DON LUIS


Tuve un amigo. Un viejecillo que era muy alto, casi de dos metros que era vecino nuestro y vivía solo porque su hermano había muerto años atrás. Tenía el pelo blanco, usaba una gorra verde y a veces se ponía unas gafas oscuras. Su casa era un cuarto que daba a la calle a través de una ventana donde se asomaba cada tarde a charlar con los que pasaran por frente a nuestra casa. Junto a su ventana, por la calle, había una banqueta donde solía sentarse a fumar.

El siempre me hablaba de su hermano, que de niño había sobrevivido a un gran terremoto (desconozco en que ciudad, pero da igual porque en Chile tiembla siempre y en todas partes) y los dos habían terminado viviendo juntos hasta envejecer. No recuerdo ninguna historia que me hubiese contado de ellos y de cómo llegaron a Antofagasta. Es una lástima, será un misterio. Al decir esto me siento muy mal, es como decir que alguien no dejó rastro en la tierra, pero al menos lo dejó en mí.

Teníamos un almacén de abarrotes y comestibles que atendía mi madre y cuando alguien entraba a comprar yo debía gritar ¡Buscan! para que ella saliera de casa a vender, dejando de lado la cocina, la limpieza o lo que estuviera haciendo. Recuerdo que le molestaba a rabiar que vinieran las marujas a cotillear y a pensar qué cocinarían ese día porque le hacían perder media mañana para comprar nada más que un pimiento y una Bilz o una Pap (bebidas refrescantes de fantasía)

Don Luis también nos compraba pero era poquito. Sólo le gustaba comer porotos con riendas (una especie de cocido con judías pintas y espaguetis) Nunca le vi comer otra cosa distinta. Y para beber, sólo bebía té en bolsitas marca Ceilán. Los cigarrillos los fumaba Nevada, esos que decían que te dejaban estéril, pero a él le daba igual porque tenía más de setenta años.

No recuerdo que me hubiese llevado alguna vez a ningún parque (era lo más parecido a un abuelo que tenía allí) Pero, sin embargo, me contaba historias que nada tenían que ver con su verdadera vida. Supongo que su vida había sido muy aburrida. Inconscientemente me juré a mí mismo tener una vida muy divertida, provocarla si era necesario, pero divertida a la fuerza: viajar mucho, por todas las tierras que él quizá nunca conoció.

El cuarto de Don Luis, que era todo su hogar, tenía el suelo de tierra apisonada. Tenía una cama con una colcha de lana de llama, bajo ella una bacinica que no usaba nunca y el camastro de bronce de esos antiguos. Las paredes estaban empapeladas con hojas de periódicos, recortes de revistas y trozos de noticias. Cuando miraba a la pared leía las noticias de Chile y el mundo, los avances tecnológicos, los carteles de las películas, los artículos y editoriales contra la Dictadura militar y opiniones de personas que apoyaban causas tan lejanas que parecían de otro planeta. Lo leía todo, pero nada me importaba demasiado. Sólo leía y añoraba estar ahí, en esos recortes de periódico.

La foto que más me gustaba (en colores) era la de el nuevo Superman, Christopher Reeve. Salía caminando con la capa al aire por una acera con la mirada penetrante y el andar seguro de quien tiene poder para cambiar su existencia. Después de eso no soñaba con ser un superhéroe, sólo soñaba con tener ese poder de cambiar las cosas.

También recuerdo que el abuelo me decía que cuando fuera a la escuela aprendería muchas cosas pero olvidaría otras. Me transformaría en un adulto y que jamás dejaría de estudiar y estudiar. Eso me deprimía ¿Cuándo habría tiempo de viajar?

Creo que Don Luis era del sur que a mí se me hacía otra dimensión. De sólo imaginar una ciudad donde hubiese vegetación me volvía loco de emoción, imaginar un sitio donde lloviera, donde nevara o hubiera algo que te dijera que la tierra estaba viva. Mi ciudad era tan estática, tan dormida como decía la canción de Mejillones, que me parecía que todo el planeta era igual y que por lo tanto la gente debía ser del mismo modo: estática, sin sentimientos, sin arranques, sin emoción. Sin nada que decir.

A veces descubría al viejo de espaldas orinando en la esquina del patio. No le gustaba mear en un baño y el común le daba fobia. Era como los caballos, pero no acertaba a inventarme más nada para darle una personalidad.

Cierta vez se molestó con mis padres porque a la hora del almuerzo vino a golpear la puerta para que saliera. Pero no me dejaron mientras no terminara de comer y, además, pasaba demasiado tiempo con él. El viejo se dio la media vuelta y se fue indignado. Mascullaba algunas palabras que no recuerdo pero apostaría a que maldecía algo como que los hijos no pertenecen a los padres; sólo los crían hasta que son adultos y luego se van.

Yo creo que fue él quien me incentivó a aprender las tablas de multiplicar sentadito sobre los sacos de patatas del almacén para que así el bichito de estudiar me hiciera ser alguien en la vida y con los años largarme de casa dejando a mis padres solos. Más solos que la una por no haberme dejado salir con él mientras almorzaba.

Madrid, 15 de Enero de 2009

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