LA SEÑORA MIHAU

Porque la Dra Romaria tenía que volver, porque las heroínas nunca descansan; se quedan quietecitas unos días pero apenas se huelen que afuera en la calle hay lío e injusticias, salen disparadas a echar un cable a quienes lo necesiten.

Bueno, bueno… pero antes de seguir… ¿Os habéis leído el cuento de la Doctora Romaria? ¿Qué no? ¿Pues entonces cómo vais a entender este? Venga, leer el otro antes y volver. Yo os espero aquí, en el segundo párrafo.

Ese día, como todos los sábados, estaba la Dra. Romaria intentando lavar a su gatuno estelar y, toda empapada como estaba desistió al ver que no había modo humano de mojarlo ni cepillarlo con el peine para gatos rebeldes. Así que, ni corta ni perezosa, le endiñó la tarea a la Sra Mihau (pronúnciese “Nijau” como si estuvieras en China y dijeras “hola”) la que, sin remilgos, cogió el gato de las patas y le dijo amenazante: “Te vas a entelal, gato y la madle que te palío”

Vamos a detenernos un poco en esta señora achinadita que cuidaba y ayudaba en las tareas del hogar a la Doctora, y veremos que primero: En este tiempo ha estado yendo a clases de español en la Escuela Oficial de Idiomas y gracias a eso y a las charlas que se mete con los Hermanos Jevis de Gran Vía, día a día, aprende mogollón incluyendo palablotas… digo, palabrotas.

Segundo; su nombre se pronunciaba con “N” por puro error ya que en su DNI se habían equivocado de letra y le habían calado una “M” por toda la cara. Cosas que ocurren.

Tercero; bueno, creo que no había tercero. Ya me acordaré.

Como os contaba; una vez que el gato quedo limpiecito y la Sra Mihau bien rasguñada, la Dra Romaria se aprestó a salir a la calle, pero antes se acercó al ventanal con vistas a la estatua del ángel del Edificio Metrópolis y se perdió en su belleza. ¡Ah! ¡Qué estatua de mujer más hermosa, desnuda, alada y en la cima observando la ciudad! Dentro de su ser se sentía como ella: vigilante, atenta a cada detalle y al borde del abismo existencialista.

El gatuno le daba patatas con una pata en el abrigo para salir a la calle a echarse una vuelta por Lavapies (lo que pasa que el gato era un listo y sabía que en este barrio era donde más cosillas de comer le daban: desde restos de pescado hasta restos de bocatas y tapas como en el Bar Revuelta de Argumosa) así que la Dra Romaria no tenía más remedio que abrir el carrito de la compra para que se metiera dentro de un brinco y volviera a salir con un billetito para la Sra Mihau.

La Sra Mihau ¿qué era lo que iba a contar de ella? ¡Ah! Bueno, todo parece indicar que su historia debería ser exótica como las vidas de esas mujeres que nacen en países con volcanes en erupción, que crecen corriendo en pelotillas por la playa y luego las rapta un barco pirata donde las esclavizan vistiéndolas de sirenas para largarlas a las calles de Estambul a limosnear. Pero no. Nada más lejos de la realidad.

La Sra Mihau era (y ahora sí que estoy seguro) de un país largo como un fideíto que está al lado de Argentina -lo digo así porque en USA no sabrían decir donde está Chile en un globo terráqueo ¿Os lo podéis creer? – Aunque después de todo ¡Hasta ellos saben de donde es Maradona!

Vale, la Sra Mihau era chilena, del norte parece ser, medio atacameña, medio de Jujuy y de padres chinitos que emigraron por esas latitudes cuando la fiebre del cobre (fiebre que aun afiebra esos sitios) y que, con los años, se quedaron a vivir allí con los pulmones silicosos como le sucede a todo aquel que vive de la Minería. Creció bajita, porque sus padres y abuelos lo eran, y se quedó estancada en el metro sesenta coronada con una coleta que poquito a poco tornó a gris porque nunca se casó con ningún hombre. No por falta de ganas de tener una familia, que yo creo que las tendría como cualquier niña chinita en tierras desérticas, sino más bien porque desde pequeña la pusieron a trabajar de interna cuidando generaciones y generaciones de niños malcriados que iban al San Luis y niñas déspotas, pero muy cristianas, que iban al Santa María. Eso hasta que llegó el día nefasto que se encontró con uno de tantos niños que vio crecer y éste, avergonzado junto a sus compañeros de la facultad de Derecho, le dio la espalda dejándola con la palabra en la boca y la lágrima de felicidad por el reencuentro en la garganta. Y dijo basta.

