LA DIETA DE LA ALCACHOFA


 

 

 

 

La alcachofa es el único alimento que, no solo no engorda, sino que adelgaza y eso lo saben todos los se han alimentado de ella exclusivamente durante tres días seguidos y han perdido tres kilos así, de golpe y porrazo. A veces, también provoca que la gente cague verduzco, se vaya escaleras abajo gritando sin sentido o se vuelva paranoica perdida como le pasó a mi esposa, que cogió el coche un mal día para ir al trabajo y, al volver, se estampó contra un árbol. Esa tarde llegó echa un mar de lágrimas a casa y, para calmarla, le dije que saliéramos a tomar un café al Colbi de Chueca a ver si de ese modo sentándonos frente a una taza caliente de algo pensábamos qué íbamos a hacer para conseguir el dinero de la reparación del coche.

Estuvimos así, con cara de pavos, mirando los números que hicimos en una servilleta, hasta que se hizo de noche y no supimos qué hacer. Después de fumar mi último cigarrillo de liar le dije a mi esposa que me bajaba un momento al baño y que me esperara en la mesa a que volviera. Ella asintió sin apenas mirarme. A ella siempre le han dado miedo los bares y cafeterías gays de Chueca porque piensa que un día vendrá un chico afeminado de éstos y me raptará cual ave de rapiña para llevarme lejos de ella. No es que mi esposa sea homófoba, ni xenófoba ni nada de eso, pero es desconfiada y paranoica…de todo. Yo me río a escondidas de sus cosas y reconozco que nunca dejará de sorprenderme lo que le sucede producto de su paranoia e inocencia.

Fue llegar a las puertas de casa esa noche y oírla soltar un grito de Mecagoentodoloquesemenea que me erizó los pelillos del bigote. ¡Me han robado la cartera en la cafetería!, gritaba sin parar dando saltitos. Y yo venga a darle vueltas a la cabeza pensando en cómo es posible tener tanta mala suerte en un sólo día. La culpa la tiene la dieta de la alcachofa, pensaba, que cada vez que abro el frigorífico lo veo todo verde y lo cago todo del mismo color y, por culpa de ella (que sueña alcachofas) es que nos pasan estas cosas tan ridículas por su despiste.

Como es natural la dejé a ella dando saltitos y me fui donde la vecina que nos guarda una copia de las llaves de casa.

– ¡Qué me han robado la cartera con todo dentro! ¡Las tarjetas, los últimos setenta euros que tenía para la compra del Mercadona y la cámara con las fotos que hice de la nieve en el Retiro! ¡Dios del cielo que tienen las llaves de casa! – se quejaba.

Fue entrar ella a casa y ponerse a dar vueltas como un pato de Feria en el salón, una y otra vez, sin resolver nada mientras yo llamaba a uno de esos teléfonos 902 que te desangran para cancelar las tarjetas y llamar al otro aquel donde te dicen la comisaría más cercana a tu distrito para poner la denuncia. Al final ella se lió a darle de mordiscos a una alcachofa mientras  yo salía por la puerta a la comisaría de Leganitos a denunciar. Entre pitos y flautas regresé a medianoche a casa y me la encontré encerrada en el cuarto y la puerta atrancada con el mueble de la tele. Ella estaba semidormida. Cuando me vio echar a un lado el mueble dio un brinco que creí que clavaba las uñas al techo.

No tardé en acomodarme en la cama, sintiéndola temblar a mi lado, hasta que logre quedarme traspuesto. Fue sonar el teléfono fijo del salón y sentarme de golpe en la cama para verla salir disparada como si nos estuvieran bombardeando, no sin antes clavarme las uñas en la espalda. La seguí como un poseso y la vi de pie junto al teléfono mientras éste sonaba como una serpiente cascabel. Eran las tres de la mañana.

– ¡Que son ellos! – gritaba azorada – ¡Qué son ellos, los ladrones, que nos llaman a casa para saber si estamos aquí y meterse a robar! ¡Cómo no lo coja pensarán que no estamos y nos vendrán a robar hasta el gato!

– ¡Cógelo!, le dije semidormido y muerto de frío.

Ella se negó moviendo la cabeza con los brazos en cruz sobre el cuello. Ni de coña, me dijo, pueden ser los ladrones que llaman para pedirnos rescate. La miré sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

– ¿Tu estás tonta? ¡Que es la cartera la que te han robado, no el gato!

