LA DESNUDEZ

– ¿No echamo’ un cigarrito? – preguntó Ariel cogiendo el paquete de tabaco y el bronceador para embetunarse de nuevo bajo la sombrilla del bar.

– Venga, vamo’ a echarnos uno – respondió Kiko, mientras llenaba un formulario para una agencia de empleo temporal.

Ariel le arrojó uno a las manos y buscó en el pequeño bar que tenía a los pies hasta dar con una botella. Se preparó un tinto de verano con hielo y  se lo bebió de un trago.

– ¿Tu quiere’ uno? – gritó a Salva, que bajaba por un sinuoso camino que llevaba al bar de la playa.

Salva abrió la puerta de cáñamo, soltó la mochila y se puso una copa. Sería otro domingo más de trabajo en el chiringuito de Benalnatura y debían preparar todo para los turistas alemanes: abastecer de licor, cortar limones para los mojitos, encender la máquina de café, hielos, poner algo de música flamenca chill out, enfriar algún vinito, gambas a rebozar y encender el fuego de la parrilla con forma de botecito marinero para los espetos. Minutos antes de abrir se juntarían los tres amigos y se darían un chapuzón en el mar, luego se desnudarían para atender las mesas con la misma energía adolescente de los andaluces de la costa del sol. Al finalizar la tarde guardarían todo y se pondrían una copa para charlar sobre sus vidas con esa paz que solo da el mar al anochecer.

Ariel, después del bar, prefería comer comida recalentada en microondas acostado en una blanca hamaca que colgaba de un par de columnas de la terraza y, cuando se acordaba cogía el libro de la autoescuela de Fuengirola, a ver si un día se sacaba el examen teórico. ¡Pero es que con este solecito y las niñas guapas no había dios que se concentrara! Y por eso se arrepentía siempre de haberse puesto con ello en verano. Era algo descuidado, sí, con lo que era su propia vida pero siempre tenía los ojos puestos sobre su primo y su mejor amigo como todo un padrazo aunque apenas tenía veintidós.

Kiko, el moreno menudito de dieciocho recién cumplidos, tenía la esperanza de salir de la costa e irse a vivir a otra ciudad donde seguir estudiando pero para eso tenía que seguir ahorrando y ahorrando aunque fuese “currando” en la semana en algún almacén de ultracongelados por la ETT y los fines en el chiringuito de su primo Ariel.

Salva, el mayor de los tres, no tenía una meta clara en la vida, por más que sus amigos se empeñasen en descubrirla. Sólo se afanaba por estar musculoso y bronceado, aunque últimamente se distraía con facilidad y había cogido el tranquillo a llegar siempre tarde, limpiándose la ropa, repeinándose y cuidando algo en su aspecto que no delatase lo que pasaba por su cabeza. Era una situación irónica: Salva pensando en ocultar algo a sus amigos y minutos más tarde se quedaba completamente desnudo frente a ellos para atender el chiringuito nudista. ¿Qué pensaba que podía ocultar?

Salva cogió una bandeja con copas y caminó hacia la primera mesa con clientes pero un vahído le hizo perder el equilibrio dejando caer todo al suelo y rompiéndose en mil pedazos.

– ¡Me cago en la puta, Salva, que vienes con una tajá como un piano a currá’! – gritó Ariel – ¡Rápido, quitar esos cristales que caminá en bolas por aquí va a ser más peligroso que ná’!

Kiko se puso las chanclas y puso un cartel de “no pasar”. Salió disparado al piso que tenían al borde del acantilado a por la aspiradora y Salva se quedó quitando los cristales con una escoba de ramas.

– ¡Tu donde va’ en bolas! – gritó Ariel a su primo lanzándole un bañador.

Kiko subió las escaleras hacia la carretera esquivando a los bañistas que bajaban con las sombrillas y las cubiteras con cervezas. Así, en la vida voy a ahorrá na’ si to’ el mundo se trae sus propias birras, pensó para sí mismo.

Salva se afanó en quitar los cristales del suelo con la escoba para que nadie fuese a cortarse los pies, pero era inútil, los cristales estaban pegados a los espacios entre las piedras y la madera. Se apoyó en la escoba y miró hacia el horizonte suspirando como si llevase miles de años desnudo frente al mar. Ariel se acercó a él y le puso una mano en el hombro.

– ¿A ti qué coño te pasa? – le preguntó – casi te prefería antes cuando andabas to’ el día liao tirándote a tos’ los tíos de Torremolinos.

Salva enmudeció. Sacó fuerzas y pensó cada palabra antes de decir nada, pero Ariel siempre se le adelantaba y le adivinaba el pensamiento.

– Yo sé lo que te pasa – dijo Ariel – es el tío ese que has conocío’ que te tiene agilipollao’ perdío’.

El tío ese: ése era el problema, ése era siempre el único problema que tenía su amigo en la cabeza: Sufrir como una chica las penas de un hombre.

Era difícil para Ariel como encargado de todo y, con todo el trabajo que tenían, indagar en lo que les pasaba a sus chicos y, más aún tratando estos temas completamente desnudos en la playa, rodeados de toda esa gente que venía a pasárselo bien.

