EL PRESENTE


“Please press REC and talk … we’re recording for the Future….”

Hoy he abandonado a mi madre. He pedido que vinieran por ella los del asilo y ya se la han llevado. La acosté sobre su cama semidesnuda y desinfectada y de ese modo los robots la han puesto sobre una camilla para sacarla volando a través del transportador.

Los médicos dicen que vale la pena salvarla. Sí, salvarla. Ella siempre fue férrea defensora del “hablar por hablar” y los médicos dicen que esa característica es la que le ha salvado a ella y a los que mantienen esa vieja costumbre humana. Lo último que supe es que le habían injertado un procesador diminuto (del tamaño de un piercing) en los labios y así registrar todas sus palabras; las mismas palabras que contarán el devenir de la humanidad. La Historia es así desde hace siglos. La cuentan los historiadores comprados por los que siempre ganan.

Gracias a mi madre y a que la cedí a la ciencia me han asegurado algunos años más de vida y estudiarán mi caso cuando llegue la hora de decidir si puedo ser eterna o no.  A ella ahora la drogarán con algo para mantenerla viva hasta que ellos digan que ha sido suficiente y la “apagarán”  Eso sucederá el día que ya no pueda más y haya perdido las ganas naturales de vivir (si a esto se le puede llamar natural)

A mi me han negado el acceso a verla y el acceso a sus drogas para ser eterna porque no heredé la costumbre de contar por la boca lo que veo con los ojos. Digamos que esta es la primera vez que me da por escribir lo que siento ahora que sé que en el fondo he abandonado a mi madre. Yo no hablo mucho; sólo sé escuchar, aunque no muy bien.

Puede decirse que soy parte de una generación de jóvenes indiferentes que reptan por las ciudades del mundo con unos cascos puestos oyendo voces (de gente quizá ya muerta) tocando instrumentos y sintetizadores de última generación. Nosotros reptamos especialmente por el metro porque es bajo la tierra donde nos sentimos más humanos. Somos y actuamos como gusanos y recorremos las profundidades de la tierra sin tener contacto entre nosotros. Ni siquiera nos besamos. A nosotros la boca nunca nos sirvió para nada, ni siquiera para comer por eso somos todos muy delgados y blanquecinos. Nuestros dedos son alargados y casi traslúcidos pero muy hábiles con las teclitas de cualquier artilugio digital que llegue a nuestras manos. Somos como gusanos fashionistas: pálidos, alargados, tristes, caminamos lentamente, no tenemos ganas de vivir.

Mi día a día es como el de cualquier mujer bulímica. Despertamos de golpe y nos golpeamos violentamente contra el suelo en busca de nuestras gafas oscuras que nos calzamos para ver las noticias del universo. Todo en nuestras casas se graba con millones de cámaras instaladas en todas partes. Ellos tienen acceso a toda la información que descargamos en nuestros cerebros. Sin una conexión nos moriríamos, es como una droga, necesitamos información. Lo primero que hacemos antes de ver la luz artificial del sol generador es enviar el primer mensaje escrito mediante parpadeos que se transforman en “ceros” y “unos” (transformados en emoticones) al ciberespacio como si fueran mensajes en una botella.  Luego nos arrastramos al sofá-ventana para encender el primer cigarrillo viendo  desde los rascacielos el movimiento de lo que haya en el exterior. Cuando miro por la ventana sólo veo haces de luces; hace años que no veo el movimiento de algo verdaderamente. Una vez que el ser humano rompió la barrera del sonido dejamos de ver y disfrutar del movimiento de las cosas. Es muy triste. Es todo muy rápido.

Personalmente no recuerdo la última vez que cagué como un ser humano. Se me viene esta idea mientras leo los periódicos digitales y la programación de la televisión. Llevo mucho tiempo sin evacuar de manera natural mi estómago porque por dentro estoy vacía. En estos tiempos eso es lo normal. Todos nos operamos para no sentir necesidades fisiológicas y dejamos de comer para no malgastar nuestros organismos con trabajo innecesario de digestión. Yo creo que la próxima semana me operaré por enésima vez. Esta vez pediré que me sellen el ano porque ya no tiene sentido tener un agujero en el cuerpo que ni siquiera sé para qué lo quiero ya. Pediré, también, que me pongan dos tallas más de tetas y que me rebanen un poco las caderas porque son demasiado pronunciadas. Aunque después de todo no sé para qué hacerme tanto arreglo.