Fue hacer el ademán de cogerlo cuando el teléfono dejó de sonar. Nos fuimos a la cama, no sin antes apuntar el teléfono que salía en la pantalla en un papel. “Teléfono de los ladrones” escribió en su agenda. Esa noche ella no durmió.

Al día siguiente gastamos toda la mañana cambiando la chapa de casa hasta que  volvió a sonar el teléfono. Mi esposa lo cogió rápido como quien coge una mosca al volar y puso el altavoz para que me enterara de todo y terminara de creerle que hay gente mala en el mundo.

– ¿Quién es? – preguntó ella con la barbilla temblando.

Una voz extraña, algo afeminada y quejumbrosa, preguntó por ella dando su nombre y apellido completo. Mi esposa palideció.

– Tengo su cartera con todo dentro – dijo la extraña voz – Nos gustaría regresársela… ¡cof, cof, cof!… disculpe… ¿Podríamos quedar esta tarde?

– Usted quien es – preguntó mi esposa.

– Soy el que ha encontrado su cartera – insistió la voz – ¿Podemos quedar para dársela?

Debo reconocer que me ponía nervioso escuchar la voz de un hombre tosiendo y hablando en primera persona plural como si hablase en nombre de alguna organización delictiva, pero seguí escuchando atentamente. La voz aquella, ante el silencio de mi esposa, siguió dando instrucciones para la entrega.

–  Podemos quedar esta tarde sobre las seis. Vivimos en Chueca. Si no le importa le doy nuestra dirección para que usted se pase y nuestro teléfono móvil.

Los temblores de mi mujer comenzaron a ser violentos. ¿Por qué no quedar en un sitio público? Una persona normal, si se encuentra tirada una cartera en la calle con documentación ajena, pues va y la regresa en una comisaría o, en último caso, llama al afectado y queda con ella en un lugar público… no intenta quedar en un piso. Me eché a temblar yo también. ¡Esto sí era raro y por fin entendía la paranoia de mi mujer! Ella apuntó en un papel la dirección que le dio la voz, cortó el teléfono como una autómata, y se dirigió de cabeza al frigorífico a meterse a la boca una alcachofa.

La miré entre triste y preocupado. Antes de ponerse a dieta para perder esos kilitos de más se pasaba el día entero mirando por la ventana mientras la casa se llenaba de polvo, los ratones se iban de camping al salón y las cucarachas desayunaban tostadas con mantequilla en la cocina. Me moría por dentro de verla aturullada de ese modo y yo mismo la insté a que hiciera la dichosa dieta en su día. Para ayudarle anímicamente a que sólo se dedicara a bajar de peso contratamos una asistenta dominicana para hacerle la vida más fácil pero nos duró poco porque la sorprendí robándonos comida. La doberman, le puse de mote, porque cuando la descubrí me mostró los dientes blanquecinos en una sonrisa cruel y salió de casa dándome un empujón contra el microondas. Desde ese día me prometí no facilitarle en nada el trabajo a mi mujer porque le daba igual lo que hiciera por ayudarla. Estábamos gafados, todo nos salía mal.

Después que la doberman se fue de casa las cucarachas se mudaron y volvieron a instalarse en nuestra cocina como si estuvieran de vacaciones. La casa estaba descuidada, mi esposa estaba en pleno trance de convencerse que jamás adelgazaría y el frigorífico se quedó en blanco, funcionando sin parar, enfriando dos botellas de agua del grifo, los tuppers de las alcachofas y los restos de una lata de paté verduzco. Llegar a casa y abrir la nevera resultaba más triste que oír un tango. Yo creo que mientras tuvimos a la doberman mi esposa fue realmente feliz (porque sólo se dedicaba a la dieta sin hacer nada), pero yo muy desgraciado (porque con dieta o sin ella siempre me tenía que bajar al bar a comer comida decente)

Eran las cinco de la tarde. Mi esposa seguía en la cocina dándole de patadas a las cucarachas y hablando con la policía. Ellos la escucharon atentamente, pero yo no. Yo hacía que escuchaba asintiendo como un mono porfiado, aburrido y resignado a pasar un fin de semana paranoide escuchando todas las invenciones que mi mujer iba soltando por su boca.

