MR. PRINGLES & LA STUPID GAY BAND

Mr. Pringles sube las escaleras que llevan al baño de la cafetería en el subterráneo con un lefazo en el rostro por su cumpleaños. Sabe que su nombre recuerda a la marca de una patata frita, pero hay personas con nombres peores que el que él ostenta. Es consciente de lo que lleva escupido en el rostro, pero en ese momento no le molesta mostrarse tal cual ni cree molestar a nadie con tan escatológica mancha entre las barbas.

Mr. Pringles se sienta, con las piernas cruzadas como todo un caballero, en la cafetería a esperar a que lleguen sus cuatro amigos. Se lía un cigarrillo y se lo lleva a la boca cuidando que el filtro no se humedezca con la saliva mezclada con el chorrazo de lefa que comienza a escurrirle a la camisa. Se cansa de esperar y pide ese café con nata que tanto le gusta, nata de la de verdad, para acompañar el café pensando en su grupo de amigos que entrarán pronto por la puerta a saludarle el día de su cincuenta cumpleaños.

Será otra tarde de sábado escuchándoles hablar de sus cosas, de sus problemas, de la gente que no les quiere un ápice y de sus males de hombre sin esperanzas. A Mr. Pringles le da igual esperar, pero soporta cada vez menos ese deporte de quedar y hablar por hablar. Hablar en voz alta en los bares y las cafeterías para que todos se enteren de lo que te pasa y opinen a tus espaldas. Hablar por hablar con gente que se dice tu amiga, pero que hace años olvidó tu apellido.

“¡Estás loco o qué!”, le gritará en la cara Mr. Paranoico cuando llegue. “Los tiempos no están para estas tonterías”; insistirá y le soltará una retahíla de estupideces sobre el decoro y las buenas maneras. Mr. Pringles sabe que Mr. Paranoico es un pobre infeliz que gasta sus días encerrado en casa pensando que el mundo le odia y que por eso nunca nada le sale bien. Mr. Paranoico está solo y sabe que lo está. Mr. Paranoico llamará cinco minutos antes de la cita para decir que no viene porque conoce a demasiada gente por las calles y odia que le miren cuando está en los sitios públicos.

Mr. Paranoico ha llamado, pero Mr. Pringles no lo ha cogido.

Ahí viene entrando a la cafetería Mr. Falso, quien le mira de pies a cabeza como si fuese un elefante con una chaqueta de cuero rojo. Se sienta al lado de Mr. Pringles y le pregunta cómo hace para meterse en problemas un viejo ridículo como él con toda la cara enlefada de quizás quien que se le haya puesto a tiro. Mr. Falso es una arpía del tres al cuarto, una hiena bien vestida de D&G, envidiosa y fea y, que no soporta que nadie sea feliz mientras él es un desgraciado; es un caballero de los de antes que no puede vivir sin que los demás le presten la máxima atención que requieren sus aventurillas.

La frase favorita de Mr. Falso es: “Si va Mr. Insensible a esa fiesta que das, donde no conozco a nadie, entonces yo voy. Si él no va, yo no voy”. Mr. Falso no se explica la vida sin que los demás se desvivan por él y es capaz de inventarse toda una amalgama de aventuras inverosímiles  para justificar que ha llegado tarde a una reunión  ya que ha conocido al verdadero hombre de su vida aparcando su coche descapotable;  ligue que, por lo general, termina siendo igual que él: un hombrecito de derechas, muy religioso y de cerebro marchito (de esos que jamás se han ejercitado formándose una opinión propia de las cosas)

Mr. Falso, después de cada desilusión amorosa, se refugia en la Iglesia a rezar a ese añejo Dios de misericordia para que le ayude a sentirse bien haciendo su vida como Él le prohíbe hacerlo. Difícil traducir los pensamientos y acciones de Mr. Falso al idioma que la gente habla porque ni él mismo se entiende. Mr. Falso no ha alcanzado a pedirse nada de la cafetería y se levanta presuroso de la mesa para salir corriendo, de manera dramática, para que todos piensen que le ha pasado algo grave. Todos los presentes se mostrarán preocupados, todos menos  Mr. Pringles, que es más inteligente que nadie y ya le conoce y le trae sin cuidado las estupideces que Mr. Falso hace para llamar la atención y olvidarse de pensar en los demás.

Mr. Pringles cierra los ojos y sorbe otro poco de ese café reponedor y siente que sus piernas reviven de aquel polvo improvisado en el servicio de la cafetería que se regaló con un desconocido por su cumpleaños. La lefa resbala por su mejilla con cuidado, muy suave, muy suave y muy líquida mezclándose con el sabor de la nata del capuchino. Nata de verdad, no espuma.

