EL BRUJO POLACO

Por muy larga que sea la noche, el amanecer llegará.

– Refrán africano –


Siendo niño, una noche de esas que me daban las catalepsias – digo esto porque no se cómo llamar a este fenómeno mezcla entre rigidez de la musculatura, falta de oxígeno y la sensación de que tu cuerpo levita como en el desdoblamiento – tuve la idea de dejarme llevar donde ésta quisiera. Fuera lo que fuera me estaba arrancando de este universo y me había ganado la batalla. Dejé que el pitido aquel inundara mis oídos y la cabeza se me pegó a la almohada como si una gran mano negra me la apisonara. Me sentí hundir en la cama y luego absorbido por un gran agujero en la tierra. Y desperté de la pesadilla como en la noche boca arriba de Julio Cortázar.

Estaba dentro de una casa de madera en medio de un bosque de noche. Era un adulto de unos treinta o cuarenta años, vestía de negro completamente, tenía el cabello del mismo color largo, muy largo como también las uñas de mis manos. Unas manos muy grandes. Observaba mi cuerpo desconocido como si fuera un enano vestido con ropas de gigante; tenía una gran musculatura como un cazador que caza para comer, y me dolía el rostro no se porqué. Calzaba unas botas de piel y sin embargo tenía frío. Creo que nevaba. Me acerqué a la pared de madera y a través de los resquicios pude ver hacia fuera todo rodeado de árboles negros muy altos y en el cielo había luna llena. Me acerqué al fuego de una especie de chimenea en el centro de la estancia y me senté al borde de la cama que se parecía mucho a la que tenía Don Luis. A mi alrededor me rodeaban gatos de todos los colores y tamaños que no paraban de maullar insistentemente de hambre. Mi boca emitió palabras en un idioma que desconocía. Palabras cansadas, como dichas una y otra vez.

–        Gdzie muszę się przesiadać? (¿Dónde tengo que hacer el transbordo?)

Me incorporé asustado de la cama por unos ruidos y murmullos que venían del bosque. Los gatos comenzaron a dar saltos por toda la habitación y el fuego se apagó de improviso por una gran bocanada de aire frío que entró de la puerta que se abrió violentamente. Afuera estaban ellos que venían a por mi. Traían en las manos teas encendidas y estaban decididos a matarme.

Me sentía lleno de odio contra esa marabunta de gente. No conocía a quienes venían ni qué les había hecho, pero sospechaba que algo muy malo. Eché atrás ¡La casa estaba ardiendo en llamas! Los gatos comenzaron a maullar tristemente, algunos se lanzaban contra la puerta pero los hombres oscuros se encargaban de atravesarles con picas para que no escaparan, otros se golpeaban contra las paredes intentando escapar y otros se escondían bajo la cama. Miré hacia la puerta, había un par de hombres que venían sobre mí pero se detuvieron estupefactos al ver que un par de gatos me mordían las piernas y los dedos de las manos. Caí al suelo y los gatos se me echaron encima mordiéndome el rostro. Pronto estaba completamente ensangrentado. Levanté la mirada. El hombre aquel blandía una pica que levantaba en el aire para matarme como a los gatos que intentaron escapar.

–        Cuando salgas por esa puerta caerás muerto – le dije.

Desperté llorando con un fuerte dolor de pecho.

Desde ese día y hasta que cumplí veintitantos tuve pesadillas relacionadas con desastres naturales. A veces viendo caer aviones gigantescos en el medio de la ciudad a oscuras, otras con un gran terremoto que abría la tierra a mis pies y otras con una gran ola que cubría los edificios de la costanera de Antofagasta con sus aguas grises tapando hasta la cima de la cordillera de la costa y las gentes intentado escapar del mar.

¿Cómo llamar a este lapsus? Un día te acuestas a dormir y te vas, lejos, a ocupar el cuerpo de otra persona que vivió en un tiempo inmemorable, hablas otra lengua y sólo piensas que eres un ser maligno al que vienen a matar. Vuelves a despertar preguntándote si estás realmente vivo y si vas a volver la siguiente noche al mismo sitio a que tus captores terminen de asesinarte. Por miedo aprendí a controlar la respiración cada vez que me sentía cataléptico hasta relajarme y escapar de esto. Pero las pesadillas son recurrentes. Son como si mi alter ego, a través de ella, me recordara que debo regresar a salvarle o, quizá, recordarme que yo no soy lo que pienso y que debo asumir que soy como él: un ser malvado, creador del mal y que mientras no lo acepte seguiré vagando por una vida errática sin obtener jamás felicidad.

Nunca fui supersticioso, ni siquiera de niño, y cada vez que escuchaba historias de miedo no temía a nada. Era cómo si conociera toda clase de maleficios y no hubiese misterio en ellos. Siempre fui de pensar científico y para probar que no creía en nada metafísico, religioso o fuera del raciocinio me propuse vender, literalmente, a vender el alma al demonio de la manera más simple. Si existía Lucifer le invocaría insistentemente atrayéndole con el olor de mi alma con los ojos muy cerrados. Y así lo hice. Invoqué e invoqué sin usar artilugios ridículos de gatos negros en una olla de agua hirviendo, conjuros ni rezos de atrás para adelante.

Recé repitiendo: Te vendo mi alma, te vendo mi alma a cambio de nada y si tu me quieres dar riqueza y una vida desencajada pues será tu demoníaca voluntad.

Pero nada. Nadie vino a la cita. Desde ese día no creo en el mal. Ni en el bien ni en el mal como lo pinta la tradición religiosa. Estoy solo en el universo y el control lo tengo yo.

La noche siguiente de haber conjurado al Averno comenzaron las pesadillas con cataclismos con más intensidad. Había provocado al brujo polaco.

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