¡Basta de cuidar niños ajenos!, basta de limpiarles la boca después de comer, de llevarles al colegio y traerles de vuelta, de aguantar las tonterías de las madres y los padres respecto a su alimentación, de ayudarles con las tareas, de disfrazarles en Halloween y de consolarles cuando los padres les ignoraban. Así, de tan menudita que era ella, salió una pequeña guerrera que decidió coger los ahorros de toda una vida para irse más allá de Juan López a buscar a quien le necesitase de verdad y, al menos le echara de menos.

Fue un momento algo triste hacer las maletas, pero no por lo que dejaba atrás (dos niños rubitos que terminaría de criar quien sabe quién) sino por lo poco que tenía para meter en su maleta que olía a nueva de la Feria las Pulgas de Antofagasta. Y dentro metió sus tres blusitas con dibujos de chinitos acarreando agua, su falda escocesa (si, tenía algo de mal gusto, pero si el gusto se midiera por todo lo que una persona puede aguantar trabajando sin parar a ella deberían darle un Oscar). Poco le costó hacer hueco para un montón de cartas de sus padres, que ya no estaban con ella, de cuando trabajaban en María Elena e intentaban convencerla que se regresara con ellos a atender el Almacén donde se compraba con fichas de juguete. Y poco más: unos libros en chino, unas alpargatas que se metía cuando le dolían los juanetes y un abrigo que casi nunca se puso.

Después del incidente con el niñato petulante se despidió de la familia donde trabajaba en calle Condell sin decir palabra alguna y con un sonoro portazo. Nunca sabré qué razón la llevó a negarse a aprender español; sólo sé que ella sola aprendió chino, inglés, francés y algo de ruso porque le dio la gana. Quizá sabía algo, pero puede que le haya dado cosa que se rieran de su pronunciación y el orgullo le pudo más. Sólo de este modo se entiende que todos los niños que cuidó hoy en día sea políglotas y algo petulantes, aunque ninguno heredó de ella su orgullo, valentía y sacrificio. Bueno, no exactamente, una de las niñas que crió terminó siendo monjita ¿eso cuenta?

De Chile sólo se trajo el recuerdo de la televisión de esos tiempos. Sus Sábados Gigantes y ese gordo que la entretenía tanto con el ¡Dispara usté o disparo yooo!, el Jappening con Ja y a la Mansa Woman (su heroína porque era una abuelita que se metía dentro de un frigorífico y salía echa un portento de mujer montada en una ridícula bicicleta y un paraguas), su culebrón preferido “Marta a las ocho” que dibujaba su realidad: ¡China!, a las ocho entran los niños al colegio, China que tengo prisa, china plánchame la camisa, china sírveme el almuerzo, china hoy no libras porque tengo invitados a cenar, china hoy libras porque no quiero que la vean mis suegros… Cosas así, del diario vivir de una nana puertas adentro.

– ¿Quién te va a contratar ahora así, vieja y coja, y encima con ese nombre de gato que tienes?

– ¿Dónde vas chinita, no ves que nos vamos el fin de semana y ahora quién se queda con los niños?

– ¡Que se queden los sueglos! – dijo ella cogiendo su maletita orgullosa y caminando hacia la puerta sin mirar atrás y sin decir ni media palabra más. El portazo sería como mil palabras a mil por hora. Y así fue.

Salió a calle Condell. Estaba nublado como se nubla todas las tardes de invierno en Antofagasta y se fue a una agencia de viajes de calle Latorre, se compró un billete a Europa (ya decidiría donde largarse, lo importante era irse lejos) y se metió en el principal hotel de la ciudad, hasta que llegara la fecha de su vuelo, quedándose encerrada con las ventanas cubiertas por unas finas cortinas para no ver los cerros de tierra, ni el océano Pacífico, ni el Club de yates de al lado, ni la piscina, ni la playa privada del hotel donde no dejaban entrar rotos, ni la Plaza de Armas que estaba más allá de la oficina de correos. No quería nada con la ciudad que la había ignorado toda su vida.

¿Eso de que tu ciudad no te extrañe debe doler, no?

Ahora, si me permiten, voy a darle un descanso a la Sra Mihau porque eso de las ciudades que te aceptan o rechazan es algo verdadero como un puño en alto. Antofagasta, la perla del desierto, había sido eso para ella: un puño en alto y cada vez que recordaba la mano del desierto la imaginaba como una gran mano de piedra que le decía ¡Adiós y no vuelvas más, china con nombre de gato!