Hubo una época bastante divertida hace unos años atrás en que podías cambiarte las partes de tu cuerpo que no te gustaban. Yo intercambié en el banco de órganos mis dos piernas. Aunque luego intenté con un pulmón que no me funcionaba bien pero el indigente que me lo iba a dejar murió una noche que hizo mucho frío. Los intercambios de partes de tu cuerpo ahora están prohibidas porque la gente perdía el control e incluso algunos cambiaban casi completamente y luego no había modo de reconocerles lo que propiciaba el delito. La medicina plástica es un bien al que todos tenemos acceso desde siempre (desde que tengo uso de razón) A veces me pongo a pensar en que no me gustaría terminar como mi madre y que mi hijo me dejara así como la dejé yo a ella para uso de la ciencia. A veces pienso que en vez de operarme el culo y las tetas debería extirparme el útero y así no albergar ninguna posibilidad esperanza a este planeta.

Me inyecto cada domingo mi ración de vitaminas que me alcanza para toda la semana directamente a lo que me queda de flujo sanguíneo y he pensado en reemplazarme toda la sangre por algún combustible más sano y productivo que no me amenace con leucemias. Ya veré.

Luego de leer las noticias de las colonias de las lunas de Saturno me meteré en el estabilizador que pondrá cada célula de mi cuerpo en su sitio. Tengo treinta años pero quiero lucir toda mi vida como si tuviera veinte hasta que llegue a los cien. Quizá para cuando eso ocurra las leyes se hayan reblandecido y todos podamos tomarlas. Actualmente sólo las administran a los ancianos porque graban sus voces y con eso escriben la historia; a los que no hablamos no nos las administran porque no aportamos nada a la sociedad; sólo vamos de un lado a otro pensando en qué operarnos.

Escribir no está mal. Me gusta. Aunque mi idioma original no sea el español del siglo XXI sino el arameo antiguo de los tiempos de un tal Jesús. Cada vez que quiero aprender una lengua nueva me conecto al estabilizador y me descargo alguna lengua muerta. Es una de las pocas cosas que me motivan de este mundo. Tenemos toda la información (que ellos quieren) disponible a cualquier hora del día y la capacidad cerebral de inyectarnos todo ese saber en milésimas de segundo a través de espasmos eléctricos. De este mismo modo aprendí Física Cuántica y Álgebra Booleana. Quizá tanto conocimiento ya no le sirve a nadie. Tuvimos acceso a él a cambio de nuestra humanidad, y si lo pienso bien con todo ese conocimiento podríamos tener grandes carreras pero no es posible. Hubo un tiempo en que la gente se ayudaba entre sí y se enseñaban cosas unos a otros, pero ya no. Hoy el acérrimo individualismo nos ha carcomido y ahora nadie ayuda a nadie; perdimos el sentido de comunicarnos entre nosotros y la capacidad de amar lo que hacemos. Sólo queremos poseer el conocimiento para desecharlo y coger un poco más. Hambre sin fin. Todos los días siento mucho hambre.

Hoy por hoy sólo nos dedicamos a estar encerrados en casa, en nuestras cápsulas de diez metros cuadrados que son como pequeñas naves espaciales cuadradas cristalinas que se unen unas a otras formando rascacielos. El día que nos cansamos de nuestros vecinos preparamos el despegue de nuestra habitación-nave y la separamos del resto del edificio para mudarnos y acoplarnos en otra comunidad. Puede decirse que nuestras ciudades son bastante dinámicas. Antes de mover nuestros cubículos trazamos nuestro plan de mudanza y lo enviamos al sistema central que nos da la ruta y la hora estimada. Nos mudamos de noche, cuando hay menos tráfico de haces de luces.

Somos felices en el siglo XXX. No comemos, no cagamos, no sufrimos por no estar junto a alguien, no salimos de casa, nos operan lo que no nos gusta, somos bellos, no trabajamos, nos tragamos toda la mierda de internet, estamos interconectados (aunque lo que le pase al vecino no nos importa) y salimos de casa directamente al lugar donde queremos ir a través de las líneas de metro que son campos magnéticos donde la energía te eleva del suelo y te transporta de un lado a otro a través de haces de ondas que tienen un recorrido específico. Si. Somos felices. Nadie se nos acerca, somos muy felices. Sólo deseamos tener acceso a esa droga que te da la vida eterna pero no queremos pagar el precio que tiene: que graben tu voz y la reproduzcan para que así quede registrada tu lengua, tu manera de vivir, tu vida. Lo queremos todo pero no queremos dar nada. El Estado de la Unión Económica Global nos mantiene. Si, somos muy felices.

