¡CARRIE HA RESUCITADO!

Once upon a time on a small island, not too far away,

There lived four smart, beautiful woman who were all very good friends…”

– Sex and the city –

Corría por las calles, dos días antes del día de la Independencia, una brisa fresca que levantaba el vestido a las chicas más bellas de la ciudad.  Y, aunque a esas horas eran pocas las que corrían rápidamente de vuelta a sus trabajos, las que lo hacían mostraban a los transeúntes las más hermosas piernas citadinas contorneadas por el ir y venir de metro en metro, de taxi en taxi y de parques a cafeterías.

En la esquina de la calle 42 y la Avenida de las Américas se encuentra Bryant Park donde, a veces en verano, echan películas en una gran pantalla gigante. Aun faltaban unos días para comenzar a sentir ese calor que ahoga a la gente y que hace sudar hasta los dedos de las manos. Eso ya lo sabía Juan Carlos, así que aprovechó que el cielo no auguraba una traicionera tormenta de verano para visitar el parque y subir sus escalinatas con un Pall Mall en los labios y sentarse a descansar rodeado de los oficinistas y sus bocadillos de atún. Se quitó las gafas oscuras y se sentó en el césped ignorado por el resto del mundo que se distraía leyendo el USA Today y toda suerte de libros de bolsillo. Estaba cumpliendo su deseo de recorrer la ciudad más bella del mundo y ansiaba recorrerla completa; pero ahora, tocaba otro cigarrito para preparar el cuerpo y los ojos a las maravillas que le esperaban detrás de cada esquina de la Gran Manzana.

Junio de 1997 ¡Sus primeras vacaciones a fuerza de meses trabajando como un loco!

Miró su reloj ¡El tiempo transcurre muy rápido, como en un sueño! No te das cuenta y ya estás con la vista elevada hacia el cielo admirando el edificio de la Chrysler – Craysler – como dirían sus amigos en Madrid, el Metlife y el Flatiron Building donde vive Times Square y continua Broadway hacia el sur.

Juan Carlos sintió por primera vez hambre, y aunque era la hora del lunch, pensó que sería mejor esperar a la cena para comer en condiciones y por ahora sólo bastaría con un bagel con mantequilla y semillas de sésamo y un buen café con leche espolvoreado de canela. Le habían recomendado probar la bebida Mountain Dew, pero no estaba convencido que le fuese a gustar. Por ahora, después de comer, quería fotos ¡Muchas fotos! En todas partes; en Tiffany’s, en Jimmy Choo y en Manolo Blahnik, subirse a un helicóptero y ver la ciudad desde el aire, alquilar una limosina, como mínimo una hora y como único pasajero, gritar con todas sus fuerzas por la escotilla que era absolutamente feliz mientras la gente le mirase al pasear a toda velocidad por Broadway ¡Quería hacerlo todo!

Se compró el USA Today y se entretuvo paseando con él bajo el brazo por las calles esquivando alcantarillas humeantes, taxis e indigentes con carritos del supermercado y se sintió como dentro de una película ¡Cuántas ganas de encontrarse con un famoso! Pero hasta ahora sólo se había cruzado con Cindy Luper, montada en bicicleta, o a una chica muy parecida a ella.

Se coló en las tiendas de ropa más exclusivas de la ciudad, las de vinos y las fruterías con montañas de manzanas donde tenía la esperanza de encontrar a alguna modelo posando para algún perfume ante las cámaras, pero nada.

Al caer la tarde desistió de su idea de encontrar a alguien famoso y comenzó a disfrutar realmente de la tarde hasta que cayó la tan temida tormenta de verano. Corrió huyendo del agua y de los rayos por las calles invadidas de paraguas abiertos y se mojó de pies a cabeza. Bastaron quince minutos de lluvia feroz, que oscureció el cielo, para dar paso al sol más bello que le secó las ropas con su calor.

Continuó caminando maravillado de haber sentido en su piel una tormenta neoyorkina hasta Chelsea, luego de hacerse fotos en las puertas del Madison Square Garden con unos japoneses, y se metió a una tienda de especies de donde salió escapando de la furia de un chino que barría el eneldo que un loco había tirado al suelo. En la calle se cruzó con él, el loco del eneldo, que le sonreía. Era una sonrisa algo rara, mezcla de felicidad y tristeza, pero una sonrisa al fin. Cruzó la calle algo asustado porque le habían dicho que en esta ciudad estaban todos locos y se giró para ver si aun el chico le observaba. Éste ya se había esfumado ¡El mundo estaba lleno de locos que necesitan que éste huela a eneldo para olvidar las penas! ¡Cuántos habían y cuántos faltarían por venir!

Decidió tomarse algo fresco en alguna terraza y se sentó a una mesa muy cerca de una calle donde pululaban algunos cámaras y personas con walkies. Con suerte vería en primera fila algún sitcom que estuviesen filmando.

Nadie le advirtió que no podía sentarse en esas mesas y una camarera descuidada le confundió con parte del reparto y le puso un zumo de naranja que no había pedido.

Y entonces la vio. Cerca, muy cerquita. Tanto que no alcanzó a reaccionar al paso de un autobús que le bañó de agua de lluvia de pies a cabeza dejándolo nuevamente mojado como si se hubiese encarado con otra tormenta veraniega.

Oh my God! La voz de una chica rubia, gritó.