Cada persona vive o debe vivir en la ciudad que le acepta y le acoge. Yo creo, incluso que las ciudades en función de su fecha de fundación, tienen signo zodiacal y todo. Por ejemplo, Madrid es sagitario dicen, y según esto es una ciudad que te acoge con las manos abiertas o te echa fuera así, sin términos medios. ¿Curioso, no? ¿Cómo será Santiago de Chile? ¿Buenos Aires será susceptible? ¿Hará frío en París? ¿Hacia donde vuelan las palomas en Caracas? ¿las voces de la llamada a la oración de Estambul viajarán por el aire hasta llegar a Jerusalén? ¿Podrías caminar tranquilo por las calles del Cairo? ¿Será realmente una maldición ser ciego en Granada? ¿Adónde podría ir la Sra Mihau con ese nombre de gato para empezar de nuevo y ser feliz? ¿Puede una vieja chinita, algo coja, empezar de nuevo casi al final de sus días?

Y la Sra Mihau se levantó de la cama y se montó en el furgón que la llevaría al aeropuerto de Cerro Moreno un día de invierno a la capital y de allí a España donde se quedaría en una pensión cualquiera a pensar dónde irse después, sólo deseaba mudarse a una ciudad donde tuviese la certeza que la extrañaría al irse si se iba, donde quizá echar raíces y ver otras caras que le sonrieran al ver su cara arrugada como una pasita.

Aun recordaba el día aquel en que salió del aeropuerto de Barajas y sintió el calor de la bienvenida y, valiente como sólo podía ser ella, se montó en un metro, que era como un gusano bajo tierra que la meneó hasta despeinarla y la escupió en Nuevos Ministerios. De allí caminó por la Castellana con la maleta con ruedas arrastrando hasta que se cansó y pidió un taxi para que la llevara a una pensión donde dormir por días.

El primer amanecer la despertaron los gritos de gente joven que chillaba por las calles de regreso de unas fiestas y gritaban algo así como el orgullo para arriba, el orgullo para abajo y eso le bastó para decidir que allí se quedaría; en esa ciudad orgullosa como ella con gente que vive en las calles y no se calla nada.

Cosas del destino, dicen muchos, pero el primer trabajo que tuvo fue en la misma pensión donde vivía fregando el portal – que era lo que mejor sabía hacer – y así, poquito a poco fue haciéndose conocida por los transeúntes que la saludaban al pasar calle arriba por Fuencarral. Los domingos se iba a darle miguitas a las palomas del Retiro y se quedaba embobada viendo las estatuas de los edificios de la Gran Vía especialmente en la estatua de un ángel que se erguía en el edificio Metrópolis. ¡Cuánta belleza en un simple trozo de metal!

Como era curiosa se acercó al portal del edificio que estaba al frente y tocó todos los telefonillos hasta dar con el del ático para pedir que la dejaran subir y ver la estatua de más cerca, aunque sospechaba que desde esa ubicación no le vería nada más que el culete. Subió las escaleras hasta la última planta, porque quién le abrió la confundió con alguien que repartía publicidad, y llegó boquifloja. Una extraña mujer pelirroja le abrió la puerta y le preguntó:

– ¿Sabe usted lavar gatunos?

Y así fue como la Sra Mihau conoció a la Dra Romaria, que siempre le abría el portal a los repartidores de publicidad porque ése era su trabajo y a nadie molestaban.

Puede decirse que las coincidencias existen o no. Pueden decirse muchas cosas bellas e inventarse cosas y hechos intrincados para disfrazarla de destino inconmensurable, pero nadie podrá decir que las coincidencias no son un milagro. Pequeños actos cotidianos pueden resultar en grandes aventuras, después de todo ¿de qué están hechas las coincidencias? ¡Pues de aventuras!

La Sra Mihau entró a la casa de la Dra Romaria haciendo hueco con el pie entre folletos, libros, papeles, discos, cajitas de música y vinilos hasta abrirse paso al balcón y, sin que mediara palabra, se le iluminó el rostro al ver de tan cerquita el culo del ángel y sus alas enormes. A su lado se plantó un gato anaranjado chorreando agua que se quedó ensimismado como ella ante tanta belleza.

– ¿Dónde está el baño pala el gato? – dijo entre sonrisitas recordando que sabía español – y muchas lenguas más – pero no lo practicaba porque no le daba la gana (cosas de chinita orgullosa)

Desde ese día, la Sra Mihau comenzó a limpiar y ordenar ese piso lleno de cachivaches, se propuso cuidar a esa pobre mujer sola que de vez en cuando se perdía por días y, cuando se cansó de pagar la hostal, se mudó con ella, le abrió una cuenta de ahorro y fue depositando allí un alquiler simbólico. Después de todo sentía que le debía más ella a la Dra Romaria por acogerla que al revés y, si había gastado tres partes de su vida en criar niños desmemoriados, que más le daría a ella ahora cuidar de una pobre vieja pelirroja y de su gato que a fin de cuentas la recordarían hasta el fin de los tiempos.

