LA MATOCA

Hay cosas que mi madre no me contó jamás.

Aunque siempre le pregunté de todo como cualquier niño curioso, ella siempre contuvo mi curiosidad porque estaba muy ocupada buscando la manera de sacar a la familia adelante. Como sólo me divertía en mis fantasías y divagaciones, ella estaba tranquila. Cuando no estaba con Don Luis, estaba sentado en el banco de la calle viendo pasar a la gente calle arriba inventándome sus vidas.

Estaba la Juanita, una niña que era vecina nuestra que intentó enseñarme a hacer el pino pero casi me parto la cara. Estaban los críos del barrio con los que hacíamos competencias en el pasaje y ver quien corría más rápido. Estaba la señora Diana y la Guayita que me regalaban dulces si les cantaba algo. Lita, que era una chica morena, que era novia de muchos chicos del barrio. El extraño matrimonio con dos hijos que vivía en la esquina calle arriba y que, con el tiempo se separó, quedándose el esposo en casa solo con el hijo mayor y la hija yéndose a vivir con la madre que estaba algo chalada. El hombre éste trabajaba día y noche y las únicas ocasiones que les veía era cuando salían por la mañana, padre e hijo (de no más de ocho años) a trabajar todo el día y cuando regresaban muy entrada la noche (el niño nunca fue a la escuela y apenas era capaz de comunicarse como un niño normal). Cuando pasaba fuera de su casa algún fin de semana veía a través del cierre al niño jugar con su perro y era como ver a dos animalitos divertirse. El padre nunca le perdía de vista hasta que llegaba la hora de cenar y se encerraban en casa hasta el otro día. Cuando miraba a sus rostros siempre sentía mucho frío.

Esas son las personas más curiosas de las que puedo hablar ahora.

Y también estaba La Matoca; una anciana, que vestía una falda verde enorme, un chal y sobre los vestidos un delantal de cocinar. Cuando caminaba lo hacía apoyándose en un bastón de madera y cuando pasaba por la calle todos los niños corríamos a escondernos dentro de las casas. Era increíble, la calle se vaciaba rápidamente, incluso los adultos le temían y nunca supe porqué. Quizá era su locura la que espantaba a todos: los adultos temían que les insultase sin razón y los niños que terminaran dentro de su gran olla donde cocinaba a los desobedientes que no se comían la comida.

La matoca era una mujer de piel morena, aunque me costó darme cuenta de ello porque siempre parecía sucia, que se cubría la cabeza con un pañuelo de flores; estaba muy arrugadita y tenía un solo diente que le sobresalía por los labios. Estaba todo el día rumiando y al subir la calle lo hacía apoyando una mano en el bastón y el otro en los riñones.

Su casa estaba a tres calles más debajo de la mía y se ubicaba junto al centro deportivo de la barriada. Así que cada vez que había partido de futbol y la pelota caía a su patio (calle abajo) todos la daban por perdida. Algunos niños se aventuraban sobre las gradas y la veían salir de su casa hacia su patio y de ella aprendieron las mejores palabrotas que nunca pensaron aprender. Las que más usaba eran: hijoputas, cuececaldos, guachos y comemierdas. Con las risas de los niños se encabritaba aún más y no fueron pocas las veces que las emprendió a piedrazos creándole la fama de la loca de la falda verde.

Siempre fue una pesadilla tratar con ella.

Un día vino a comprar al almacén y no hubo dios que pudiéramos entender qué quería comprar así que se dio la vuelta y se fue sin nada. Yo salí de mi escondite y le vi irse. Su caminar era lento y apesadumbrado. Quizá tenía hambre y dentro de su locura sabía que necesitaba comer pero era incapaz de ir con el tiempo y éste terminó llevándose su cabeza como un tornado que se lleva los papeles a volar.

Ella bajó la calle y la seguí hasta llegar al cierre de su casa, calle abajo, y me apoyé en las calaminas que servían de reja. La matoca entró en su casa, salió al patio y me vio ahí arriba. Caminó hacía el único árbol de su jardín, y el más alto del barrio, y apoyó la frente en él balbuceando algunas palabras que no entendí. Le hablaba a su árbol.

A través de la puerta del patio que se dejó abierta, pude ver el interior de su casa. Estaba llena de basura, en algunas partes casi hasta el techo, tenía una silla de madera, una cocina donde cocinaba a leña y un catre desnudo. Me hizo una seña para que bajara por la calle y me acercara. Fui a golpearle la puerta y ella abrió con una bolsa en la mano y unas monedas. Entendí que quería comer así que me fui corriendo a casa y cogí cosas del almacén que yo pensaba podía querer comer: pan, té, azúcar, dulces, unas patatas y una botella de bilz. Cuando llegué a entregárselo le regresé el dinero porque mi madre no lo quería.