Vivo sola en mi cubículo (de qué otra forma iba a ser) desde que abandoné a mi madre aunque siempre me sentí sola desde que nací. Una máquina me amamantó.

A veces me pongo una película proyectada en una pared y me siento en el cuadro de mandos donde (con mis cascos) simulo que me pierdo en el Amazonas, que me zambullo en el mar, que pisoteo ciudades o que me escapo a través de una escotilla hacia el espacio en medio de una gran sinfonía celestial. Lo único malo es que las películas no duran más de diez minutos porque el Estado no quiere que nos influencien y que terminemos por suicidarnos al ver que existieron mundos que ahora ya no están. Las que superan los diez minutos están prohibidas. A quien sorprendan con alguna de contrabando le arrancan con su cubículo y lo meten en zonas que están por debajo del nivel del metro, en zonas donde siempre es de noche, en zonas desde donde no sales jamás. A otros los exilian en alguna luna de Saturno. Es irónico: El Estado cuida que no te suicides pero si luego te saltas alguna ley te proveen de todos los medios para que lo hagas lo antes posible.

Es curioso. Las películas del siglo XX contaban una historia, las de hoy cuentan sensaciones. El mensaje de las películas de hoy es el mismo: que no olvides que eres humano. Es todo tan contradictorio. Te sientas, te enchufas y estás diez minutos sintiendo lo que siente el protagonista de la película o cualquiera de sus personajes pasando desde miedo al placer a una velocidad abismal. Sensaciones, muchas sensaciones para que no las olvides jamás. Y luego te desconectas y te asomas a la ventana: afuera los mismos haces y las mismas vidas que ves pasar a la velocidad de la luz sin que le importes a nadie. No sabría decir si estoy viva o muerta pero eso da igual.

Estoy desnuda con mi cuerpo perfecto apoyada en los cristales con mis huesos aguantando el peso de esta mezcla de carne y silicona que el tabaco consume poco a poco y sin esperanzas de llegar alguna vez a sentir placer.

Si tan solo pudiera conseguir una película de las de antes donde sucedía algo.

Hace un momento hablaba de las lunas de Saturno. Es paradójico pero todas ellas son consideradas cárceles de reinserción social para gente que jamás saldrá de ellas. Tengo un hermano en una de sus lunas. Un hermano menor de edad. Cuando era más pequeño siempre se metía en problemas. Le daba por pensar que podía hacer su vida fuera de cualquier sistema o norma y desde temprana edad comenzó a traficar películas que distribuía entre algunos privilegiados; incluso yo vi una vez una de ellas y tuve suerte de que no registraran mi IP. ¡Era maravillosa! No recuerdo el título pero era sobre un hombre que viajaba con un amigo a una tierra lejana y se transformaba en Rey.

A mi hermano, luego de que le detuvieron, lo llevaron a una sala acristalada instalada en el medio de la ciudad con cámaras que le enfocaban y le mostraban en todas las pantallas publicitarias donde todos podían verlo incluso a muchos años luz de distancia. Así le mantuvieron encerrado durante un tiempo, completamente desnudo y a la vista de todos como un delincuente. Cuando los robots policías se cansaron de aplicar aquel software de castigo le desintegraron para volverle a integrar en una de las lunas. Una vez por año le dejan comunicarse con quien quiera. Conmigo nunca ha contactado. Sé que está bien aunque me odia porque no pude hacer nada por él. Sólo me limitaba a verle a través de los cristales y llorar. Fue la última vez que salí a la calle por mis pies y la última que sentí algo llamado a tristeza.

Yo creo que él ahora es más libre de lo que soy yo. Sé que está con más delincuentes como él, aunque a veces creo que los delincuentes que trafican con la libertad lo son más que nosotros aquí. Aun tengo escondidas las películas que no pudieron requisarle, pero algún día pondré alguna aunque intercepten mi IP y me descubran. Sé que será el único modo de volver a verle aunque para ello tenga que ser expuesta en las pantallas de toda la ciudad como un trozo de carne en esa jaula de cristal.