– Hemos quedado para conocernos – dijo Salva – le he contado que trabajo en un chiringuito nudista y viene hoy a verme aquí.

– ¿Pero tu le conoces bien? – preguntó Ariel.

– Sí, llevamos viéndonos unos fines de semana, pero ahora viene a verme aquí al curro. Quiero que me vea en otro plan que de noche toa’ la gente es guapa y engaña.

– ¿Y sabe que ere’ chapero?

Salva bajó la mirada. Ariel era muy directo pero nunca le había dañado. Todo decía que estaba enamorado de chico aquel, pero no como otras veces en que no le avergonzaba que sus conquistas supiesen a qué se dedicaba.

Alzó la vista y miró a los ojos a su amigo con esa expresión de “por favor, no le digas nada” pero era difícil labor para un chico que llevaba años publicitándose en los periódicos de la costa y, gracias a eso y a un buen puñado de buenos clientes, había ahorrado mucho para tener el pisito del acantilado, con hipoteca, pero suyo y que compartía con sus amigos los meses de verano. Su deseo más ardiente era conseguir el amor sin necesidad de compartir su cuerpo con nadie a cambio de dinero y, principalmente, dejando de mentir porque tenía el derecho de buscarse la felicidad como todos.

Ariel le dio un par de suaves palmaditas en el hombro, pero sólo un par porque su amigo le daba miedo. Se conocían de pequeños y le quería como un hermano pero ahora que eran adultos se sentía cada vez más violento al tenerle al frente desnudo y sincerándose de esa manera. Dentro de sí veía que él era incapaz de lograr una transparencia como la que su amigo mostraba, pero lo intentaba.

Ariel llamó a su primo Kiko para saber porqué tardaba tanto pero éste no le cogió el teléfono fijo del piso del acantilado y se preocupó.

Los turistas comenzaron a llegar y se pusieron ambos a la labor de atenderles poniéndoles copas y espetos para comer prestando cuidado de que no pasaran por la zona de los cristales.

Kiko salió del piso hacia la calle con la aspiradora en la mochila. Caminó lo más rápido que pudo debido al calor que subía más y más y enfiló hacia las escalinatas que daban a la playa. En la esquina, de un coche mal aparcado, bajó un chico de unos treinta años vestido sólo con un par de bermudas y unas gafas de sol oscuras que se le acercó para saber dónde estaba la playa nudista.

– ¿A quién buscas, tío?  -preguntó Kiko.

– A un chico que se llama Salva.

– ¿Eres cliente de él? ¡No pensará éste irse por ahí contigo a folleteá con to’ el curro que tenemo’ hoy!

El chico no dijo nada. Se quedó de pie petrificado mientras Kiko bajaba las escalinatas a la playa con prisa pero al llegar vio todas las mesas sin atender que se desvistió con prisa y se puso a la labor de servirlas olvidando aspirar los cristales.

– Un tío, allá arriba, me preguntó por ti cuando venía – dijo Kiko.

Pero Salva no le hizo mucho caso y estuvo toda la tarde inquieto esperando por su visita. Entre copa y copa que servía aprovechaba para hacer alguna llamada de móvil pero siempre le salía el buzón de voz. Cada vez era peor; dejó innumerables mensajes de voz sin tener respuesta y finalmente derrotado se resignó a terminar la tarde cerrando el chiringuito y poniéndose a beber para luego irse a la sauna como en los viejos tiempos.

Ariel le observaba contagiado por lo que éste sentía y ya sabía lo que vendría ahora: un par de copas, un cigarrillo, el amor y los afortunados que tienen derecho a él. Tendrían toda una noche para disuadirle que no se marchara a una sauna y convencerle que el orden universal no tenía nada que ver con su soledad.

– Si no vino es porque no le mereces, tío.

– Si no vino es porque se enteró de algo.

– Pos ya está, chaval, no decir las cosas fue tu error pero el suyo fue crucificarte sin má. ¡Venga tío, que todo pasa!

Comenzó a anochecer y Kiko se vistió dejando a sus amigos charlar a solas. Cogió sus cosas para irse a casa y se despidió caminando hacia las escalinatas. Salva le detuvo y le dio un cariñoso beso en la mejilla.

– Te quiero un montón – le dijo – ¿Lo sabe, no?

Kiko se lo quitó de en medio porque los besuqueos le daban fatiga y le dio un abrazo. Subió por el camino hasta llegar a la carretera y, una vez arriba, advirtió que el chico aquel aun esperaba.

– ¿Conoces a Salva? – le preguntó.

– Claro, es mi amigo, tu debe ser el tío que ha estao’ esperando toa’ la tarde como un subnormá’.

– ¿Y tú también haces chapas? ¿Te mandó él a mí para distraerme mientras él trabajaba en la playa?

Kiko se detuvo dudando si defender a su amigo o partirle la cara a ese idiota, pero se dio la media vuelta y siguió caminando hacia casa dándole la espalda.

– ¡Putón! – le gritó el chico ése.

Pero Kiko le ignoró porque conocía a su amigo Salva mucho más que a aquel desconocido y eso era lo que más le importaba. Continuó caminando con la frente en alto orgulloso de haber alejado a su amigo de aquel hombre vestido con unas bermudas y unas gafas de sol, pero prejuicioso.

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