ES QUE SOMOS DEMASIADO BELLOS


Gente hermosa. No dejaremos que nadie se nos acerque. Somos gente hermosa.

El concepto de belleza física lo tengo grabado a fuego en la cabeza, es lo que me obsesiona y de lo que mamé de pequeño porque soy hermoso entre tanto mestizo. El concepto de belleza física masculina es mío, lo traigo grabado en mis piernas, en cada vello que pende de mi piel blanca digna de dioses; pies y manos proporcionados, un pecho sembrado de una fina sábana de cabello capaz de hacer perder la cabeza, unos brazos fuertes y juveniles que te rodearían en mitad de la noche y te protegerían de tus pesadillas proletarias; ojos azules mediterráneos, un botón de boca jugosa que sabe a frutas exóticas, una mata de pelo rubio largo que te haría ignorar el sol. En la vida todos son conceptos teóricos pero yo los llevo conmigo en cada paso que doy apoyado en los dedos de mis pies cuidando de no estropearme el arco que describen una perfecta medialuna que cabe en unas mejillas ansiosas.

Por mí harías lo que se me antoje.

Me miro al espejo y me meto a la ducha. Dejo caer las finas gotas sobre mi cuerpo bronceado. El agua esta caliente como mi pene que se erecta fuerte para que lo coja con suavidad en mi mano izquierda y así dejar que mi mano derecha avance suave con la maquinilla de afeitar arrancando el vello que puebla mis testículos y la zona donde nace el ano. Hoy, excepcionalmente, en que he cumplido los diecisiete, cojo un espejo diminuto y observo agachándome las arrugas de mi culo que se me antoja una maravilla de la naturaleza. Dejo la maquinilla a un lado y el gel de ducha me escurra entre las piernas y forme abundante espuma que, con mis dedos diestros, se colará entre mis nalgas. Cierro los ojos y dejo escapar un profundo gemido que me corta la respiración. Abro la boca y el agua me quema la lengua y me ahogo y me estremezco. Los poros de mi piel están a merced del placer que siento y apoyo de golpe la cabeza en la pared de la ducha dejando que el agua de lluvia caliente deslice desde mi nuca hasta los talones de mis pies. Mi pelo mojado me cubre los ojos y me ciega. La cabeza me da vueltas y cierro los ojos con más fuerza aun dejándome llevar por el masaje de próstata que mis dedos me dan. A punto de explotar, mi pene se hincha aun más y paso la mano sobre el capullo sonrosado palpitante que descarga su leche ardiente que atrapo con los dedos y me llevo a la boca hambrienta de nuevos sabores amargos. Respiro aliviado. Abro los ojos y es como volver de la muerte. Esta vez he sido lo suficientemente rápido y lo he saboreado dentro de mi boca antes de que se enfriara y eso me hace soltar una sonrisa temblorosa. Mis dedos podrían haber alargado aun más el masaje pero hoy no me apetecía caer de rodillas estremecido de placer. Esta noche, después de volver del baile de fin de curso, si no me traigo a ninguna de las que me siguen para todas partes, acabaré yendo más allá donde mis dedos me quieran llevar. Estoy sudando en la ducha. Merezco otro baño de espuma y sales pero es tarde.

Salgo y me seco rápido. Recorro la casa desnudo un sábado de noche a solas sin que nadie me moleste. Sacaré todos los trajes que tengo y elegiré el más rompedor que me calce como un guante. Hoy es la última noche en el Liceo de Hombres y la voy a disfrutar. Me peino. Acaricio cada mechón de pelo peinándolo hasta lograr una melena ordenada como la del vocalista de INXS pero en rubio. Los zapatos brillan, la cartera preparada con un par de billetes de los grandes y las llaves del coche del viejo me esperan en la mesita de la entrada de casa. Perfecto, todo es perfecto.

No sabéis lo que se sufre al crecer rodeado de gente corriente y fea, peor aun, saber que te mereces más y jamás conseguirlo. Buscar y buscar y jamás encontrar y que sólo te siga quien no te apetece que se acerque a ti. Esta noche me llevaré la flor más exótica del jardín del Santa María (si alguna se atreve a acompañar a alguno de mis amigos del curso) Estoy seguro que saldré elegido el chico más bello de la noche.

Sólo tengo que coger el coche. Pasaré a por Cris, mi pareja oficial (que no tardaré en dejar de lado si veo a alguna más bella y caliente que ella) y me fumaré algún cigarrillo de los especiales que me consiguió mi hermano en Santiago en su Facultad donde iré yo el próximo año. Por eso la prisa, hay que recorrer esta vida a prisa, no hay tiempo que perder, todo es placer lejos de aquí.