-¡He pedido que un par de policías nos acompañen a la cita! ¡Viene una patrulla a casa y nos acompañan a ver al que tiene mi cartera! ¡Nos van a acompañar, nos van a acompañar! ¡Después de esto vuelvo a fumar!

Cada vez que la escuchaba era oírla haciendo rimas y versos ¿O sería que me estaba volviendo tarado? Rebusqué en los bolsillos de mi chaqueta de franela y saqué un paquete de tabaco amarillento que tenía para las emergencias cuando se me acaba el de liar (no fumo más que un cigarrillo al día) y se lo ofrecí. Ella cogió uno desesperada y se calzó sus únicos tacones con el piti sin encender pegado a los labios. Esta vuelve a fumar fijo, pensé.

Salimos a la calle. Allí en la esquina ya nos esperaba una patrulla. Mi esposa se había encargado de pintar la situación poco menos que aterrorizante y la policía, bien por aburrimiento, bien de agonías, se lo había tragado todo a pie juntillas. Y fue así que partimos en el coche patrulla con dos polis, más resguardados que la Princesa de Asturias al barrio de Chueca. Por mi cabeza, luego de ver aquella situación vergonzosa, sólo pasaba el sentimiento que ojalá al bajar del coche patrulla pasara volando sobre mi cabeza un águila real gay de doscientos kilos que me raptara para llevarme lejos. Pero nada, oye.

Fue bajar del coche de los polis y sonar el móvil de mi mujer.

– Hola, somos los que tienen su efectos personales – dijo la voz a través del altavoz activado para que la poli escuchara todo – Mire, que le doy el piso para que suba a recogerlas… ¡cof, cof, argh, cof!

– ¿Pero porqué no baja usted al portal? – preguntó tartamudeando mi mujer.

– … Es que estoy muy enfermo… ¡cof, cof, cof! – Respondió el individuo – ¿No le importa subir, no?

Mi mujer colgó el teléfono realmente asustada y ya fue un no parar: ¡Qué fuerte! ¡Qué quiere esta gente de mí! ¡Qué hubiera pasado si vengo sola e indefensa! ¡Que deben estar armados! ¡Que deben querer darme alguna droga para dejarme tiesa y robarme los órganos! ¡Que deben ser etarras que querrán que les dé todo el dinero de mi cuenta para atentar! ¡Que lo mismo son talibanes! ¡Que el tío ese se está haciendo el enfermo pero lo mismo es todo mentira para que piquemos! ¡Deben ser todos asesinos seriales, que digo, marxistas leninistas! ¡Lo mismo son del partido de la Esperanza Aguirre y quieren comerme el coco para que les de todo mi dinero! ¡Ay, ay, ay! …

Tuve que cogerla de los hombros y meterle un buen meneo hasta despeinarla porque no había modo humano que dejara de soltar teorías conspirativas. Uno de los polis reía pero el otro, el más viejo, estaba realmente preocupado. Tocamos al piso que nos dijeron y una voz como de un muerto nos dijo que al llegar al quinto piso nos bajáramos del ascensor y subiéramos caminando hasta el ático. Fue escuchar esto y cortar el telefonillo para empezar la misma retahíla: ¡Que nos esperan armados, que es una trampa, que nos quieren dar matarile, que son todos drogadictos o del Foro de la familia cristiana, que jamás debimos venir, que a mí qué me importan las llaves de casa y la madre que parió a las tarjetas, que por qué no nos vamos por donde vinimos… ay ay ay!

Nada. La policía poco caso hizo a las quejas y nos empujó al portal para subir al ascensor hasta el quinto piso aquel.

En mi cabeza florecían teorías aun peores que las que sudaba mi esposa. Fijo, pensaba yo, que nos abre la puerta uno de esos locos con un cuchillo en la mano que nos dice, entre risitas, que acaba de tirar al perro por el balcón a la calle o que se está haciendo una sopa con las tarjetas de crédito. Cosas así.

Salimos del ascensor los cuatro hechos un ovillo y tocamos al piso que nos dijeron. Un hombre pálido, muy pálido, con un perrito en los brazos, de esos que no sirven para nada, abrió la puerta y prácticamente se le cayeron los ojos al suelo al vernos con la pareja de policías.

– ¡Dios mío! ¡Virgen santísima! ¡Porqué me hace esto a mí, que yo soy dominicano y estoy ilegal y me trae a la Migra a la puerta de casa! ¡Que yo sólo quería ayudarla a recuperar su cartera y mire usted lo que me hace! ¡Ramón, Ramóooooon!

