L’ÉCRIVAIN CÉLÉBRITÉ


Ya no está de moda querer ser como Kerouac. Ya no lo está considerar divina a una mal teñida rubia que viaja en limousine y colecciona perros feos como si fueran zapatos. No lo está querer ser como Cristiano Ronaldo con todas esas chonis de mal gusto rondándole y babeando por él ni menos aún auto crearse un perfil en facebook para que tus fans te escriban cosas bonitas y opinen por cada pedo que te tires (siempre cuando tengas algo que mostrar que los demás no tengan – y no se vale decir que te has liado con algún famoso o que tienes un cuerpazo que luces bailando en las discotecas) Eso último es de barriobajeros, de gente de coches tuneados, de gafas de pastilleros y de mal vivir, mal beber, mal fumar, mal follar y mal estar. Todo mal.

La envidia me corroe.

Escribir para otro escritor por tan poco dinero que no llego ni a fin de mes y, menos aun, no logro que nadie reconozca, me trae amargo. Me amarga los pepinillos que nadie sepa que yo soy el verdadero talento. Todos esos escritores golpearon puertas obteniendo un “No” pero siguieron hasta conseguirlo, hasta dar el último suspiro de esperanza. Yo lo intente una vez y pensé pragmáticamente en conseguirme un trabajo y en los ratos libres escribir para otros, y dejé que los demás siguieran su camino errante hasta las puertas de alguna editorial que quisiera publicarles sabiendo que nadie les conocía. Yo tomé otro camino. Yo dije ¡A la mierda! Y me dediqué a escribir para los que lo consiguieron. Yo no lo logré. Yo ahora sólo puedo presumir (a escondidas) que el best-seller aquel lo escribí yo.

Me equivoqué. Ahora soy esclavo de esa gente, de esos mismos que se tragaron millones de “no”, de esos pocos que ahora son superventas y me encargan escribir en pocos meses lo que será la novela que les eleve aún más al firmamento de los genios porque ellos no les queda tiempo entre tanta conferencia de prensa, clase magistral en UCLA, amorío de prensa del corazón en España y alguno que otro que ahora se cree político representante de un sector de aburridos. A unos les pongo algo de acción terrorista en sus novelas, a otros les escribo algo de amor gay en alguna tierra exótica, a muchos les meto alguna historia ridícula de algún templario en los tiempos de no-se-quién que busca de la quinta esencia de los no-se-cuántos en formato ochocientas páginas que la gente se trague por la cara en el metro. Mi último gran logro: “El siete”, la gran novela del año donde una detective (¡cuánta imaginación!) descubre un complot internacional para envenenar homosexuales en las discotecas de Madrid. ¿Qué más podía inventar? Los únicos que son capaces de meterse un éxtasis sin saber qué mierda se están tragando son los putos gays. Esa novela ganó el premio a Novela Revelación aunque luego en el barrio de Chueca intentaron romperle la crisma al autor (cosa que me recriminó y terminé ganando menos de lo que prometieron que me pagarían)

La gente se traga unas novelas tan malas que os volveríais locos.

A la gente le encanta la mierda. Sólo ver los índices de audiencia de los programas de la tele: realities, corazón y testimonios. ¡Y luego dicen que la culpa la tienen los telespectadores porque son ellos los que eligen con su audiencia la parrilla de la programación! ¿Qué la tele nos está diciendo subnormales en nuestra propia cara? ¿Qué  lo que hay en la pantalla lo elige el espectador? ¡Venga hombre, no me jodáis!

¿Entendéis ahora a las editoriales que cuelan en el mercado novelas para minusválidos mentales? ¡Pero si lo tienen chupado! La tele nos dice en la cara que somos imbéciles y las editoriales se aprovechan de eso. La gente lo compra todo como si los libros fueran placebos para paliar los viajes en tren, autobús o avión. ¡Ochocientas páginas de mierda! ¿Lo podéis creer? ¡Y toda esa mierda la cago yo!

