LA BOCA LLENA DE LECHE

Basado en la leyenda argentina de la Difunta Correa


Mi madre mira hacia arriba, hacia las estrellas que murieron años luz atrás y cree escuchar los quejidos de su agonía. Las estrellas, las mismas estrellas que durante toda mi vida escucharé que me gritan allá lejos en el desierto.

Mamo con más fuerza cogiendo con mi mano diminuta, pero firme, su teta para no morir aferrándome a la vida blanquecina que arranco de ella. En el suelo estamos tirados esperando el milagro protegidos por nuestros propios latidos ensordecedores. Hemos caído al suelo juntos, rendidos y sin fe, pero juntos y ahora resistimos el frío.

Las estrellas mueren cada noche y su luz sólo nos indica que es el último haz que acompaña al viajero solitario, el último quejido de una nueva muerte.

Soy demasiado pequeño como para abrir los ojos completamente y me apego más aun a su teta blanda porque siento frío.

Miro hasta donde me da la vista y observo sus pies sucios de polvo pero perfectos a la luz de la luna. Me siento afortunado por vivir aun. Su cuerpo está iluminado, su vestido hecho jirones y su boca seca porque la oigo respirar dificultosamente.

Sé que morirá primero y luego le seguiré yo cuando se acabe la leche y quizá – para cuando eso sea – nadie nos haya encontrado, pero habré muerto con ella.

Pasarán los siglos y muchos querrán explicarse el milagro de mamar de un cuerpo muerto y no encontrarán sosiego religioso en ello. Los milagros no pueden ser explicados.

Siento sueño pero el frío no deja que me duerma para siempre. Hay un silencio profundo. Intento abrir los ojos aún más para ver las sombras que nos rodean. Hombres y mujeres depositan ofrendas de rodillas, cosas extrañas, trenzas de cabellos negros como los cabellos de mi madre e imágenes de niños como yo que sonríen…

Miro al cielo y las sombras se van alejando. Un par de manos fuertes me apartan del cuerpo de mi madre muerta y me arropan en una faja. Ahora todo es subir y bajar por los cerros montados en un extraño animal. Son todo risas de hombres felices por haberme salvado.

Comprendo que me han separado de ella porque siento mucho hambre y uno de ellos me moja los labios con algo que parece leche hasta que me quedo profundamente dormido.

Y pasarán muchas lunas y morirán muchas estrellas más, pero su recuerdo permanecerá en el mismo sitio esperando a que mis días acaben y regresar a su lado por la ruta Sanjuanina.

Cuando muera volveré al mismo sitio a mamar de su teta.

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