Se abre la puerta de cristal y entra Mr. Irresponsable dando zancadas envuelto en su abrigo de visón (animalito que perdió su vida por vestir a una zorra como él) Desde un tiempo a esta parte Mr. Irresponsable comparte la opinión de Mr. Paranoico y cada vez sale menos de casa porque por todas partes se encuentra con gente con la que ha tenido alguna relación. La muerte le sigue a cada paso que da y el tiempo le apremia.

“Jamás le digas a nadie que soy cero positivo, jamás le digas a nadie mi secreto porque no quiero terminar siendo invisible”, repite siempre Mr. Irresponsable a sus tres amigos de confianza, “sé que tengo derecho a ser feliz, aun tengo mucho que dar; nadie me descubrirá”

Cada fin de semana Mr. Irresponsable encuentra el amor de su vida. Los lunes suelen ser días muy tristes para él porque la búsqueda se reinicia como lo haría un frío sistema informático. El amor puede llegar a ser tan mecánico.

“Y muchos a los cuales matar”, piensa Mr. Pringles sorbiendo su taza de café consciente que hay secretos imposibles de guardar más cuando se trata de salvar la vida de algún ingenuo de turno al cual Mr. Irresponsable haya convencido de pasar una noche loca sin protección.

¡A quién se atreva a contar lo mío le partiré la cara; se la partiré al bocazas y a la madre que le parió!

Mr. Pringles está cansado. La taza de café pesa tanto que apenas puede despegarla del plato. Mr. Irresponsable, sentado a su lado, no puede dejar de mirar a los chicos que pasan en dirección a la calle sin decirles cosas soeces para atraerles a su telaraña. Cinco minutos durará el café y el cigarrillo junto a Mr. Pringles para luego levantarse de la silla e irse a la calle despidiéndose con aquella frase tan manida e imbécil de “cariño, tú eres mi mejor amigo y te quiero más que a mi vida”. Todas las palabras dulces del mundo salen disparadas como disparos de metralleta cuando Mr. Irresponsable necesita justificarse y, así, parecer ante el mundo como la persona más encantadora de todas. Pero por dentro Mr. Irresponsable no soporta sentarse junto a Mr. Pringles porque es capaz de auscultarle y dejarle desnudo frente a sus intenciones y zalamerías y, menos, saber que éste es capaz de mirarle a los ojos convencido de que las idioteces no van con él. Y así Mr. Irresponsable saldrá por donde vino siguiendo el culo prieto de la próxima víctima de turno.

Mr. Pringles otro cigarrillo. Otro cigarrillo para Mr. Pringles.

Otro sábado triste con su mancha seca de lefa entre los pelos del bigote. Una mancha fría que le recuerda que está tan vivo como Mr. Irresponsable que jamás amó a nadie.

¿Cuánta gente falta por venir? Mira alrededor, la cafetería está bullente de personas y parejitas que se aman y él, en el centro, sólo con su café. El mundo está lleno de sonidos pero para Mr. Pringles el mundo es un sitio detenido en el tiempo, como si todos nos moviésemos en cámara lenta buscando detener aquel momento de felicidad que tanto nos costó manipular para llegar a él.

¡Ha llegado mi mejor amigo! ¡Ha llegado Mr. No-sé-qué-hacer-con-mi-vida! ¡Mr. Confuso es el mejor!

Mr. Confuso es incapaz de escuchar a nadie que no sea él mismo. Mr. Confuso sólo quiere un recipiente humano dónde descargar toda la mierda que se ha impregnado a su existencia como los cigarrillos sin encender que se pegan a los labios esperando el fuego de un mechero. Mr. Confundido y su perorata sin fin sobre la misma problemática y los mismos consejos repetidos hasta la saciedad ¡Entonces por qué nos cuenta su vida y sus problemas si no le interesa resolverlos! ¡Por qué tanta crueldad! Por suerte cuando Mr. Confundido vea que a Mr. Pringles no le interesa en lo más mínimo su estúpida existencia, se levantará de su asiento (sin haber reparado en el colosal lefazo que Mr. Pringles lleva) y simulará que le llaman por teléfono. A otro irá a contarle un nuevo drama por el cual perder el sueño y se irá lejos a deprimir a los que tengan la mala fortuna de acercarse a él.

Mr. Pringles se siente aliviado porque sus mejores amigos al menos se acordaron de que era su cumpleaños. Se acordaron de algún modo y estuvieron con él al menos cinco minutos.

Mr. Pringles se pone los cascos para no escuchar a nadie y se va de aquella cafetería envuelto en la voz de Tom Waits.

“…El es un delincuente juvenil que nunca aprendió a comportarse

¿Hacia dónde vas tú?, dijo. Algunas noches, mi corazón late como un trueno,

yo no sé por qué no explota…

Quiero llegar antes de que salga el sol en Burma Shave…”

Mr. Pringles es un guarro, pero lo lleva en la cara. No hay engaños.

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