Ahora alguno estará diciendo en las estanterías de la FNAC: “¡Que bien escribe Robertito!” O quizá otro diga en algún corrillo de pseudo metafísicos: ¡Qué buen libro el de Paulito! O peor aun, que algún intelectualoide exiliado chileno-sueco esté soltando por esa boquita aquello de: “¡Te mereces la fama, Isabelita, Ciudadana del Mundo!” …. Y al final del día nadie se acuerda de mí. Nadie se acuerda de la hormiga de mierda que escribe día y noche los best-sellers de estos zopencos. ¡Yo soy el autor de todas esas novelas! ¡Y todos la compran! ¡Por más que me esfuerzo en intrincar hasta la ridiculez las tramas para desenmascarar el fraude, retorcer a los personajes más retorcidos, manosear a las pérfidas más malvadas, dejar libres a los esquizofrénicos más pervertidos, los magos y políticos recalcitrantes, los abogados de Satán, los amores suicidas, los vampiros más bellos, el sexo más pudoroso y las feministas más bobaliconas! ¡Todos terminan por comprar! ¡Todo se lo tragan! ¡Todo,! ¡Qué asco! La estupidez de la gente no tiene límites.

¿Y de mí qué? ¡Qué hay de mí!

¡Qué si tengo el Tah Mahal de afiche en la pared! ¡Qué si empapelo las paredes con fotos de maserattis que jamás tendré, que si colecciono amigos del facebook a los cuales no puedo llamar amigos y sueño con amasar fortunas que alguna rubia víbora marbellí sueñe con arrebatarme! Mis sueños no valen nada. Ni siquiera existo como personaje en la vida de nadie. No puedo decir que soy alto, gordo, flaco, bello, estúpido o valiente porque no existo realmente sino es a través de la envidia que siento entre estas cuatro paredes.

¡Cuándo se detuvo el mundo para mí! ¡Cuándo! No lo sé. Estoy tan cansado que no puedo ni siquiera recordar cuándo acabo todo para mí y cuándo comenzó la vida para los demás.

En un principio intentaba explicarme el origen de las palabras, saber su origen y saber a qué sabían y cómo combinarlas. Era capaz de mezclarlas y decir: “El eneldo” sabiendo toda la carga poética que puede acarrear una desilusión amorosa y hacer al personaje recuperar la sonrisa y las lágrimas a través del olor de un condimento. Ahora ya no puedo. Ahora sólo escribo para los grandes: Grandes aventuras, grandes fracasos, grandes gilipollas, grandísima madre que me parió. Toda mi poesía y mis intenciones vendidas al mejor postor que siempre ha sido el mismo: El que tiene dinero para invertir en las mismas cuatrocientas palabras grandilocuentes mal mezcladas en ochocientas páginas que un millón de personas consumirán como quien se come un Big Mac.

Ya es de noche. Ha acabado mi jornada de teletrabajo en casa y mis ocho horas que dedico a escribir diariamente cien páginas de nada para algún famoso escritor que ahora se pasea por Berlín viendo cosas que yo jamás veré. Me visto con mi chaquetita de pana de las rebajas y me hago un cine o me tomo un café en la Gran Vía de Madrid. En mi bolsillo mi tabaco de liar, mi libreta de apuntes donde tomo notas de todo lo que veo que me pueda inspirar y mi mp3 donde escucho música alternativa que nadie más conoce o bien donde grabo cosas que se me vienen a la cabeza como el último párrafo que cierra este cuento deprimente.

Hoy algo ha cambiado mi panorama, hoy tengo un plan. ¡todo un acontecimiento que no sucederá otra vez hasta dentro de millones de años! Voy a la conferencia de uno de los más famosos escritores de habla hispana que no tiene tiempo para nada y que ha creado con su nombre una marca registrada: Manuel Esquizo, el mayor superventas del país (al cual yo le he escrito sus últimas tres novelas policiales donde mueren gays a docenas; el mismo que intentaron romperle la cara en el barrio gay de la ciudad) ¡Ese soy yo! Sentado en mi butaca, sonrisa malévola, libreta de notas preparada, grabadora en rec y la lengua a punto de filo.