¡Qué despacio pasan los segundos en la ciudad! Apenas dos horas escribiendo en la pantalla y me parece un siglo luz. Lo único que me queda es mi capacidad para dormir aunque para eso deba inyectarme somníferos. Poco a poco nos han quitado todo a cambio de tranquilidad y calidad de vida.

En el año 2020 nos prometieron tranquilidad y el fin del terrorismo. A los que aceptaron aquel nuevo orden de cosas les grabaron en la piel un código de barras que les permitía comprar y atesorar cosas a la vez que identificarse. El resto fue aniquilado económicamente. En los países que se negaron a entrar en la nueva Unión Económica Global se les dio la espalda y sus habitantes murieron de hambre. Ningún país les ayudó y poco a poco las economías pobres, en vez de ayudarse mutuamente, entraron en guerras internas por el poder y acabaron siendo gobernadas por dictadores y militares ignorantes que gastaban las riquezas del país en armas nucleares. Así la Unión cerró sus fronteras y se construyeron nuevos muros antiterrorismo y donde había amenaza de arma nuclear se enviaba una bomba de antimateria que arrasaba con todo. De ese modo asistimos impávidos a la destrucción de Corea del Norte, de Oriente Medio y Centro América. De 5 continentes que hubo en el planeta no quedaron más que cuatro o cinco islas protegidas e intercomunicadas. El resto fue mar contaminado de los que no estaban dentro. A nadie en la Unión le importó. Estábamos a salvo de la sociedad del terrorismo. Las grandes potencias prefirieron perder millones y millones de euro-dólares con tal de aniquilar a toda esa gente. Se crearon nuevas energías para jamás volver a depender del gas ruso ni del petróleo del Medio Oriente ni de Venezuela. De un día para otro se arrancaron de raíz el Islamismo, el Budismo, el Hinduismo y todas las religiones no Cristianas. Durante un par de siglos el Cristianismo se instaló en toda la Unión y quien no se declaraba mínimamente cristiano era exiliado a alguna luna perdida. Con el paso del tiempo esta Fe también se olvidó y fue reemplazado por el Hedonismo más acérrimo. Al Estado esto le dio igual. Sólo deseaban la unión económica. A fin de cuentas la religión de la gente fue sólo la excusa para levantar una nación contra otra.

La gente de aquella época debió haberla pasado muy mal al ver las noticias de toda esa destrucción, con todos esos muertos en Oriente Medio, la Meca ardiendo, el Tah Mahal en ruinas, la muralla China convertida en piedras para coleccionistas. Esos espectadores, dicen los historiadores de las naciones vencedoras, tenía sentimientos: eran capaces de sufrir ante la vista de un niño africano muriendo de hambre a punto de ser devorado por un buitre; si veían a un limosnero en las calles le daban dinero, si habían despidos masivos se apoyaban unos a otros y los sindicatos estaban con los trabajadores y no con la empresa, cosas así. Cosas de seres humanos.

A veces siento un gusanillo. A veces siento envidia de pensar en lo que pudo haber sido haber vivido en el año 2010 y ver el principio del fin. Ahora aunque quisiera no podría recuperar esas imágenes porque están vetadas. Lo único que me quedan son las películas que mi hermano distribuía clandestinamente y sé que si reproduzco sólo una más de diez minutos tendré en fracción de segundos a la policía robot interviniendo mi IP y viniendo por mí para exponerme desnuda como una delincuente. Si tomo una de esas películas y la pongo quizá sea al menos feliz durante diez minutos. En el minuto once comenzará mi exilio. La solución está en mis manos: un pequeño chip donde almaceno un millón de películas en formato tetra-dimensional donde el tiempo es la cuarta dimensión. Sólo necesito once minutos.

Olvido que todo esto está grabándose. Todo lo graban; un millón de ondas de video que atraviesan la ciudad nos vigilan cada vez que respiramos. No hace falta delinquir porque leen nuestros pensamientos a través de las gafas conectadas a Internet; lo saben todo y pueden adelantarse a mis intenciones.

Sé que pronto estarán aquí. Echarán el cristal de acceso abajo y me sacarán arrastras hacia la columna que comunica a la habitación de sobreexposición. Todo el mundo me verá desnuda desde sus casas como en un gran reality donde se muestra a quienes se han equivocado. La televisión mundial está llena de delincuentes en la sala de espera hacia alguna luna perdida donde les dejen morir de inanición.

Lo saben todo…¿habéis oído eso?

… End of recording…

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