El hombrecito se metió en casa y nosotros con él empujados por los policías que empezaron a soltar preguntas a diestro y siniestro a una vieja sentada en una mecedora que no se enteraba de nada. Un chico delgado, con pintas de diseñador de moda, con unos pantalones ajustadísimos, descalzo, los pelos verdes y un piercing que pesaba más que él y su presunto novio salió al dintel de la puerta, donde estábamos, con cara de pocos amigos.

– ¡¡¡Maricóoooon!!! – dijo a viva voz – ¡te dije que dejarás la cartera de esta cabrona tirada en la calle que por ir de buena gente ahora nos van a dar por culo!

El poli más viejo se adelantó y les gritó que le dejaran la cartera a mi mujer. El chico enfermo se metió a uno de los cuartos temblando y salió de él con dos bolsas del Mercadona: una traía dentro la cartera y la otra las tarjetas, las llaves y la documentación. De los setenta euros ni rastro. El chico alargó las dos bolsas a mi esposa y se escondió detrás de su novio temblando de miedo farfullando algo como que mañana mismo se regularizaba.

Mi mujer cogió muerta de miedo las dos bolsas y las vació en el suelo para ver que estuviera todo. El chico enfermo ahora sólo decía para sí mismo que la próxima vez que se encontrara algo en la calle lo dejaba ahí aunque le dieran por culo al dueño.

– ¡Vosotros me habéis llamado anoche a las tres de la mañana a casa! ¡Cómo supisteis mi teléfono! – gritó mi mujer.

– Lo buscamos por Internet… por el nombre salís en la guía residencial – respondió el novio del enfermo.

Los polis verificaron que todo estaba en orden y nos conminaron a irnos, aunque se cercioraron que no queríamos denunciar a la pareja por robo de carteras. El rostro de mi esposa se tornó violáceo y, llena de odio respondió que no, que ya extranjería se encargaría de ellos.

– ¡Esto es discriminación, mala persona! – nos gritaron los dos chicos a la cara.

Lleno de vergüenza aparté a mi mujer y le dije que dejara todo como estaba, que a mí me parecía que los chicos eran sinceros y que dejáramos de hacer el ridículo. Pero ella venga a porfiar que había que denunciarles ahora que veía que sacaban las garras. Finalmente el poli viejo nos dijo que si estaba todo en orden que nos fuéramos a casa. Salimos con ellos en medio de gritos de la pareja que cerraron la puerta de un portazo detrás de nosotros. En el descansillo mi mujer tuvo una crisis y se echó a temblar como una gelatina de fresa, con las dos bolsas en la mano y las llaves de casa tintineando dentro de ellas. Al llegar a la puerta del ascensor ella retrocedió y dijo que no se montaba ni loca porque lo mismo estos dos lo bloqueaban o hacían algo para que cayera a la primera planta con nosotros dentro y se me zafó del brazo para bajar corriendo las escaleras con los polis detrás persiguiéndola para que se calmara.

– ¡Que nos van a seguir! ¡Que quien te dice a ti que no hayan hecho copias de nuestras llaves y esta noche manden a unos latin kings a rajarnos la cara! ¡Que lo mismo están armados y ahora estarán llamando a todos sus amigos que nos deben estar esperando en el portal! ¡Que nos vienen siguiendo! ¡Que nos van a seguiiiir!

Llegamos al portal y los polis nos ofrecieron llevarnos a casa en la patrulla. Pero yo no quise. Algo me carcomía dentro. Les pedí que se llevaran a mi esposa y a mí que me dejaran unas calles más allá porque tenía la idea de que algo no cuadraba en esta historia y necesitaba salir de dudas. Los polis me aconsejaron que no regresara y, que si lo hacía, era bajo mi responsabilidad. No quise escuchar consejos. Mi mujer estaba en tal estado de shock que me hacía dudar si dejarla ir a casa sola, pero finalmente ella accedió diciendo que me iba a estar esperando en casa y, que si no abría la puerta, que llamara a la vecina porque seguramente se iba a meter un par de lexatines para quedarse frita lo antes posible. Me bajé de la patrulla convencido que, con las pastillas que se iba a tomar, no me la encontraría enredada entre las cuerdas de la ropa con las pinzas clavadas en los ojos.

