Vegas para los gringos que vendrían a apostar por qué piedra lixiviada da más beneficio económico en menos tiempo” Respuesta que realmente dije (muy a mi pesar visto lo visto): “Por supuesto que no es viable, no tenemos legislación ni se han hecho pruebas en terreno en Buey Muerto, esto es sólo un proyecto conceptual, menos aun podría decir que pueden obtenerse beneficios. Sería como vender humo”

El monstruo de tres cabezas sonrió maliciosamente. Ellos no esperaban que respondiera con honestidad, supongo que pensarían que me iría por las ramas con términos técnicos y legales o, peor aún, que saliera con alguna estupidez medioambientalista. Pero no. El tema en sí no lo dominaba nada y podría haber soltado burradas monumentales pero no lo hice. Preferí agarrarme, como a un clavo ardiendo, a aquello de “El que nada sabe, nada teme”. La cabeza Decano sentenció que la conferencia había acabado y que necesitaban deliberar a solas en el salón así que todo el mundo fuera (incluido yo). Fueron los diez minutos más largos de mi vida. Salí arropado por mi familia y los amigos rezagados, me fumé un cigarrillo temblando por haber sido tan seco al responder – nunca me ha gustado hacerle la pelota a nadie) y volvieron a llamarme para decirme el resultado de mi trabajo. Una vez dentro la cabeza Decano me interrogó mientras las otras dos cabezas sonreían satisfechas.

Francisco, he oído que dentro de diez días te vas a Estados Unidos a vivir ¿Qué planes tienes allí?

¡Hijoputa! ¡Había subestimado los contactos del Decano y se había enterado de todo! Seguro le habían ido con el cuento de que andaba moviendo hilos en el Registro Curricular de la Universidad para conseguir un certificado de alumno regular (cuando yo ya era egresado) y así obtener la visa en la Embajada sin declarar que tenía medios económicos. ¡Qué jugada maestra! ¡Ahora me tenía cogido por los huevos! Si suspendía perdía el billete de ida y tendría que esperar siete meses más para volver a dar el examen de grado.

– ¿Te vas o no?, insistió.

– Contra viento y marea – respondí sintiendo que el desayuno me subía y me bajaba como las bragas de Pamela Anderson.

El Decano me miró fijamente a los ojos. Los otros dos no me quitaban la vista de encima enarcando una ceja para que supiera que no les gustaba nada que lo tuviera todo tan claro. Tanta determinación y chulería no es buena, aunque otro ingeniero recién titulado desempleado diciendo que viene de la UA tampoco lo es.

¡Felicidades, colega, ya es usted Ingeniero Civil de Minas!

Las piernas se me congelaron. No logré procesar lo que me estaban diciendo y sólo atiné a soltar un escuálido “gracias” apenas audible. Estaba como sordo, como si estuviera dentro de una piscina llena de ácido y la piel de las orejas se me estuviera cayendo a trozos. Lo mismo estaban diciéndome que me condenaban a la guillotina o que me aceptaban en su Secta Hare Krishna y yo sólo les daba las gracias una y otra vez. Hice el intento de darles la espalda pero volvieron a insistir en que ya era ingeniero (tendría cara de no creérmelo) y no me pude zafar del abrazo y el apretón de manos que me dio cada uno. Salí despavorido de allí a contárselo a mis padres pero en el camino una mano desconocida me cogió por el cuello y con la otra me amenazó con unas tijeras empujándome contra una columna. Fue como un flashazo… ¡Sólo querían un trozo de mi corbata para colgarla en el panel del departamento!

Muchos meses después el trozo de mi corbata nueva lucía amarillenta en el panel de noticias y la gente le echaba un vistazo antes de entrar a dar los exámenes de cada asignatura seguramente pensando en que si un pelotudo como yo pudo titularse ¿Por qué ellos no? En el fondo, mientras fui estudiante, hice lo mismo: Si las cabezas Decano, Demagogo y Novato lograron titularse y ahora hacen de las suyas con un rebaño de estudiantes conformistas ¿Por qué yo no?

Y digo yo ahora… ¿Para qué me sirvió el título profesional?

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