Así fue como la Sra Mihau llegó a la vida de la doctora: por casualidad. Y cada sábado ella se encarga de meter en remojo al gatuno que siempre vuelve oliendo a pescado de las pescaderías de Lavapies, los domingos acompaña a la doctora al Rastro a regalar vinilos viejos para que algún gitano le saque unas monedas, compra alguna planta, se comen un bocadillo de calamares y se echan unas risas con las mariquitas resacosas que van a echarse un baile a La Sista de La Latina, donde conocen al dueño, un hombre bajo y flaquito que habla a murmullos porque está traqueteomisado.

– ¿Está tlaqueteao? – intenta decir la Sra Mihau – pero aún le quedan palabras por aprender.

Para muchos la Dra Romaria no es más que una loca indigente sin casa (pero la tiene y ya veis, es una terraza con vistas al culo de un ángel), que no tiene qué comer, con un gato feucho que huele a pescado, y que a veces para evadirse se pone unos cascos antiguos para escuchar a Grace Jones. Pero ellos ven solo el exterior porque si se detuvieran verían que la Dra Romaria es otro ángel que recorre las calles de Madrid cambiándoles el nombre y confundiendo a los turistas, para ayudar a quién le haga falta. Para muchos esa es la doctora; una loca más. Para la Sra Mihau es su propia versión de la Mansa Woman; una mujer especial que ha trascendido la realidad de una ciudad y la ve con ojos de niño que en todo ven magia viva.

Puede decirse que la chinita esta, arrugada como una pasita, siente por la doctora lo que sentía Sancho por Don Quijote y, en pequeñas cosas, ven grandes aventuras a la vuelta de cada molino… digo, esquina. Por esa simple y poderosa razón jamás la abandonaría, no mientras ese gato huela a pescado.

Hay cosas que la Sra Mihau no entiende, como aquellos discursos políticos de ayuda al prójimo de la doctora, pero la apoya porque es su lucha personal y es que todos tenemos que tener una lucha particular por muy insignificantes que nos sintamos dentro de esta sociedad. ¡Hay que tener una razón para vivir! ¡Hay que dar hasta el último suspiro en búsqueda de la felicidad! ¿De qué vale vivir sin una meta? ¿Vivir donde te ignoran, morir donde te olvidan?

Y la Sra Miahu no dejó de luchar por ser querida por los que la rodeaban hasta que se hizo un huequito en las calles de Madrid y ya le conocían como la señora de la limpieza que curó del Síndrome de Diógenes a la Dra Romaria. Y todos se le acercaban cuando iba al super.

¡Ay Sra Mihau mi gato no se deja lavar! ¡Mis niños no quieren comer! ¡Qué va a ser de nosotros! ¡Cuando se enteren en casa me van a matar! ¡No encuentro trabajo! ¡No encuentro el amor!

A todos ellos les remitía a una habitación a solas a pensar. Pensar en sus vidas y lo que querían de ellas. Pensar hacia donde iban y hacia donde querían llegar.

Esa era la Sra Mihau, otra idealista.

No en pocas ocasiones tenía que salir a buscar por las calles a la doctora y siempre la encontraba en el bar de los hermano Jevis de la Gran Vía charlando sobre la vida y terminaban liándola en una de esas charlas sobre hacia dónde va la Humanidad. En esas reuniones bajo las luces de los edificios, se distraía y se alejaba un poco para comprarle el arroz a todos los chinos que vendían comida por la calle y regalarlo a las prostitutas y a todo aquel te tuviera hambre, qué más daba. ¡El hambre es el hambre en todos los idiomas y culturas!

Yo creo que ya no hace falta decir que la Sra Mihau era china como el bambú, y aunque estaba arrugada como una pasa, siempre tenía una colleja guardada para todo aquel niñato que escupiera en su ciudad ¡Su ciudad!

¡Sra Mihau, por dónde andarás! Este domingo me voy al Rastro a ver si os veo por ahí regalando los vinilos que lleváis en el carrito de la compra y, si no os encuentro, me iré a tomar una cerveza a La Sista y le preguntaré al viejito traqueteao’ si os ha visto pasar.

Porque mujeres como vosotras deben existir, ¿no? Porqué no iban a hacerlo siendo que toda ciudad, independientemente del signo que sea, siempre necesita habitantes como vosotras para dar la bienvenida a los nuevos que llegan y el hasta pronto a los que se van.

Vosotras no os vayáis nunca. Sin vosotras ¿qué sería de Madrid?

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