Cut!, dijo furioso alguien junto a él con un megáfono.

La chica se acercó a él y le pidió disculpas.

You’re not supposed to be here – le dijo.

Él hizo el ademán de no entenderle muy bien lo que decía y ella le preguntó en qué idioma hablaba para decirle que debía quitarse y retomar la escena que había arruinado. Se acercó a ellos un asistente de facciones latinas con unos vestidos para repetir la toma y ver cuál quedaría definitivamente mejor. Juan Carlos vio, entre todos los vestidos, un coqueto tutú rosa que le quitó de las manos al asistente y se lo ofreció a la actriz, que se le antojaba cara conocida. El rosa era el color favorito del chico y el vestidito le quedaría genial a la rubia.

– ¡Éste! ¡Pruébate éste! – dijo en voz alta para asegurarse que ella le entendiese.

Ella asintió. No perdía nada y podría relajarse un rato haciendo alguna toma más que quizá eliminaran luego en edición. El director se acercó a ellos y se mostró molesto con el cambio de vestido, pero accedió con tal de terminar de una vez para que la actriz no terminara resfriándose después de tanto baño de agua ¡Llevaban horas haciendo lo mismo una y otra vez! Se alejó, megáfono en mano hacia el autobús para que regresara a posición cero, mientras la rubia se metía en el tutú rosa rodeada de maquilladores y modistos con cara de pocos amigos. Juan Carlos la cogió de la cintura, le secó el rostro con una toalla y le ayudó con el vestido que se le subía demasiado hasta dejarla como una muñeca de una cajita musical.

¡Beautiful! – dijo él, feliz. Ella se sonrojó.

– My name’s Sarah – dijo ella – I Love this tutu!

La chica se alejó a cruzar la calle y se detuvo en la esquina. El autobús pasó junto a ella y le salpicó completamente.

Lovely! – gritó el director – Let’s have a break!

Ella regresó junto a Juan Carlos y le dio dos besos en las mejillas porque ya había adivinado que era español.

Un chico bajito se acercó a ellos y se presentó como Matthew. La rubia se cogió de su brazo y se marcharon dejando a Juan Carlos de pie y mojado en la esquina.

– Hey! – gritó ella, girándose – Enjoy my city!

Juan Carlos sonrió. Aún le quedaban seis días de visita en la ciudad antes de volver a España donde le contaría a sus amigos lo que hasta ahora había vivido.

Sólo entonces echó de menos a sus amigos ¿Qué estarían haciendo en este momento? En Junio hay cuatro horas de diferencia así que suponía que Nines estaría mordiendo una manzana preguntándose: ¿Qué será de nosotros, señora manzana? Ya la llamaría desde el hotel para contarle la experiencia.

Buscó un nuevo cigarrillo y lo encendió. Imaginó que lo mejor que pudiera pasarle en ese momento era estar con sus amigos de Madrid viviendo aquello.

Pero algo faltaba. Quería algo más que sabía que le faltaba a su vida: Anhelaba con toda el alma tener un grupo de amigos reducido y más cercano (cuatro a lo más) con los cuales salir para compartir buenos momentos y, que después de muchos años, permanecieran juntos recordando cada tontería que hubiesen hecho. De ese grupo reducido deseó tener un amigo de esos rebeldes que sólo desean una moto para quemar las calles de Madrid, otro que fuese fanático de los tacones y las pelucas con el cual reírse de todo el mundo, otro más fino y adicto a las tiendas de ropa señoriales y las sevillanas y otro que diera la vida por Eurovisión. Una chica no vendría mal; una que fuese fuerte como un chico y con la cual hablar sin tapujos y otra chica que fuese todo lo contrario: insegura como para hacerle dudar a él de todo y sería eso, la inseguridad de ella, lo que le ayudaría a pensar todo con más calma y sabiduría. Aunque ahora que creía tener en mente a esos amigos ideales, sabía que Nines, con su manera de ser tan Mafáldica, le aportaría esas dudas que hacen que dudemos hasta de nuestra sombra. Con ella, y los nuevos amigos que el tiempo le regalaría, se sabría completo.

Quizá tenía una concepción algo superficial de la amistad ¿Pero acaso la amistad no es eso? Mostrar el lado superficial de la vida para afrontarla con mejor pie. Sólo de ese modo concebía el reírse sanamente de sí mismo, reírse de lo malo de este mundo y olvidarlo fácilmente.

¡Y es que todos los amigos pasan tan rápido por nuestro lado que nos cuesta valorarlos! ¡Todo el mundo crece, se enamora, hace su vida y se va dejándonos! Pero mientras están ¿Porqué no disfrutar de ellos? ¡Disfrutar hasta que nos salten lágrimas de felicidad!

¿Y quizá la serie esa que grababan en la calle fuese sobre la amistad? La amistad de un grupo de amigos, con sus penas y defectos pero que salen adelante ¿Y si la serie fuese sólo de chicas? ¡Estaba seguro que algún día la vería y gritaría al ver ese tutú rosa que él estuvo allí, durante la filmación!

Juan Carlos no pudo controlar las ganas de hacer esa llamada telefónica a Madrid y buscó en sus bolsillos todas las monedas que encontró y las metió desordenadamente en una cabina de Verizon.

– ¡Marian! ¡Soy yo, Juan Carlos! Adivina a quién he conocido…

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