MI NOMBRE ES LEGIÓN

“La naturaleza es la Iglesia de Satán”

Frase extraída de “Anticristo” de Lars Von Trier


He vuelto. He estado algo ocupado con tormentas de dudas de tus hermanos que no me dejaban en paz, pero he vuelto.

Ahora estarás durmiendo plácidamente y, lamento interrumpirte, pero te traigo pesadillas lejanas que te harán llorar dormido.

Plácidamente, así me gusta el mundo, encontrármelo plácidamente dormido siempre que regreso en toda mi gloria porque de ese modo mis tormentas os atormentan; las llagas que te traigo duelen más, no hay sosiego, no hay cura para tanto dolor, para tanto pesar.

Vas por una calle desolada, es de noche, vas con una cámara en la mano filmando tu viejo pueblo al que le he enviado hordas de imbéciles a contaminarlo con su ineptitud y sus tuberías de vómito sulfurado verde de las profundidades de la tierra. Vas con tu cámara amateur y esquivas los baches de las aceras que el alcalde de ese pueblucho de mierda jamás reparó. Te detienes. Es una buena idea filmar tu sombra mientras caminas para decir con eso que pasaste por allí y que alguien puede acordarse de ti ¿Pero quién va a hacerlo? ¿Tu madre?

Sientes su presencia detrás, por detrás de tus hombros. Un par de botas negras. Corres filmando tu sombra a casa. Quiero verte sufrir un poco. Abro la boca y dejo escapar mi aliento sulfhídrico que enrarece la noche coronada a la distancia por una luna amarilla gigantesca con un ligero toque anaranjado como un huevo frito en mal estado. ¡Qué patética puede llegar a ser la luna! Pero eso te da igual, no te das cuenta, sólo piensas en huir porque sabes que alguien te ha tocado con su frío dedo índice el cuello y corres con más prisa. Miras hacia el pasaje sin salida y un perro negro se adelanta a tu carrera y le ves huir entre unas rejas dando aullidos de terror que te ensordecen. De pronto tienes la certeza de que un día vas a morir y no quieres que sea precisamente esa noche que querías dejar un testimonio visual de lo penetrantemente inútil que fue tu existencia en la tierra.

¿Vas a colgar en Youtube el legado a tus descendientes? ¿Qué descendientes?

¡Hasta yo, que soy Legión, sé hacia dónde vais! ¡Ni siquiera me hizo falta un master o un MBA para establecer lo imbéciles que sois cuando diseñáis vuestro futuro de explotaciones eficientes y ultra seguras! Ahora, que sabes que alguien intenta atraparte para hacerte daño, piensas que jamás debiste firmar el acuerdo aquel para destruir tu propia tierra en pos del progreso del valle.

Abres la puerta de casa y no hay nadie. Te metes bajo la mesa a temblar porque están todas las luces apagadas y no recuerdas donde están los interruptores. Ese personaje que te seguía ha entrado detrás de ti y se pasea por el salón como si estuviera en una sala de espera. Ves sus pies. Son botas de campo negras, todo es negro, botas que te buscan dando pasos muy lentos como si quisieran que te enterarás que están ahí. Si te esfuerzas mucho puedes imaginar la forma de los dedos de sus pies, dentro de las botas, moviéndose de arriba abajo como pequeños gusanitos sudados que buscan donde posarse. Sudas como un cerdo que siente hundirse la cuchilla en su pescuezo lentamente, como un cerdo que acaba de ser conciente que aquello le está sucediendo a él. Apenas te mueves. Tus dedos buscan la cámara de video y no recuerdas donde la has puesto. Se te habrá caído al entrar como un caballo en casa. Ya no podrás decir quién te mato. Estúpido ser humano.

Dejas de respirar con dificultad y te calmas. No hay nada que temer. Las botas ya no están. Lo sabes porque ya no las oyes, porque las oíste salir de casa hacia la calle – aunque no estás seguro de haber oído las pisadas por el pasaje hacia arriba – Está en la puerta, piensas, está en la puerta esperando a que salga debajo de la mesa. Unos segundos más. Te convences que vas a esperar unos segundos más pero alguien irrumpe en la habitación. Reconoces las viejas chanclas de tu anciana madre, esas que usa por más que tu le regales cada Navidad unas nuevas. Ella está de pie en la estancia mirando hacia la calle como si estuviera observando a quien espera en la puerta.

Vuelves a sudar con más fuerza, como si de tu cuerpo manaran las aguas verdes asquerosas del río que tú dejaste ensuciar con los desperdicios de la Minera.

¡Sal debajo de la mesa hijo de la gran puta! te dices. Sales deshaciendo el ovillo de tu cuerpo y coges a tu madre del brazo pero ella no se mueve porque está absorta en aquella sombra negra con botas que espera en la puerta. La sombra es más alta de lo que imaginabas y los vellos de tu piel se clavan en tu ropa sudada. Tu madre te mira al rostro y te toca con sus manos delgadas y viejas auscultando cada centímetro de tu rostro. ¿Quién es?, te pregunta, ¿Qué hace en mi casa?

Tu propia madre no te ha reconocido y echas a llorar como cuando eras niño y ella no te dejaba ir a jugar al río. Lloras de manera desconsolada con una amargura tal que parece que fueras a prenderte en llamas.

¡Madre!, gritas. Y yo río disimuladamente. Yo río en el dintel de la puerta porque sé que soy más alto de lo que imaginabas.

Tu madre te coge de la mano y te guía a ciegas por la casa hasta llegar a su cuarto adornado con una humilde cama y un velador donde reposa una vela asustadiza. Yo vivo aquí, te dice, soy una pobre mujer sin hijos que no le hace mal a nadie… no me lo haga usted a mí.

La miras desencajado porque viste ropas muy pobres y está de pie temblando de miedo por lo que le pudieras hacer. Su cama está rodeada de una cerca de madera pintada de blanco que refleja los movimientos de la vela solitaria y te preguntas cómo hará esa anciana para saltar sobre ella y acostarse a dormir.

Hace mucho que no duermo allí, te dice, duermo en aquel rincón junto a la vela.

Es inevitable. No puedes dejar de llorar. Sientes como si la hubieses abandonado hace siglos y que por eso ya no te reconoce. Junto al velador un plato vacío, un vaso de cristal sucio donde una cucaracha lucha por salir y un mendrugo de pan con una mordida.

Te sueltas de su mano y sales a la calle donde te espero.

Hola hijo, te digo. Apuesto a que siempre supiste quién era.

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