Cojo el teléfono que suena insistentemente. Es ella: la chica rara, medio gitana, de aquí al frente ¡Olvidé que mis padres le prometieron que yo la llevaría a la misma fiesta! Es tan fea la pobre, creo que no tiene pareja, pero bueno, nadie merece perderse su fiesta de fin de secundaria. Miro a través de la ventana, ella sale con su vestido negro de largo y cierra la reja metálica de su casa con una patada a lo marimacho que me repulsa. En un minuto estará aquí. Todo el día, todo el día detrás de mí con su grupito de niñas de coleta negra y delantales azules apostando que algún día tendría algo conmigo y yo escapando de sus risitas. Todo el día con ella viviendo frente a casa, sintiendo que es ella quien toca al timbre, que me lanza esas rosas rojas mustias a través del murallón y me dedica esas canciones deprimentes de Bauhaus por la radio o me regala con tarjetas invadidas de corazones rojos. Lo peor son esas cintas de cassette con canciones de Led Zeppelin que aparecen misteriosamente en la puerta del garage. ¡Qué niña más rara, no es como las demás que se meten en vena a los latinlovers de turno! Por mí como si se cae a un foso y se rompe una pierna para que me deje en paz.

Negra, que siempre fuiste una negra. ¿Quién te dijo a ti que yo alguna vez podía fijarme en ti?

Abro la puerta de casa. Ahí está intentando parecer bella a mis ojos con tu vestidito negro y esos guantes que te cubren los codos y ese peinado en un moño imposible. ¡Hola! Acierta a decir nerviosa porque sabe que no me hace ninguna gracia tener que llevarla en el coche a la fiesta.

Ojala te pierda pronto de vista, ojala te vayas con el primero que te ofrezca meterte mano y desaparezcas de mi vida y de la casa del frente.

Suena el teléfono de nuevo y te dejo entrar por la puerta para que pases y te sientes en el sofá de casa y así hacerte sentir como una princesa que no eres. Me disculpo como un caballero contigo porque tengo otra llamada más importante que la tuya. Me deshago en disculpas por la línea con la que sí sería mi acompañante: Cris, la rubia que va para modelo de lencería que tengo esperando al otro lado de la ciudad, en los jardines del sur y que no me perdona la vulgaridad del retraso. Le explico el imprevisto y mi olvido pero ella tiene menos corazón que una panda de escorpiones y ni siquiera me deja darle explicaciones. Esas fruslerías nunca le han interesado. Las mujeres bellas son así, siempre exigiendo que no las saquen de su sitio. Son aburridas, secas, minusválidas mentales, menos sensibles que la tapa del retrete.

– Tenemos que irnos ya – le digo a la fea que me mira embobada. Estoy seguro que no sabe explicarse cómo puede caber tanta belleza, destinada por lo general a las mujeres, en un solo hombre. Cojo las llaves y me dirijo a apagar las luces pero ella me detiene.

– El traje que te has puesto es horrible – me dice sin mover un solo músculo de la cara – ¡Nunca vi tanto mal gusto junto!

Un hilillo de sudor frío me baja por la espina dorsal y me giro sobre mis talones.

– ¿Qué has dicho? – pregunto sin dar crédito.

– Coge las llaves y vámonos por la puta esa que tienes esperando – responde encendiéndose un cigarrillo – No quiero llegar tarde por su culpa.

No hablo en todo el camino a los Jardines del Sur. Hemos bajado la Coviefi por detrás como si fuéramos a salir hacia la carretera al Sur. ¡Me ha insultado en mi cara! Yo que la tenía por calladita y que pensaba que estaba loca por mí y resulta que es todo lo contrario. La negra ésta me odia y con ganas. Debería dejarla tirada en el descampado pero me aguanto las ganas porque en casa saben que yo la he llevado a la fiesta del Liceo. Retomó la carretera de vuelta a la ciudad en dirección a la Avenida Ejército y la vista de un pobre pelado haciendo guardia temblando de frío me da risa. No entiendo la utilidad que tiene hacer el servicio militar.

Junto a la playa esta la Universidad de Antofagasta: un punto en el mapa. ¡Yo voy a ir a Santiago! Allí me espera lo mejor: las discotecas, los cafés, los paseos por el barrio alto y toda esa gente arribista y engreída que es la única por la cual yo lucharía por ser mejor (que ellos)

Recogemos a Cris que se mete al coche y echa una mirada al asiento trasero soltando una risita. Esa quien es, pregunta. No es nadie, digo yo que no he hablado en todo el camino.

Cris le echa una mirada de arriba abajo y le habla en francés para dejarla como una ignorante. La chica fea ni se inmuta, como que no fuera con ella la cosa. Bajamos la cuesta hacia la playa nuevamente y súbitamente mi cerebro se apaga. Eso quiere decir que Cris ha comenzado a hablarme sin parar de sesiones de fotos en la capital, de fotógrafos, de vuelos a no sé donde y de chicos musculosos pero imbéciles, de gente de la televisión, de famosotes que ha pillado en las discotecas borrachos, de argentinos, de cubanos, de no sé quien y de no sé cuántos. Despierto. La miro fijamente. Es como si me hablara una gallina de los huevos que ha puesto, como un yo-yo que va y viene, como cuando tienes ganas de vomitar pero no puedes.