Los meses siguientes siempre que me veía subir me llamaba y me entregaba la bolsa para que le trajera de comer lo que a mí me viniera en gana.

Y así, cada vez que subía la calle insultando a todo el mundo se paraba en la puerta de casa y se quedaba mirándome sin hablar. Luego seguía caminando calle arriba hablando sola.

Un día, a la salida del colegio, le compré los dulces que sabía que le gustaban porque no se le pegaban en el único diente que le quedaba y salí corriendo a su casa. Al llegar a su esquina encontré una ambulancia en la puerta de su casa con unos hombres de blanco que la sacaban en una camilla. Uno de ellos me dijo que había tenido un ataque en el patio y que los niños de la cancha de futbol la habían visto a través del cierre y les habían llamado. Esperé a que se fueran y me colé en su casa a través de las calaminas. Empujé la puerta del patio y entré. Tuve que abrirme paso entre montañas de cartones, cajas vacías, plantas secas, ropa sucia de todas las tallas, cacharros y un montón de bolsas de basura llenas de fotos y hojas escritas a máquina con letritas negras y rojas.

Yo, a esa edad, llevaba poco en el colegio pero podía entender que esos eran poemas como los de Gabriela Mistral que nos enseñaban en el colegio. La Matoca escribía o escribió en alguna época remota. En una esquina tenía cajas llenas de libros viejos y revistas del Reader’s Digest de las que sólo aprecié las ilustraciones. Salí a la calle y me fui a casa antes que me echaran de menos, pero estuve semanas colándome en la casa para practicar la lectura con lo que ella escribió y con las revistas. Lo único malo era la peste que allí había, pero era una peste soportable porque olía a papel mojado, a encierro y a años de poesía que a nadie molestaba. De vez en cuando salía al patio y regaba su árbol para que no se secara con la esperanza que ella volviera y, si así lo hacía, que viera que había dejado todo como estaba pero había cuidado su árbol.

Pero ella no volvió jamás.

Un día sábado que me había levantado temprano me fui feliz a su casa para seguir leyendo pero la casa estaba abierta y unos operarios estaban talando el árbol, que cayó sobre el tejado de la casa, haciéndola añicos. Los días siguientes un corrillo de niños, entre los que me contaba, asistimos al espectáculo de la destrucción de su hogar y de la salida y entrada de extraños con bolsas de basura hacia el camión municipal. Algunos adultos comentaban que por fin se acabaría la plaga de ratas y cucarachas. Para mí, era como ver el incendio de una gran biblioteca babilonia.

Me arrepentí de no haber salvado sus libros y poemas pensando en que ella podría volver y, ahora los iban a destruir como basura. Los adultos no se detienen a pensar en las obras de arte que puede transmitir las manos de una anciana sola y abandonada, pero que no por eso deja de expresarse a través de cuatro palabras. El arte era invisible a todos los que presenciaban esa destrucción; mas sin embargo, para mí cada bolsa brillaba con toda la luz que despiden los libros viejos y que huelen a humedad.

La matoca era una artista que se había llevado el tiempo y cada vez que subía la calle insultando a la gente no lo hacía porque sí.

Insultaba la ignorancia de la gente, insultaba la comodidad de sus vidas, el estar día y noche quejándose de sus vidas aburridas, complacientes dejándose llevar por vidas que no querían vivir.

Insultaba a los niños porque sabía que vivirían las vidas que sus padres les transmitían. Insultaba a los jóvenes que se transformaban en padres prematuramente terminando infelices.

Insultaba al mundo entero por ser una incomprendida.

Y la Matoca murió de hambre entre sus cuatro paredes. Murió de hambre de cultura, hambre de música y de felicidad.

Pero no se fue de este mundo completamente ignorada: Yo me acordaba de ella cada día y dibujaba cosas, escribía cuentos sin pies ni cabeza pero que a mí me gustaban y así se me iba la cabeza a todas partes. Por ella empecé a escribir y no desistí en mi idea. Escribir por escribir. Hacerlo por placer y, si no fuera por los ordenadores hoy en día, mi casa estaría llena de cuadernos, libros y cajas llenas de papeles como estaba la casa de la Matoca.

Hay cosas que mi madre no me contó jamás, como por ejemplo que se podía tener cariño a alguien repulsivo y que se le podía extrañar y jamás olvidar, como a esa vieja coja que escribía poemas en una casa llena de basura.

Y yo, de vez en cuando, también le hablo a los árboles.

Anuncios