La duda me revolvía las úlceras y no me dejaba vivir. ¡Tenía que oír la versión del chico enfermo para quedarme tranquilo!

Caminé de regreso al piso en cuestión, creyéndome Sherlock Holmes, y volví a dar en el timbre. Una voz muy asustada respondió. Cuando le dije que se trataba de mí y de que venía a pedirles disculpas me cortaron en seco.

– ¡Iros a la mierda! ¡Mala gente! ¿Por qué no vas a tocarle el timbre a la bagassa de tu madre? ¡Uno va por la vida intentando hacer bien a todo el mundo y así nos lo pagáis!

Estuve diez minutos intentando convencerles que venía solo y que sólo quería darles disculpas hasta que accedieron y me abrieron el portal. En esta parte de la historia pensaba, incluso, que sería justo que los dos chicos me metieran una paliza y la vieja de la mecedora me diera con ella en la cabeza.

Los chicos abrieron la puerta lentamente. Puse mi mejor sonrisa y les mostré las palmas de mis manos en señal de que venían en son de paz. Me dejaron entrar. La vieja ya no estaba; seguramente le había dado un yuyu con el susto de los policías y la tendrían sentada en el váter.

– Sólo quiero que sepáis que mi esposa y yo queremos pediros disculpas por haber dudado de vuestras buenas intenciones, pero es que todo pintaba tan mal que no nos dejasteis lugar a dudas para pensar de la peor manera posible – les dije – y me senté en uno de los sofás esperando a que se abriera el cielo y me cayera un rayo.

El chico enfermo se me acercó vacilante y se sentó a mi lado con la vena del cuello hinchada como un pez globo. Su novio se mantuvo de pie hurgándose el piercing de la nariz visiblemente molesto y diciendo algo así como que mi esposa era una esquizofrénica sin medicar, pero me tragué los insultos porque estaba convencido que nos los merecíamos.

La historia que el chico enfermo se resume en muy pocas palabras. Dice así…

“Anoche, como todas las noches, bajé sobre las dos de la mañana a sacar al perro a mear a la calle. Aunque estaba malísimo con esta tos lo hice porque mi novio trabaja de noche y, para la hora en que llega, el perro ya no da más y se mea en los sofás (precisamente en el que te has sentado). Bueno, pues salí dándome un paseo abrigado hasta las trancas por la nevada que cayó y, como ya no andaba nadie por las calles, le solté la cadena al chucho para que estirara las patas. El perro olfateó algo en la esquina de la cafetería del Colbi y cuando llegué junto a él se estaba meando sobre una cartera de mujer. La cogí y vi que estaba abierta así que la guardé y la traje a casa. Cuando llegó mi novio, una hora más tarde, yo estaba limpiando lo que había en la cartera en el fregadero para quitarle la peste a meado. Sequé todo y lo puse dentro de dos bolsas distintas y las puse sobre el termo para que con el calor se secaran. Mi chico cogió el DNI y con el nombre logró localizar vuestro teléfono fijo. Yo, por más que le insistí que no llamara a nadie hasta que fuera de día, él os llamó porque pensaba que si había unas llaves en la cartera pues alguien estaría fuera de casa muerto de frío por la nevada. Lo que él no pensó es que quizá sin llaves tu esposa no podría haber entrado a casa y, claro, nadie iba a coger el teléfono. Hoy, cuando os llamamos, nos pareció feo que fueseis tan desconfiados porque no sabíamos que os habían robado y les pedí que vinierais a casa porque estoy malísimo y llevo unos días que no me recupero y salgo lo mínimo. Todo esto convencido de que estábamos haciendo las cosas de puta madre, pero ya veo que no. Cuando abrimos la puerta y vimos a la policía se nos vino el mundo encima porque yo estoy ilegal y teníamos pensado casarnos pronto para tener los papeles. Nos pusimos muy nerviosos. Lo de entregaros todo en bolsas se entiende porque todo apestaba a orina de perro… Esa es toda la explicación. Ahora, si no te importa, nos gustaría estar en casa solos y descansar del mal trago”

Me levanté del sofá. Nunca me había sentido tan avergonzado. Caminé hacia la puerta con el orgullo entre las piernas, pero intacto, y el culo mojado de orina de perro.

En casa seguro mi esposa está esperando por mí, dopada. Es lo único que tengo en la vida y créanme, ¡Dios!, ¡Me está alcachofando la vida!

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