El camino se hace largo. Aun estamos en la Avenida Ejército y estamos detenidos. Delante de nosotros esta la entrada principal a uno de los cuarteles de reclutamiento. Un pelado esta en la entrada principal con el arma y las piernas abiertas. Le miro de reojo y vuelvo a reírme de él. Pobre. Toda la noche ahí parado como un pino viendo la vida pasar, viendo que Chile te pasa por el frente y te ignora. Saco del bolsillo de mi chaqueta y le arrojo un paquete de cigarrillos hacia los arbustos que tiene al lado. Ya lo cogerá cuando nadie le vea.

Cris está horrorizada. Le he pasado por encima el brazo corriéndole el labial que me mancha la manga de la chaqueta. La fea se ríe disimuladamente. Debe estar alucinando por el gesto que he tenido de buena gente como esos que dan propina a los indigentes que piden en la calle.

– ¡Hijo de puta! – dice Cris rebuscándose en la cartera de mano el labial para pintarse nuevamente.

– Bájate – le digo.

Cris se ha quedado con cara de “Are you talking to me? Han pasado fracción de segundos y me veo bajando del coche, abriendo su puerta y echándola a empujones. Vuelvo al volante. La fea se ha pasado al asiento delantero sin consultármelo nada. La marcha se reanuda y ella se ha encendido un cigarrillo con el mechero del auto. Rebusca entre mis discos y saca uno de mis favoritos “Kick” de INXS.

Cojo en dirección a la Universidad Católica del Norte y siento que entrar a ella o a cualquier otra me da absolutamente igual. Quiero vivir de verdad.

– Me voy a vivir a Alemania – dice la fea.

– ¿Cómo te llamas? – le interrumpo.

Me mira fijamente. Algo en mí dice que realmente me importa saber su nombre. Inma, responde ella, Inma de Inmaculada pero tu me puedes llamar como siempre lo has hecho: la fea del frente de casa o la negra ésa.

Me río.

Más adelante está el Estadio de Antofagasta donde al lado suelen ponerse los circos y las ramadas de Fiestas Patrias. A veces suelen también usar el descampado las bandas de guerra de los colegios para ensayar. ¡Quiero irme de aquí, quiero irme ya!

Recuerdo los años en el Liceo de Hombres. Tanta gente por la que jamás me interesé, las guerras de piedras que se organizaban en el recreo, las actividades de la semana de Aniversario, las kermeses, las actividades para juntar dinero, las clases de técnicas manuales y las de Física con ese individuo que no daba clases. “Flojeda” le decíamos; lejos la clase más aburrida de todas, estábamos todo el rato sin hacer nada hablando de la guerra, de la vida, de vectores y de cosas que no sucedían en mi ciudad. Algunos profesores me causaban curiosidad ¿De dónde sacaban la fortaleza para aguantarnos? Había una que hacía Artes Plásticas y no recuerdo su nombre pero era una mujer de doscientos kilos que vestía con una vestido rojo muy corto, se peinaba la cabellera rubia a lo Marilyn Monroe y cada tanto dejaba escapar un gemido de placer en clases. Ella era divina. La mujer que más me ha enseñado y me enseñará jamás. Me enseñó a aceptarse tal cual es y perseguir un sueño aunque no quepas en la ropa.

– ¿Vas a estacionar o seguimos dando vueltas al Sokol? – me pregunta Inma, la fea, exasperada. No ha parado de fumar en todo el viaje.

Al bajar del coche le doy un beso en la mejilla para que no le cuente a nadie que el chico mas bello del colegio es capaz tirar coche abajo a una supermodelo super estúpida aunque en el fondo ahora me da igual. Poco a poco, con cada paso que doy hacia el Liceo mi cuerpo me fuerza a ser lo que siempre he sido: un engreído de marca mayor, pero me resisto. Sé que esta noche estoy aprendiendo algo. Estoy sintiendo algo distinto, estoy cambiando aunque no sé donde voy. El descubrimiento de sí mismo debe ser algo así. Descubrir lo que eres y, más aun, lo que no quieres seguir siendo debe ser como un paseo desde un coche aparcado a las puertas de una fiesta de fin de curso. Algo acaba y no sabes qué es lo que realmente viene ahora. ¿Qué sucede con quienes no tienes fiesta de fin de ciclo? ¿Jamás cierran etapas?

La reja del viejo Liceo se abren. Allí están todos mis amigos del curso; todos muy bien arreglados, todos preguntándose porqué he cambiado a una rubia espectacular por una fea con un cigarrillo en la boca. La miro a los ojos y le quito con delicadeza el cigarrillo de la boca para darle una feroz calada. La cojo del brazo y la llevo hasta la entrada subiendo las escalinatas. Un fotógrafo del colegio se nos acerca y nos hace una abrazados. Me siento divino.

– Cuando tengas la copia de esa foto quiero que la tires al retrete – me dice – no quiero tener que recordar que la fiesta de fin de curso llegué acompañada de un pedante como tu.

– Eso está hecho – le respondo.

Tampoco quiero un recuerdo gráfico de lo que era. Sólo quiero recordar que fui un Diablo Rojo.

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