Comienza la conferencia. Aburrido, aburrido, aburrido, aburrido. Que si se licenció no-se-dónde, que si vivió durante la Dictadura de no-se-cuántos, que si escapó a las balas de ve-tu-a-saber-quién, que si bailó un tango con no-me-acuerdo y que si recibió no-se-qué-premio-de-mierda. Así todo el rato. Toda la gente ensimismada y comentando a mi lado lo interesante que parece el escritor, lo cercano que es, lo amable que se muestra con los gestos, lo poético de su presencia, lo guapo que es en persona y lo viril de su escritura. Dos horas el muy cabrón leyendo unas hojas perfectamente mecanografiadas por alguna secretaria en prácticas. Dos horas leyendo lo que parecía su curriculum. ¡Pero qué pedazo de pelma! Lo más sorprendente que la gente movía la cabeza de un lado a otro como si entendiera lo que decía sobre la Teoría de No-se-me-ocurre-un-nombre-más-fanfarrón; otros asintiendo como si estuvieran escuchando el origen de la especie humana y otros casi en trance cabeza gacha escribiendo en sus notas todo lo que éste soltaba por la boca. ¡Dos horas escuchando su curriculum y que soñaba con poder volver al país que ahora no le dejaba entrar! Yo, si fuera el Dictador que le niega la entrada a este tostón, le mandaba aceptar para que regresara tranquilo y ya en el aeropuerto meterle una paliza por imbécil arrogante. ¿Cómo puede estar bien disfrazarte de activista de derechos humanos y luego salir de tu país hablando pestes de él? ¿Sabrá lo que es la crítica constructiva? Yo creo que no tiene ni idea. Y lo peor, ahora es millonario gracias a las ventas de sus últimas tres novelas y, para joderme la vida aún más, está negociando una trilogía para llevarlas a la pantalla grande (el colmo de la originalidad)

¿Entendéis ahora mi malestar? Mi mierda que un día escribí por un miserable sueldo ahora podrá verse en los cines en plan “El señor de los putos anillos” y yo no veré un duro.

Manuel Esquizo acaba de leer su curriculum a su público de minusválidos mentales. Es mi oportunidad de hacer algo. Comienza la ronda de preguntas (que durará diez minutos porque el autor debe tomar un vuelo a Casablanca donde se hinchará fumando porros) Levanto la mano con tanta fuerza que me pongo de pie en medio del mundo asombrado ante mi rapidez. Se acerca uno de los conferenciantes, micrófono en mano apuntándome con él como si fuera una bayoneta, y me lo clava en la boca. “Rápido”, me dice, “el escritor debe tomar un vuelo”

Por fin siento que estoy dentro de la historia porque toda la sala de conferencias me mira con envidia porque seré el primero en hacerle aquella anhelada pregunta que todos quieren hacerle al ganador del Premio Planeta del próximo año. Tomo el micrófono con las dos manos y sudo a mares. Carraspeo hasta sentir la garganta libre de la saliva que acumulé pensando en escupirle cuando se acercó lo suficiente al público. Ya estoy preparado. Voy a disparar un tiro certero.

– Sólo tengo una pregunta: ¿A qué hora comienza la Conferencia?

Lo siguiente está demás contarlo. Ahora me dedico a escribir mis propias historias porque perdí el trabajo aquel de escribir para los escritores de éxito. He comenzado a golpear puertas y estoy recibiendo tantos “No” que me da risa porque sé que tengo toda la vida para insistir. Y una cosa siempre me prometí: Jamás daré conferencias a un grupo de personas para leerle mi vasta experiencia docente y literaria. Me dedicaré a escribir. Y a viajar (si puedo) a Berlín. Quizá allí me encuentre nuevamente con el Premio Planeta del próximo año; el mismo al que ridiculicé ante sus admiradores y quizá, en ese preciso momento, me decida a acercarme a él y (entre amigos) le diré: ¡Joder, tío, que mal escribes!

¿El porqué del título en francés? Porque el francés es el idioma chauvinista por excelencia y el idioma de los envidiosos. A fin de cuentas el escritor envidioso es, sin duda, el mayor arrogante que pisa la tierra. Y yo… yo soy muy envidioso.

Madrid, 01 de Septiembre de 2009

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